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Análisis

Tony Gallardo, un gigante

A los 30 años de su muerte, retorno con el escultor a la Caída de Sardina, al lenguaje revolucionario del dirigente comunista, a los años de cárcel y a las renuncias por la libertad

Tony Gallardo, en la playa de Martorell, Sardina del Norte, en 1988.

Tony Gallardo, en la playa de Martorell, Sardina del Norte, en 1988. / C. QUESADA

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Javier Durán

Javier Durán

La vida es lo que tantas veces reinó en la obra de Tony Gallardo: un magma. El 28 de julio se cumplen 30 años de su muerte (1996), diez días después de los noventa (1936-2026) del que todavía sigue siendo el verano más fatídico de España: el incendio de Franco. Contra él luchó desde la operación «superar el pánico» de vuelta de Maracaibo, destino venezolano donde ejerció de profesor de arte y conoció al pintor Juan Ismael. Territorio temporal, por tanto, del que cuelgan racimos de uvas con distintos sabores. El más amargo: la cárcel por agrietar la losa franquista.

Chapoteando entre ese magma que es la vida, antes de este 18 de julio nonagenario que cinceló el hipercabrón golpista, atraso las neuronas a septiembre de 1988 y me sitúo junto a Tony Gallardo en la playa de Martorell (Gáldar). Allí fue donde el régimen le clavó a él y a otros el aguijón venenoso. Para los anales del comunismo, la Caída de Sardina (15 de septiembre 1968). La cita tiene su razón: han pasado 20 años de la rebelión. El episodio histórico sigue sin obtener el altar que le corresponde en la llamada Memoria Democrática.

La biografía del artista tiene la fuerza suficiente para agotar la batería de cualquier reproductor. Lo he comprobado en la época de las pilas y la casete. Me impactó ver el fervor que ponía en el relato (sobre el terreno, frente al mar) de los hechos, dando fe de esa pasión la foto de Cándido Quesada que acompaña a este artículo. Sin embargo, no acatar las órdenes chusqueras de la Guardia Civil le supuso un alto coste en lo personal, pero estaban por encima los derechos y la libertad.

Hasta Martorell había ido medio centenar de activistas, trabajadores y cuadros del Partido Comunista para celebrar, a cielo abierto, una comida. En el trasfondo de la convocatoria estaba un conflicto laboral con una empresa de asfaltado, así como qué estrategia jurídica seguir frente a las exigencias de la parte propietaria de la firma. Un mando de la Benemérita exigió la entrega del abogado laboralista. Se negaron. Tras un largo y tenso forcejeo en la noche de Sardina del Norte, los picoletos acabaron deteniendo al grupo para su traslado a la capital.

Tony Gallardo derrama ante su plato de sopa de marisco la pátina que ha dejado tras de sí el pasado siglo. Fue secretario general del PC en Canarias. Participa en los vibrantes congresos que debaten la posición de los comunistas españoles para fisurar a Franco y cómo afrontar el día después.. Estoy ante una leyenda. Bajo ese entramado entre cultura y política en el antifranquismo, crea Latitud 28 y más tarde Contacto I. También en ese magma que es la vida, en 1976, ahora hace cinco décadas de ello, el artista agita el Manifiesto de El Hierro (el primero en reclamar autonomía para el Archipiélago) y clava en el suelo de la montaña del Meridiano su arado rojo. Todo tan homérico como su Atlante en el acantilado.

El escultor lleva al máximo nivel el compromiso de la cultura para forzar el cambio de una dictadura que no se acababa

A la caída de Sardina le siguió un consejo de guerra, una huelga de hambre y un encierro de mujeres en la catedral y, finalmente, el ingreso en penales del frío peninsular. No fueron las únicas consecuencias: las condenas, que afectan a militantes relevantes, dan lugar a un recambio en la dirección del PC en Canarias, siempre bajo la batuta de Santiago Carrillo y sus preparativos para contribuir a una transición pacífica y claudicante una vez muerto Franco.

En la pendiente de Sardina del Norte, el artista enumera lo que estaba y lo que no la noche trepidante del año 1968, «el 68 canario», omo bautizó los hechos el historiador Agustín Millares Cantero en la celebración del aquel veinte aniversario. «Bocas de pistolas tienen gatillos llenos de ira/ No hay diálogo que hay, monólogo de dos orillas/De una las voces claman, de otra puntos de mira/ En el aire de la tarde los disparos son asfixia», escribió José Luis Gallardo, hermano del escultor, también detenido y encarcelado por los delitos de resistencia y alteración del orden público. Agitadores subversivos, en definitiva.

No le pregunté aquel día soleado en playa de Martorell si se había arrepentido de aquella «salida a la superficie» (así se decía en el partido), que tan crucial había resultado para el antifranquismo canario. La asamblea en Sardina del Norte se sustentaba sobre la creencia de que el franquismo disminuía progresivamente su intensidad represora. Había que «superar el pánico» , se decía en el PC. Una aspiración legítima para los que se agarraban a un clavo ardiendo en su deseo generacional de alcanzar las mayores cotas de libertad democrática.

Por supuesto que las pilas de la grabadora se agotaron. El artista, desde la cárcel, escribía con su lenguaje revolucionario en Nuestra Bandera, revista del Partido Comunista, donde decía sobre la Caída de Sardina: «No será un domingo cualquiera. La historia de ese día se inscribirá en la de la hermosa isla canaria, en la de toda España. Ejemplo de coraje, de inteligencia, de generosidad de la clase obrera que, al luchar por sus derechos moviliza y enaltece a otras capas sociales (...) dándoles ocasión y motivo para mostrarse en sus virtudes más nobles. La acción de Canarias hoy, en este año excepcional, es una excepcional lección».

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