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Análisis

Istmo-Canteras-Puerto: la isla cultural

Alonso Quesada, Tomás Morales y Saulo Torón, antecedentes de una pléyade cuya huella corre el peligro de desaparecer del espacio urbano donde creció su creatividad

‘El vaso de luz. Capilla Atlántica’, Manuel Padorno, 2000.

‘El vaso de luz. Capilla Atlántica’, Manuel Padorno, 2000. / LP/DLP

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Javier Durán

Javier Durán

Alonso Quesada, Saulo Torón y Tomás Morales, vinculados al Puerto de La Luz por sus trabajos (los dos primeros) y por sus libros, tendrán sus bustos o representaciones escultóricas en el recinto portuario. El detalle no es más que una caricia si nos ponemos a repasar la prole de personalidades de las letras y las artes que se interrelacionaron desde el Istmo hasta La Isleta, siempre atravesando la orilla de Las Canteras. Un territorio de una creatividad desbordante, aunque siempre relegada por el centralismo cultural impuesto por el núcleo dominante de Triana-Vegueta.

Los escritores homenajeados para ese paseo de los poetas de Beatriz Calzada, que compite con el otro que tiene en la cabeza Carolina Darias para el Guiniguada, no sólo se inspiraron en la ebullición portuaria de la época para sus títulos. También fueron activistas culturales, si se me permite el calificativo, a la hora de crear un tejido cultural en un barrio de mayoría obrera donde escaseaba la protección social pública. Su empuje constituye un movimiento en favor de la articulación de una sociedad civil en un mundo volcado en el sustento, víctima de una explotación laboral por los súbditos de Su Majestad que contó con el sarcasmo del autor de La Umbría.

En el título Conversaciones noveladas, publicado por el Cabildo, el autor de El caracol encantado da a conocer cómo era la vida de ese todo que, a principios del XX, se llamaba Puerto a secas: una isla dentro de otra isla. Aunque Quesada y Morales tuvieron una muerte prematura, el triunvirato activó la sociedad El Recreo, que trajo por primera vez a Miguel de Unamuno a Gran Canaria. El Teatro-Circo Puerto de La Luz fue otra de las iniciativas, al igual que el Teatro Mínimo de Claudio y Josefina de la Torre. Salvador Rueda, Ortega y Gasset o Valle-Inclán van a ser otros de los recibidos por aquel aparato cultural porteño.

Saulo Torón, que vivía en una casa que estaba frente al mercado del Puerto, ofrece a través de sus palabras datos de una movida que tenía su cuartel general en el entorno del Istmo. Pero que estiraba sus tentáculos más allá: a veces al Teatro Pérez Galdós (restaurado por sus amigos Claudio y Néstor de la Torre), y otras conspirando en la redacción de un periódico como Ecos (1915), ejemplo del periodismo literario y de la bohemia bajo la dirección de Quesada. La competencia con El Tribuno era feroz, con derrapes acusatorios que llenaban páginas.

Pero aquel Puerto, aparte del lugar de los barcos y los tinglados, tiene su seña de identidad más preclara en la playa de Las Canteras, que empieza a ser conquistada por un urbanismo tímido. Lo llevan a cabo verdaderos pioneros en la sensación de vivir junto al mar, como la familia de ilustrados Martínez de Escobar o algunos apellidos extranjeros que utilizaban bañador.

Más adelante, se cimenta uno de los misterios de este espacio atlántico: el número de creadores que nacen en torno al mismo. Una pléyade, nombre que da Juan Manuel Bonet a la coincidencia generacional, que convierte en una obviedad la necesidad de encapsular el fenómeno en algún tipo de plataforma interactiva con recursos documentales. El vínculo no se puede dejar morir, es un patrimonio exclusivo, de un valor incalculable, que va más allá de la colocación de un busto. Algo obsoleto, desfasado, en un tiempo donde la reputación de una ciudad se ventila en internet para bien y para mal.

No hay nada más que acudir a Memoria de infancia y juventud de Manolo Millares (las copas de adolescente en la caseta de Galán, a bordo de la arena) para hacerse una idea de ese cosmos alrededor de Las Canteras. El libro, descatalogado, informa del pandilleo con Manolo Padorno (perdimos Punta Brava, su casa), Martín Chirino (de La Isleta a Los Charcones, dos lugares en su biografía), Elvireta Escobio (la fábrica de salazones de su familia en La Puntilla) y otros. El relato de una válvula de escape salitrosa, enamorada del yodo, que forja una geografía única: nunca se ha dado tal mixtura. Junto a ellos, Eugenio Padorno (en su torreón de Albareda), Arturo Maccanti (los de Italcable, punto neurálgico de la primera teleco, presidiendo el malecón), Felo Monzón (cerca de Galileo), Teddy Bautista (por La Naval de niño), Tony Gallardo (el ruido del mar dentro del callao), Pepe Dámaso (en Tauro, asentado en la ladera de un volcán) ... Y muchos más, seguro que sí.

Frente a esa imagen posindustrial que nos ofrece el Puerto de La Luz, con sus grúas enormes, plataformas petrolíferas descomunales, montañas de contenedores, cruceros rascacielos, barcos de diseños estrambóticos... Ante este paisaje rompedor, nada mejor que escarbar en Tomás Morales: «La taberna del muelle tiene mis atracciones/en esta silenciosa hora crepuscular:/yo amo los juramentos de las conversaciones/y el humo de las pipas de los hombres de mar».

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