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Un relato truncado: Delgado y Quesada

Es mérito de Perdomo Hernández recopilar a modo de antología ocho artículos de Delgado sobre Quesada y su obra, todos interesantes pero, como es lógico, más unos que otros

Un relato truncado

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Javier Doreste

Javier Doreste

Esta es la historia de un hombre joven, un poeta de apenas 34 años que se empeña en reivindicar la obra de otro poeta, muerto muy joven, sin cuarenta años cumplidos. El primero es Félix Delgado y tiene 16 años cuando la tuberculosis se lleva a Alonso Quesada, el alias de Rafael Romero y autor de una de las más grandes obras poéticas y de prosa escritas no solo en las islas sino en lengua castellana o española o como ustedes quieran.

Con minuciosidad, documentación y prosa quirúrgica Perdomo Hernández nos va contando la historia de ese joven que en la Barcelona de los años 30, a punto de estallar la guerra que promovió el asesino Franco, escribe cartas a Clemencia Miró para recuperar la correspondencia entre Quesada y el padre de Clemencia, Gabriel Miró. La intención del joven poeta y crítico es publicar las obras completas de su paisano Quesada. Estima, y con él son muchos, que Alonso Quesada es uno de los mejores poetas del siglo y cree de justicia reivindicar su obra en la España peninsular.

Pero no sólo la poética, también promueve la prosa, Smoking room, Crónicas de la ciudad y de la noche, son estudiadas por Delgado en artículos y ensayos que va publicando en distintos medios. Conoce a José Bergamín y cuenta con su apoyo y el de otros como el mismo Fernando Delgado. Viaja con una maleta repleta de manuscritos inéditos de Quesada y prevé un viaje a Alicante, ya estallada la guerra, para contactar con los Miró. Pero todo se frustra, Félix Delgado es detenido en Barcelona por un piquete de supuestos anarquistas y fusilado bajo la acusación de espía de los fascistas italianos, su cuerpo nunca apareció y la maleta con los manuscritos de Alonso Quesada se perdió para siempre. Casi al mismo tiempo los fascistas en Granada fusilaban a García Lorca acusándolo, entre otras cosas, de espiar para los rusos.

Es mérito de Perdomo Hernández recopilar a modo de antología ocho artículos de Delgado sobre Quesada y su obra. Todos interesantes pero, como es lógico, más unos que otros. Desde los que son reclamo por el aniversario de la muerte del poeta a un ensayo biográfico publicado en su momento en tres partes, al último, un estudio del tema de la muerte. Delgado cuenta alguna anécdota con el fin de que el lector aquilate mejor la figura de Rafael Romero y del ambiente en que se movió.

Una de las más sabrosas, por decirlo de alguna manera, es la que concierne al debate que suscita entre los intelectuales la obra del colombiano Vargas Vila, autor de fama en su momento por sus escritos anticlericales, sus novelas tildadas de eróticas y su ideario cercano al anarquismo. Es el que, nombrado representante en Roma de Venezuela, se niega a arrodillarse ante el Papa del momento alegando: yo no me arrodillo ante ningún mortal.

El mismo que tuvo frases lapidarias como La Religión, es la música de los instintos empeñados en formarse un sentimiento o Una de las cosas más tristes de la Vida, es, tener la razón... y, la más peligrosa. O aquella tan contundente en que pedía a algún poeta que se ahorcara con una cuerda de su propia lira, así se elevaría a la altura de la horca, al menos. Hoy casi nadie recuerda Vargas Vila, algo en su patria natal, pues fue autor perseguido por sus ideas pero de éxito, un pariente de nuestro Blasco Ibáñez, salvando las distancias.

Delgado nos informa a propósito de esa polémica: se propuso a Domingo Doreste primero y a Alonso Quesada después, para que dieran una charla sobre el personaje en disputa. Domingo Doreste, comedido, ecuánime, resignado, se impuso el sacrificio de leerse un par de obras de Vargas Vila (…) Noches después. Alonso Quesada, (…) charló sobre el mismo pobre tema. Lo que dijo de Vargas Vila sería cuestión de buscarlo entre sus papeles -pues lo tenía escrito- porque eran de una ingeniosidad y de un humorismo… Primero hay que decir que ni Delgado ni Doreste tenían en estima literaria al colombiano como nos indican ese resignado, se impuso el sacrificio de leerse… Y remata Delgado la faena diciendo que el asunto era un “pobre tema”. Y después hay que señalar que Delgado reivindica en varios de sus escritos esa faceta satírica, humorística, elegante, de Quesada. El asesinato de nuestro crítico impide que hoy busquemos entre sus escritos esas cuartillas dedicadas con humor a Vargas Vila.

Tiempo después el maestro Lázaro Santana volvería sobre el humor y la sátira de Quesada en varias ocasiones. La última que conozco es la magnífica y cuidada edición de las obras completas de Alonso Quesada por el Cabildo. La introducción del primer volumen, que incluye las Crónicas de la ciudad y la noche, Smoking-Room y Las inquietudes del Hall ahonda en el tema, más extensamente que Delgado en su momento, por razones lógicas de espacio.

Pero el último de los trabajos de Félix Delgado recogido en este volumen es un recorrido, somero por tratarse de un artículo para la revista Cruz y Raya de José Bergamín, de toda la obra publicada hasta ese momento de Alonso Quesada. Encierra indudable interés por dos motivos; primero porque casi todas las observaciones que plantea Delgado han sido confirmadas, desarrolladas y ampliadas años después por la crítica en general, en especial por el mejor de los que se han ocupado de la obra de Quesada, el anteriormente nombrado Lázaro Santana, y segundo porque desarrolla el tema de la muerte, recurrente en Los caminos dispersos, último poemario publicado y que ya aparece en el primer El lino de los sueños.

Se evidencia un hilo que une ambas obras, la presencia de la muerte, compañera de todos nosotros desde que nacemos, pero que en Alonso Quesada cobra una especial significación por la enfermedad que padecía y que terminaría con su temprana muerte a los treinta y nueve años.

Hay que agradecer el trabajo de Guillermo Perdomo, pues rescata un autor, Félix Delgado, agudo observador de la creación de, quizás, el mejor de los poetas de la primera mitad de nuestro siglo 20. Vale la pena leerlo, créanlo.

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