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Detective Ferruchi

Marta Villar prosigue la senda del jefe de la policía municipal de Tomelloso con una prosa fluida que le ha llevado a ganar el premio Xerais a la mejor novela escrita en gallego

Marta Villar

Marta Villar / La Provincia

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Javier Doreste

Javier Doreste

He aquí una muy buena novela policíaca rural en la línea de las escritas por el gran García Pavón protagonizadas por Plinio. Villar prosigue la senda del jefe de la policía municipal de Tomelloso con una prosa fluida que le ha llevado a ganar el premio Xerais a la mejor novela escrita en gallego, prosa que mantiene al ser ella misma su traductora. Es una obra perfecta desde el punto de vista de la estructura y el ritmo.

Empieza engañando al situar la acción en un falso ficticio Umeiro; una ciudad que en la novela casi llega a los treinta mil habitantes y dispone de fuerza policiaca municipal y que en la vida real es un pueblito de apenas doce paisanos en la provincia de Lugo. Por eso es un falso ficticio. Falso porque existe en realidad y ficticio por los atributos que le da la autora.

Marta Villar saca la novela criminal de la gran ciudad, como en su momento García Pavón, y la lleva al mundo rural. Con una notable diferenciación; mientras Tomelloso y su entorno evolucionan lentamente, al ritmo de la pesada losa del franquismo, Umeiro muestra el vertiginoso cambio producido en el campo gallego y los efectos del paso de la producción artesanal a la industrial. Señalo de paso que el franquismo nunca es nombrado por García Pavón, de forma que en algún momento Plinio flota en un limbo histórico iniciado en la dictadura de Primo de Rivera, si exceptuamos la presencia de los topos, los escondidos huyendo de la represión y la muerte, de Las hermanas coloradas. A su represaliado autor no le quedaban otras maneras.

La protagonista, Sol, vuelve a la ciudad de su infancia después de treinta años de ausencia. Eso permite que ponga distancia entre la ciudad y su persona, entre el crimen y ella. Ese distanciamiento, agrandado al no pertenecer a ninguna fuerza policial, es utilizado por la autora para reforzar la objetividad en su relato.

Detective Ferruchi

Detective Ferruchi / La Provincia

Es cierto que Sol no puede esconder cierto rechazo a la sociedad de Umeiro por el racismo que sufrió en su adolescencia dado que su padre era gitano. Pero a la vez permite que mediante el reencuentro con algunos de los que fueron sus condiscípulos en la enseñanza secundaria se muestre la evolución de varios de los personajes y de la misma sociedad de Umeiro, que es un reflejo de los cambios en la sociedad gallega.

En toda novela policíaca, el crimen es el pretexto por el que el autor articula el dilema moral del protagonista con la sociedad. Ese crimen va a desenterrar no solo los episodios de racismo y los desprecios sufridos por la protagonista,sino también otros hechos siniestros y hasta entonces ocultos a los ojos de los naturales del país.

Lejos de Umeiro, Sol ha trabajado para una gran empresa gallega de ropa. Su madre era costurera y había montado con su amiga Vivita, madrina de sol, un taller en los bajos de un edificio. Allí Sol aprendió el oficio y cuando marchó fue para seguir estudios relacionados.

Pero abandona su trabajo, patronista, vinculada a un ordenador, aburrida de la mecanización y la deriva de la producción a terceros países entre otras cosas.

Villar describe la vida y el trabajo de los miles de mujeres que cosían en talleres situados en bajos, pequeñas naves industriales, garajes, para Inditex. Un trabajo casi artesanal, similar al de las hiladoras inglesas en los albores de la Revolución Industrial. Treinta o cuarenta mujeres, agrupadas en un espacio a las órdenes de una encargada, con las tareas especializadas y divididas como en una auténtica fábrica. Unas pegan mangas, otras cuellos, unas hacen ojales, otras cosen botones, aquellas planchan.

Una labor que empieza a las ocho de la mañana y termina a las cinco de la tarde, con dos pausas para el bocadillo de media mañana y el almuerzo. Un trabajo rutinario, estresante, en el que rara vez se respetan los horarios pues siempre hay algún encargo urgente, un pedido que hay que completar. Son cientos de talleres dispersos por la geografía gallega en los que trabajan siempre mujeres y que irán cerrando a medida que la producción se traslade a países de África o Asia, con su cierre subirá el paro en la región. «El taller era un bajo que tendría, no sé, seiscientos metros cuadrados más o menos. Había unas setenta máquinas. (…) En la central, en Inditex en Arteixo, diseñaban y cortaban las piezas y después nuestro jefe las traía en sacos cargados hasta los topes en su todoterreno (…) En unos sacos había mangas, en otros delanteros (…) Los talleres que trabajaban para Inditex en aquella época eran cadenas de montaje. (…) Una vez a una se le quedó el dedo cogido allí y hubo que apagar y desmontar (…). Además, entonces no te llevaban al centro de salud, no había mutua no nada parecido». Es el testimonio que recoge Sol de una las antiguas trabajadoras de la costura. Tiene el diente de costurera, como la protagonista, mellado por cortar los hilos porque se va más rápido que con la tijera.

Otro de los personajes de la obra es el propio tiempo, lo que fue y ya no es, lo que pudo ser y nunca fue, reflejado en la relación desde el instituto entre Amil, el jefe de la policía local, y la regresada Sol o en la transformación de la vivienda campesina en el entorno.

En el pasado, los bajos de la vivienda rodeada por la huerta, se destinaban a los animales. La concentración de la producción lechera y cárnica, lo que se ha dado en llamar la economía de escala, desaloja el ganado de ese espacio que pasa a ser ocupado por el automóvil y el tractor. Pero la juventud va dejando el campo, los que se quedan cumplen años pesados y cada vez cuesta mas subir la escalera desde el bajo a la vivienda. El último paso es la conversión de esos bajos en una pequeña vivienda, cocina, baño y una o dos habitaciones que hacen innecesario subir a la vivienda anterior.

El cambio climático con sus trastornos de temperatura y régimen de lluvias, los incendios forestales y la desidia de la administración competente o la violencia machista, son otros temas que Marta Villar introduce en su obra, sin forzar el ritmo y con la maestría de una buena escritora, haciendo que se la lea con agilidad. Pese a lo pausado de la acción, la autora maneja con precisión tanto el ritmo como el lenguaje e impide que el lector pierda el interés y logra que cueste abandonar la lectura. Por eso, por la calidad y los temas que trata, más allá del crimen objeto de la novela, Detective Ferruchi es una muy buena novela que todos deberían leer. Pero no olvidemos nunca que Pablo Hasél sigue en prisión.

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