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Maximiano Trapero, filólogo e investigador: “La vida cobra sentido a través de la memoria, el lenguaje y las relaciones humanas”

El catedrático emérito de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria presenta este jueves 2 de julio, en la Casa de Colón, ‘El mester de preguntar por las palabras. Claves y enclaves de una vida’

Maximiano Trapero.

Maximiano Trapero. / LP/DLP

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María Sánchez

María Sánchez

¿Por qué sintió que este era el momento de escribir una autobiografía y qué esperaba encontrar al mirar hacia atrás?

Nunca había pensado en escribir unas memorias. La idea surgió durante la pandemia, cuando disponía de mucho tiempo y se habían agotado temporalmente los temas de mis investigaciones. Empecé sin un propósito concreto, ordenando episodios de mi vida que tenía olvidados o borrosos. Poco a poco comprendí que estaba escribiendo una especie de testamento para mis nietos. Apenas conocí a mis abuelos y no quería que ellos sintieran lo mismo respecto a mí. Lo curioso es que, cuando repasas tu vida con calma y la escribes, muchos acontecimientos adquieren un sentido diferente y terminan encajando de una manera mucho más coherente de lo que recordabas.

Su título resume toda una trayectoria. ¿Qué tienen las palabras que le han fascinado durante tantos años?

Fue uno de los aspectos que más me costó decidir. Aparecieron varios títulos antes del definitivo. "Mester" es un guiño a uno de los primeros periodos de la literatura española, que tanto me marcó. "Preguntar por las palabras" responde a mi forma de entender la filología, siempre desde el trabajo de campo, escuchando a las personas. Y "claves y enclaves" refleja la estructura del libro: no son unas memorias cronológicas, sino un recorrido por aquellos episodios y dedicaciones que terminaron definiendo mi vida.

En el libro habla de la memoria como un hilo conductor. ¿Hasta qué punto somos las historias que recordamos y las palabras con las que las contamos?

Es una pregunta casi filosófica. Hace poco, mientras enviaba el manuscrito por correo electrónico, apareció un resumen elaborado por inteligencia artificial. Me sorprendió comprobar que una de sus conclusiones expresaba exactamente lo que yo quería transmitir: "La vida cobra sentido a través de la memoria, el lenguaje y las relaciones humanas, y entender las palabras es también entender la cultura y la propia identidad". Creo que esa frase resume muy bien el espíritu del libro.

Ha recorrido numerosos pueblos recogiendo romances, cuentos y testimonios orales. ¿Hay alguna persona o algún encuentro que nunca haya olvidado?

Han sido muchísimos. Recuerdo especialmente al pueblo de La Gomera, que conserva el mejor romancero vivo del mundo hispánico, y a Eulalio Marrero, de Fuerteventura, probablemente la memoria más prodigiosa que he conocido. También a Pedro Leoncio, un juglar gallego ciego de nacimiento que recorría las ferias cantando romances con su zanfona, o a Rafaela Crespo, una mujer leonesa capaz de recitar más de cincuenta romances de memoria. Y, en el ámbito de la poesía improvisada, figuras como Jesús Orta Ruiz, Guillermo Velázquez o Alexis Díaz-Pimienta representan la extraordinaria riqueza de una tradición que sigue viva.

Usted nació en León, pero gran parte de su vida académica y personal está ligada a Canarias. ¿Qué le han enseñado las islas que no habría aprendido en ningún otro lugar?

Llegar desde fuera me permitió fijarme en aspectos que para los propios canarios pasaban inadvertidos. Canarias ha sido para mí un auténtico laboratorio por su historia, su lengua, su geografía y su cultura. Especialmente fascinante ha sido la pervivencia de las palabras de origen guanche, sobre todo en la toponimia, una investigación a la que he dedicado cerca de treinta años. Además, el estudio del romancero y del cancionero tradicional de cada isla me permitió comprender la enorme riqueza y diversidad cultural del archipiélago.

Después de décadas investigando la tradición oral, ¿cree que todavía sabemos escuchar o vivimos en una época en la que hablamos mucho y escuchamos poco?

Creo que hablamos mucho más de lo que escuchamos. Basta ver muchas de las tertulias actuales. Yo también hablo mucho, lo reconozco, pero me he pasado media vida escuchando. Cada palabra tiene una historia y muchas siguen siendo un misterio. En un mundo lleno de ruido, buscar el silencio y aprender a escuchar sigue siendo una de las mejores recomendaciones.

Si tuviera que elegir una investigación o un descubrimiento del que se sienta especialmente orgulloso, ¿cuál sería y por qué?

Podría mencionar varias. Me siento especialmente satisfecho de haber dado a conocer la extraordinaria riqueza del romancero de La Gomera, prácticamente desconocido fuera de la isla cuando publiqué aquel trabajo. También considero importantes mis investigaciones sobre el origen de la palabra "guanche", mis estudios sobre la décima espinela o el descubrimiento de que el padre de Sor Juana Inés de la Cruz era canario y que su verdadero apellido era Azuaje. Todos ellos son hallazgos que nacieron de la investigación y de la curiosidad.

A lo largo de su carrera ha sido investigador y profesor. ¿Qué le han enseñado sus alumnos que no aparecía en los libros?

Siempre he hecho mía aquella frase de Fray Luis de León: "Enseñar y aprender es todo uno". La investigación y la enseñanza han ocupado mi vida con la misma intensidad. Incluso ahora, ya jubilado, sigo sintiendo nostalgia de las clases. Los alumnos obligan al profesor a mantenerse vivo intelectualmente, a seguir aprendiendo y a ejercer el máximo rigor. Cada clase es también un examen para quien la imparte.

Después de toda una vida preguntando por las palabras de los demás, ¿qué le gustaría que los lectores descubrieran sobre Maximiano Trapero al cerrar este libro?

He dedicado este libro a la memoria de mis padres, dos personas sencillas y trabajadoras que me dejaron dos enseñanzas para toda la vida. Mi madre siempre me decía: "No lo malgastes", refiriéndose tanto al tiempo como al dinero. Mi padre repetía: "Procura ser un hombre de provecho". Creo haber cumplido fielmente el consejo de mi madre y me gustaría pensar que también he sabido responder al deseo de mi padre.

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