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Análisis

Gesta

La novela ayuda a conocer cómo hemos llegado a ser la sociedad que somos

Gesta

Gesta / LP/DLP

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Javier Doreste

Javier Doreste

Juan Carlos Domínguez vuelve a deslumbrarnos con una magnífica novela histórica, ajustada como un reloj a los cánones del género; los que definió Balzac al reseñar La Cartuja de Parma: descripción extensa de las costumbres y circunstancias que rodean los acontecimientos, carácter dinámico de la acción y papel importante del diálogo. Basta asomarse a esta novela para embeberse de las costumbres y circunstancias de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria en junio de 1599, cinco años después de la derrota de Drake en la ciudad: Todos los domingos a mediodía la ciudad se contemplaba a sí misma, bien engalanada y peinada, perfumada que daba gusto, y se daba las buenas horas, que era como pasar lista para ver quién está, y al mismo tiempo tomar noticia de los cambios habidos: aquella dama.

La del abanico, que parece estar embarazada de nuevo (…) En la misa de doce no se debe hablar pero las noticias corren de boca en boca, y si son malas vuelan: (…). Añadan la magnífica descripción de la calle Mayor de Triana, poblada de menestrales y artesanos, o la de las fortificaciones que intentan proteger la ciudad de los ataques de los enemigos del Rey y la verdadera fe.

Domínguez borda esas descripciones y nos hace vivirlas como si hubiésemos retrocedido en el tiempo y anduviéramos por las sendas y las dunas de Las Alcaravaneras o estuviésemos en el cerro de San Francisco. Mérito que consigue por el dominio del lenguaje que le permite, sin alardes, llevarnos a esa época. Hoy nadie da las buenas horas, es expresión de otros tiempos; su uso sirve para zambullirnos plenamente en la sociedad y el momento. En estos detalles es donde se descubre el buen hacer del escritor y su acertada y extensa erudición.

La descripción de la tertulia de Cairasco, la presencia de la siniestra Inquisición, uno de los peores males de la Iglesia católica, las noticias que vaticinan el ataque de la flota holandesa, y los preparativos para resistir y defender la ciudad, el ataque de los herejes, la defensa de los lugareños, el contraataque y la retirada del enemigo, son narrados de forma minuciosa pero con ritmo y amenidad por el autor de forma que mantiene el interés del lector, ya sea mediante diálogos vivos entre los distintos protagonistas o descripciones como la del valle de Sataute, descripción bucólica que contrasta vivamente con la sangre, la muerte y la pólvora que la preceden.

Este contraste es un ingenioso recurso que usa Domínguez así como el de intercalar en el relato tres misivas, dos de Andrés el Pescador, una al principio y otra al final del relato y una tercera en medio del holandés católico Van Damme cuyo nombre generaría el de Bandama en su momento. Las misivas sirven bien para presentar a su redactor, el entorno en el que se mueve, sus acciones y cómo le afectan los acontecimientos. De esta forma se evita una dilatación innecesaria de la novela a la vez que al usarse en ellas la primera persona se dota de más viveza y realidad a los hechos contados.

La creación de ese personaje juvenil, Andrés el Pescador, conlleva la presencia de una historia de amor, que ayuda a mantener el interés del lector. Recurso que suelen usar los escritores de este tipo de novelas, recuerden La Flecha Negra, David y Catriona de Stevenson o Quintín Durward e Ivanhoe de Walter Scott. Y como ellos Domínguez recupera un hecho de nuestro pasado y contribuye así a construir la comunidad imaginada que son estas islas.

El tenebroso brazo de la Inquisición, encarnado en el oficial que persigue al joven héroe es una constante a lo largo del relato. La Iglesia, sus ritos, el temor cotidiano de ser denunciado y procesado, sometido a tortura y confiscados los bienes, eran parte de la sociedad del momento. La limpieza de sangre, estigma que alcanzó al mismo Cairasco: Es cierto que mi bisabuela por parte de madre, indígena de La Palma, casó con un converso; recurso usado para destruir reputaciones, vidas y haciendas, llegó a obstruir la normalidad en los reinos de España, impidiendo el desarrollo que sin esos prejuicios alcanzaron otras zonas de Europa. Canarias, parte de esos reinos, no quedó exenta de esa barbaridad ni de los azotes inquisitoriales.

Los marinos de naciones consideradas heréticas corrían el riesgo de ser apresados en los muelles canarios y procesados, con consecuencias para el comercio del azúcar y los vinos que mantenían las islas con el norte de Europa: Y lo peor es que actuando así, el Tribunal no solo perjudica a esos pobres marineros, sino también a la isla entera y a la misma Iglesia. -¿A la Iglesia? ¿Cómo puede perjudicarla? – Pensadlo: ¿no lleváis vuestros dulces panes justamente a esas naciones heréticas? ¿No provienen las rentas de estas islas del azúcar y de los vinos que os compran allende los mares? Esto es parte de un jugoso diálogo entre el canónigo Cairasco y el doctor Fosco, utilizado para hablar de un espinoso asunto en el que la misma Corona terminaría interviniendo para prohibir los apresamientos de tripulaciones al llegar a las islas para comerciar.

Es más, desde la propia Inquisición se lanzaron voces contra esa práctica, no solo por los perjuicios que traía a la economía, sino también por el coste que implicaba: Por tanto no resulta de interés tenerlo en prisión como tenemos a esos condenados herejes que devoran nuestros fondos cada día. (…) antes de proceder a investigar a alguien, os hagáis cargo de conocer su hacienda, si tiene en qué, si es fácil o difícil secuestrar sus bienes (...).

La Iglesia, como toda institución y con ella la Inquisición, necesita dineros para mantener verdugos, oficiales, escribanos y carceleros, de forma que hasta la misma rebelión de las Provincias Unidas contra el rey de España no solo conlleva la pérdida de esas posesiones y sus impuestos para la católica corona sino la desaparición de los diezmos y otras cargas eclesiales de las que se nutría la Iglesia católica.

Esta novela ayuda a conocer nuestro pasado, de cómo hemos llegado a ser la sociedad que somos.

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