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La escritora valenciana que robó un Sorolla por despecho y el turista murciano que devolvió otro por honradez

El lienzo olvidado en una calle de Sevilla y llevado hasta Murcia recuerda al pequeño Sorolla que una escritora sustrajo en 2010 del Museo Benlliure de València tras sentirse estafada con unos cuadros falsos.

Andrés Hurtado con el Sorolla que encontró en una calle de Sevilla.

Andrés Hurtado con el Sorolla que encontró en una calle de Sevilla. / EFE

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València / Sevilla

Andrés Hurtado tiene 57 años, vive en Puebla de Soto, cerca de Murcia, y la pasada semana viajó a Sevilla con unos amigos por devoción. Quería ver el nuevo camarín de la Esperanza de Triana. “Soy muy, muy devoto”, contó después. “Hace unos años obró un milagro, me salvó una pierna. El médico dijo que había que amputarla. Ella la salvó”.

El sábado, sobre las cuatro de la tarde, volvía de comer hacia su hotel cuando vio a un grupo de jóvenes extranjeros con un cuadro en la calle San Pedro Mártir. “Estaban contentos... De repente vi cómo lo tiraban en un macetero. Me acerqué y lo miré. Eran dos barquitas. Me gustó mucho el marco”, relató. En otra versión lo resumió aún más: “Pensé, qué marco chulo; la verdad es que no me fijé en la pintura, y me lo subí al hotel”.

Aquel cuadro era un pequeño lienzo de Joaquín Sorolla que una familia sevillana había dejado apoyado en la acera mientras cargaba el coche para salir de vacaciones. Cuando quisieron volver a por él, ya no estaba. Colocaron carteles por la zona y hablaron de una obra de gran valor sentimental. Lo que parecía un robo fue tomando forma de extravío, hallazgo y apropiación confusa.

En una bolsa "de los chinos"

Andrés no imaginó al principio lo que llevaba encima. Compró “una bolsa de los chinos” para transportarlo y se lo llevó a Murcia. Ya en casa, distinguió la firma. “Ponía Sorolla”, dijo. A falta del teléfono de un experto tasador en la agenda a quien llamar, ya que tenía el móvil en la mano le preguntó a la inteligencia artificial. “Me dice que tengo un cuadro de un valor incalculable. Vamos, estaba flipando. ¡Que estaba tirado en la calle! Y yo pensando: ¿estos chiquillos cómo tiran eso con ese valor?”.

También llamó a una casa de subastas. Según su relato, le dijeron que la pieza podría salir a la venta y alcanzar “un pastizal”. Pero el golpe de realidad llegó al encender la televisión: se buscaba un Sorolla desaparecido en Sevilla. “Y digo: ¡pero si ese cuadro lo tengo yo!”. Entonces llamó a la Policía Nacional. “Me dieron la enhorabuena y las gracias por haber alertado; me dijeron que iban a mandar a unos agentes a recogerlo”.

La familia propietaria, que había dejado el cuadro en la puerta del garaje, respiró aliviada. Andrés llegó a hablar con el dueño tras ver el teléfono en los carteles. “Le dije que yo tenía el cuadro, me dio las gracias. Y le pregunté lo de la recompensa... y me dijo: sí, claro, te mandaremos un regalo”, contaba ayer con poco entusiasmo. En su propia conclusión hay una ética sencilla: “Si el cuadro tiene dueño, no es mío, está claro”.

"El santero de la cofradía", la diminuta tabla de Sorolla que fue robada del Museo Benlliure en 2010.

"El santero de la cofradía", la diminuta tabla de Sorolla que fue robada del Museo Benlliure en 2010. / L-EMV

De "amigo" a "amigo"

La obra tiene un elevado valor sentimental para esta familia sevillana, pues está dedicada y firmada para ellos por el célebre pintor valenciano. “A mi amigo Fer”, aparece autografiado en una esquina del lienzo. Una dedicatoria que conecta con otro pequeño Sorolla muy similar robado hace ya 16 años en València.

En abril de 2010 desapareció del Museo Benlliure El santero de la cofradía, una diminuta tabla de apenas 19 por 13 centímetros que Sorolla pintó en 1913 y regaló a su amigo José Benlliure con una dedicatoria: “a mi amigo Pepín”.

La obra estaba expuesta en la Casa Museo Benlliure, en la calle Blanquerías, propiedad del Ayuntamiento de València. Una mujer entró durante el horario de apertura, recorrió varias salas, descolgó el pequeño Sorolla, le quitó el marco y salió con él. No hizo falta un butrón ni una banda organizada. Bastaron un ángulo muerto, una pieza de pequeño formato y unas medidas de seguridad insuficientes.

Durante casi un año, el cuadro figuró entre las obras más buscadas por la Policía. Las cámaras mostraban a una mujer que tocaba cuadros y se movía por las salas de forma extraña, aunque apenas se le veía de espaldas. En el marco quedó una huella. La investigación acabó conduciendo hasta Josefa L. P., una filóloga y escritora valenciana que, según trascendió, había actuado por despecho después de sentirse estafada en la compra de unos cuadros falsos en el rastro. Había pagado una cantidad importante por unas obras que creía buenas y decidió resarcirse de la peor manera: llevándose un Sorolla auténtico de un museo público.

Lugar del robo en el Museo Sorolla en 2010.

Lugar del robo en el Museo Sorolla en 2010. / Marga Ferrer

Entre el robo y el descuido

Cuando los agentes registraron su casa, la mujer entregó voluntariamente la tabla. El cuadro volvió al Benlliure y ella fue condenada a siete meses de prisión por hurto, con una eximente incompleta de trastorno mental y tratamiento ambulatorio. La escena parece escrita para dialogar con la de Sevilla: dos Sorollas pequeños, fáciles de esconder; dos marcos convertidos en pista o tentación; dos salidas discretas de su lugar natural. Pero hay una diferencia esencial. En València hubo voluntad de robar. En Sevilla, todo nació de un descuido familiar y terminó porque quien lo encontró decidió devolverlo.

No han sido los únicos casos de pinturas de Sorolla en manos ajenas. En 2021, Puerto de San Sebastián, un óleo sobre cartón de Sorolla, fue sustraído durante una exposición en un hotel de Madrid y acabó localizado en Italia. En 2001, otro Sorolla figuró entre las obras robadas en la casa de Esther Koplowitz, uno de los golpes más sonados contra una colección privada en España. Y en 1992 la Policía recuperó tres Sorollas robados a un coleccionista: Mujer mirándose en el espejo, Interior de un café y Mercadillo con figuras. El presunto ladrón incluso intentó autentificarlos, recordando que el arte robado suele necesitar papeles antes de convertirse en dinero.

Andrés Hurtado pudo haber intentado aprovecharse. En vez de eso, decidió que la obra debía volver a su dueño. Este miércoles, mientras esperaba que unos policías nacionales acudieran a su casa para recoger el lienzo, atendía a los medios desde su casa, entre bromas y resignación. “Está siendo una locura”, admitía. Confía en que el siguiente milagro de la Esperanza de Triana sea algo más consistente que ser durante unas horas propietario de un Sorolla valorado en 50.000 euros: Andrés quiere encontrar trabajo. “Lo último en que trabajé fue en un supermercado. ¿Pero quién va a querer contratar a un señor de 57 años?”.

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Fuente: Levante - EMV

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