Análisis
Un centenario dentro del bicentenario del nacimiento de Agustín Millares Torres
El texto que figura a continuación como un nuevo homenaje al historiador del siglo XIX (25 de agosto de 1826) fue nuestra intervención en la Tertulia de La Casita de 1996

Agustín Millares Torres / La Provincia
Santiago de Luxán Meléndez
«É que nem o passado pode dar lições, nem este existe dissociado das questões que lhe colocamos situados no nosso próprio tempo»
(Diogo Ramada Curto, Paraque serve a história? Lisboa, 2013).
En el mes de mayo de 1996 se cumplieron cien años de la muerte de Agustín Millares Torres, y fruto de la colaboración entre la Universidad, la Casa de Colón y la Real Sociedad Económica de Amigos del País, entre el 25 y el 27 de marzo, tuvieron lugar unas Jornadas de Historiografía Regional, que comentamos más adelante y los Amigos del País publicaron las comunicaciones que se presentaron a este encuentro homenaje al que fuera socio de mérito de dicha sociedad.
Por otra parte, siguiendo la tradición de las tertulias culturales, en las «garbanzadas» que se celebraban en el restaurante La Casita, coordinadas por Alfredo Valdivieso y su mujer tuvo lugar una dedicada, el 25 de marzo de 1996, al historiador Millares Torres. La crónica de este encuentro fue recogida por Juan José Laforet, en un libro difícil de encontrar en la actualidad. En aquella ocasión tuve la oportunidad de intervenir con un breve parlamento que posteriormente, Juan Antonio Martínez de la Fe tuvo a bien reproducir con un pequeño aparato crítico en la revista Aguayro, nº 217 (1996), que entonces publicaba la Caja de Ahorros.
Agustín Millares Torres puede ser incluido en la generación de 1852, formada por Francisco María de León y Falcón, Antonio López Botas, Domingo J. Navarro, Domingo Déniz Greek, Manuel Ponce de León Falcón, y otros que se irán incorporando, como Juan de León y Castillo o Amaranto Martínez de Escobar. Todos ellos son protagonistas de la cesura fundamental que se producirá en Canarias con la declaración de Puertos Francos. José Mateo Díaz, en su Esquema de Historia Económica de Canarias (1934) explicaba el Real Decreto de Puertos Francos de 11/07/1852 como el reconocimiento por parte del poder central de las diferencias de Canarias con relación a la economía peninsular, sin olvidarnos que está generación planteó sin desmayo la necesidad de la división provincial.
Las consecuencias del nuevo marco institucional se tradujeron en la llegada de capital extranjero, en la construcción de nuevas instalaciones portuarias, en la presencia de agencias y sucursales de las grandes compañías de navegación, dentro del marco internacional en que empezaba a incrementarse la navegación a vapor y de la expansión imperial británica en el continente africano. A partir de ese momento el desenvolvimiento de la economía canaria vendría marcado por el auge y descenso de la cochinilla, continuado por el ensayo del tabaco y el azúcar y prolongado por la expansión portuaria y el comercio del plátano.
El texto que figura a continuación como un nuevo homenaje al historiador del siglo XIX (25 de agosto de 1826) del que este año se cumple el bicentenario de su nacimiento fue nuestra intervención en la Tertulia de La Casita de 1996. En él nos referimos a la existencia de obras clásica en la historiografía canaria.
¿Son posibles los libros clásicos en historia? La interrogante con la que abrimos esta reflexión fue contestada de modo crudo y tajante, en sentido negativo, por Ortega y Gaset, como puso de manifiesto Julio Aróstegui, hace algunos años, en un artículo dedicado a la historiología de este pensador. Para el autor de La Rebelión de las Masas la adjetivación de clásica deberíamos reservarla para aquellas obras que siguen teniendo actualidad, cualidad que proviene de su mayor o menor grado de acercamiento a los problemas que interesan. Por tanto, los textos clásicos son aquellos que presentan más preguntas que respuestas, más perspectivas abiertas que soluciones definitivas, aunque el cuadro y el resultado final, hoy día, puedan parecernos menos adecuados. Desde una óptica diferente Italo Calvino, nos ofrece una introspección muy personal de lo que representa la lectura de los clásicos, poniendo el acento, como en el caso de Ortega, en la permanencia de estos. En el ejercicio de recuperación que representa cada nueva lectura, como en una larga cadena, nuestra relectura se va sobre imponiendo a las lecturas de los demás y, al final releer, o sencillamente leer los textos que consideramos nuestros clásicos se convierte en un acto colectivo. «Los clásicos -escribe Calvino- son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado».
Me atrevo a defender que la primera de las cuestiones que hemos formulado -el existir o no de obras clásica de historia- la responderíamos hoy de modo muy distinto a Ortega. En consecuencia, parece un ejercicio innecesario confeccionar una lista de autores y obras clásicas que a buen seguro sería compartida por historiadores y lectores de la más diversa procedencia, aunque, claro está, cada época puede tener sus propias preferencias. En el caso que tenemos entre manos estos días, la historiografía regional dentro y fuera de España, y de modo especial la historiografía canaria, en Las Jornadas en homenaje a Agustín Millares Torres (1826-1896) en el primer centenario de su muerte, contamos con dos nombres y dos obras que, sin duda alguna, han acreditado su condición de clásicos.
Me refiero a las Noticias de la historia de las Islas Canarias del que fuera arcediano de Fuerteventura José Viera y Clavijo, y a la Historia General de las Islas Canarias del periodista, notario, músico, novelista, pero sobre todo historiador, Agustín Millares Torres. El primero fallecía en nuestra ciudad a comienzos del siglo XIX, y del segundo, se celebró, en 1996, los primeros cien años de su ausencia. De Viera, anota Millares, en su intento de ofrecernos algo más que una historia de los escritos históricos que tienen a Canarias como sujeto principal, una idea que consideramos de actualidad y de ahí la denominación de clásico que antes invocábamos.
Millares nos sugiere a propósito del texto de Viera, la necesidad de valorar la función social de la historia y su contribución, por tanto, como pilar básico del patrimonio cultural canario. La lectura de Viera -aunque en privado matice, en sentido negativo, la valoración que sugerimos- se convierte en la tarea de relectura de todas las historias de Canarias que le precedieron y, en consecuencia, podemos entender su afirmación de que «estaba destinado a condensar en una sola obra todos los ensayos, memorias y bocetos históricos que antes que él se había redactado sobre las Canarias». La obra de Viera es para el historiador del siglo XIX un esbozo de Biblioteca Isleña, no solo por lo que tiene de arqueología y de salvamento de escritos inaccesibles, o en riesgo de destrucción, sino por lo que representa el esfuerzo de construcción de una Historia General del Archipiélago.
El primero de los aspectos hay que ponerlo en relación con la carencia de imprenta en Canarias hasta mediados del siglo XVIII y fue aducido por los introductores de esta como una de las razones fundamentales que más contribuyeron al escaso interés por escribir en el pasado isleño. «Es cierto que la falta de la imprenta -argumentará José de Berhencourt y Castro- es causa de que muchos no se apliquen a escribir, pues conocen que sus trabajos han de ser inútiles, quizá para pasto de ratones, y cuando mucho para estar arrimados en alguna librería lo que tienen por un trabajo inútil».
En cuanto al propósito de realizar una Historia General de las Islas Canarias, es necesario recalcar esta idea por la importancia que tiene en la actualidad, cuando nuestras miradas se dirigen de modo unánime al conjunto del Archipiélago, se emplee el vocablo región o nación canaria.
Millares hereda de Viera el empeño de formar una Biblioteca Isleña, entendida como colección de libros y materiales documentales que permite el ejercicio de lectura y de relectura conducente a la redacción de una nueva historia general. Esta denominación, independientemente del sentido que queramos darle -considerándola en su acepción más estricta como un género histórico, que en la época en que escribe Millares estaba de absoluta actualidad en nuestro país- para la exposición que estamos realizando y, desde la perspectiva de Canarias, tiene un sentido muy preciso que es pertinente señalar. El proyecto de Millares, que lo lleve a buen término es otra cuestión, es un intento de presentarnos una visión del pasado insular, desde los primeros tiempos hasta los más recientes, en su relación con la historia de España.
El pasado canario con sus especificidades propias -recientemente definidas de modo especial por sus relaciones con el mundo exterior- se encuentra estrechamente conectado a la historia de España, de Europa y en esos ámbitos debe conocerse y valorarse. Esta conciencia del desconocimiento peninsular es un sentimiento que cala hondo, no solo en la historiografía, sino también en la publicística y el periodismo canario y trasciende al discurso político durante toda la época contemporánea, convirtiéndose en uno de los caminos lógicos hacia el reconocimiento del hecho diferencial.
De ahí que exista unanimidad entre los que escribieron inmediatamente después de la muerte de Agustín Millares, en señalar la aportación a la «propaganda del país» que supuso su obra. En nuestros días ese significado lo entenderíamos como promoción que, ligado especialmente a las actividades turísticas, no nos es absolutamente desconocido. Igualmente, el apelativo general hace referencia a la aspiración de levantar una explicación que abarque el conjunto físico y humano de todo el Archipiélago, formulación que cobra más fuerza si recordamos que se ensaya en años de particularismo insular, en los que el propio historiador se ve inmerso. Y, por último, general, en el sentido de sacar a colación los rasgos principales que conforman el devenir económico e intelectual, los adelantos materiales y espirituales de la sociedad canaria y el modo en que se articulan.
Como escribía al principio, es lógico que las respuestas, las soluciones, el edificio que diseñó nuestro historiador, nos parezcan superadas. Pero, desde luego, siguen siendo de rigurosa actualidad las aspiraciones que le condujeron a definir su proyecto histórico. Es de justicia, por tanto, otorgarle la condición de clásico.
Como las Noticias de Viera, la Historia General de las Islas Canarias de Millares Torres ha tenido sucesivas ediciones, aunque todo hay que decirlo con menor fortuna que su antecesora.
En puridad y si dejamos de lado la primera edición incompleta de 1881, o la compendiada desde Cuba al final de la Segunda Guerra Mundial, la obra ha tenido dos ediciones completas. La de 1893-1895, todavía en vida del autor, que tendrá un papel relevante en el proceso de su difusión, y mucho más recientemente, la de Edirca, a finales de la década de los setenta del siglo XX.
Viera y Clavijo y Millares Torres pueden ser perfectamente encuadrados en el largo camino que conduce a la edad de oro de la historiografía regional, que para muchos se abriría con la Transición democrática a mediados de los setenta.
La Ilustración (Viera) y la larga etapa de hermanamiento entre el Romanticismo y la erudición positivista (Millares) podría prolongarse hasta la Guerra Civil de 1936. Para continuar con las Islas Canarias, después de la contienda no parece que cuaje ningún proyecto de elaborar nuevas síntesis de historia regional. En estas circunstancias debe reseñarse de modo muy especial el redescubrimiento o la relectura de los que hemos considerado clásicos canarios (Viera y Millares). Quizá Viera fuera más fácil de recuperar y así ocurrió en 1941 (reedición de la imprenta de Valentín Sanz) o, sobre todo, en 1950, en el entorno de la Escuela de Serra Rafols. Después de esa emblemática salida de Viera al encuentro del público lector canario de la mano de Ediciones Goya de Santa Cruz de Tenerife, las reediciones del Arcediano han venido sucediéndose.
Sin ánimo de profundizar en el tema, que merece un más exhaustivo análisis, apuntemos la conexión más rápida que en el ambiente historiográfico «nacionalista» de la postguerra se realiza con la Centuria Ilustrada, y la condena subsiguiente por liberal del siglo XIX, con el que precisamente debe identificarse a Millares que es el primer historiador (los Álvarez Rixo o León y Xuárez, solo atenderían a los comienzos de la Centuria o terminarían por cuestiones biológicas en el Sexenio Democrático) que se ocupa del siglo XIX en su conjunto.
No deja de ser simbólico, dejando fuera por el momento las críticas que mereciera la edición, que fuera en el exilio cubano donde se imprímese la nque sería la tercera edición, aunque resumida, de la Historia General. Finalmente, los años 70, con la salida de la dictadura y los comienzos de la andadura democrática, propiciaron la creación de un clima sin el que no se entiende el éxito final de la IV edición de la Historia General de las Islas Canarias, en su versión actualizada.
En su momento A. O’Shanahan enunció, teniendo como telón de fondo la crisis de 1973, que afectaba seriamente a la sociedad Canaria y a los sectores económicos que sustentaban su crecimiento (turismo, construcción y agricultura de exportación), el afloramiento de importantes problemas (escasez y dificultades en el reparto del agua, desempleo, destrucción del medio ambiente, fenómenos de aglomeración urbana etc.) dentro de un marco en el que habría de tener presente en nuevo Régimen Económico y Fiscal (1972), el proceso de descolonización del Sahara occidental y una nueva correlación de fuerzas políticas.
En este nuevo marco es especialmente interesante la presencia de un movimiento político nacionalista que demandaba el derecho a la autodeterminación y llamaba la atención sobre el hecho diferencial canario como elemento integrador. Veinticinco años después, cuando ha irrumpido con fuerza en la escena política canaria y española un movimiento político que enarbola la bandera del nacionalismo, los problemas derivados de la necesidad de explicar el binomio historia particular-historia general, incitan a una nueva lectura de los clásicos de nuestra historia. Tanto las Noticias de Viera, como la Historia general de Millares Torres deben ser todavía muchas veces abiertas.
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