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Teatro

El teatro improvisado en Canarias: una disciplina para abrazar el error y aprender a escuchar

La escuela Vives Impro impulsada por Romina Vives en Las Palmas de Gran Canaria se prepara para recibir a nuevos estudiantes en septiembre. En Tenerife se encuentra, en la misma línea, Imprudentes Teatro, con Irene Álvarez

Romina Vives junto a sus alumnos y alumnas de Vives Impro.

Romina Vives junto a sus alumnos y alumnas de Vives Impro. / LP/DLP

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Martina Andrés

Martina Andrés

Las Palmas de Gran Canaria

Muchas son las personas que en la vida buscan tener todo bajo control. «Ah, ahora voy a hacer esto para conseguir esto otro y luego aquello para llegar a…». Premeditar, sopesar, analizar, verbos que hacen que nuestros actos queden despojados de espontaneidad, que nos perdamos el presente atrapados en el borbotón de palabras que se atasca en nuestras cabezas. El lenguaje se vuelve enemigo y lo utilizamos para ponernos capas que nos alejan de quienes realmente somos. Y ahí llega la desconexión. 

En una clase de teatro improvisado, pasa todo lo contrario. Al llegar, ves a tu alrededor a personas muy diferentes, cada una con sus miedos escondidos, que igual que tú buscan su sitio en el mundo. Hoy su lugar es ese: la escuela de Vives Impro en Las Palmas de Gran Canaria o Imprudentes Teatro en La Laguna, espacios en los que las máximas son abrazar el error, decir que sí y aprender a escuchar al otro.

El primer juego es sencillo: en un círculo y sin levantar el culo de la silla, hay que intentar, entre todos, meter un globo en un cubo colocado en el centro. Cada uno da lo mejor de sí: un brazo alargado, una patada veloz, un grito, una carcajada. Después de varios intentos, el grupo consigue el objetivo. «¡Bieeeen!». Todos se sonríen, chocan las manos. «Esta sensación es la que tienen que tener cuando improvisen juntos sobre el escenario», apunta Romina Vives, la profesora de la escuela ubicada en el barrio de Guanarteme.

Desmontar miedos antiguos

«Una clase de impro es un laboratorio de humanidad. Jugamos, nos equivocamos, nos reímos mucho y, sin darnos cuenta, vamos desmontando miedos muy antiguos», explica. «Esta disciplina reúne todo lo que me apasiona: no solo ser actriz, sino también guionista y directora, todo al mismo tiempo. Y, además, me regaló algo que va mucho más allá del escenario: herramientas muy valiosas para mi vida personal, como la escucha real o la capacidad de resolver lo inesperado», añade.

Alumnos y alumnas durante una clase en Vives Impro.

Alumnos y alumnas durante una clase en Vives Impro. / LP/DLP

Entre los alumnos que asisten cada martes a clase se encuentra Carlos G. Almonacid, que descubrió este mundo hace cuatro años cuando acudió como espectador a un show en La Barbería, ya extinta. «¿Alguna vez has ido a un espectáculo y cuando ha terminado no te has creído lo que has visto?», se pregunta todavía hoy. Quedó tan fascinado que se acercó al camerino para darle la enhorabuena a los actores. «Si quieres saber cómo lo hacemos, ven a clase el martes que viene», le animaron. Desde entonces, casi nunca ha faltado a su cita con esta disciplina teatral.

Equivocarse es bueno

Carlos explica que uno de los mayores aprendizajes a lo largo de este tiempo ha sido cambiar su relación con el fallo. Vivimos en una sociedad a la que le encanta decir de boquilla, y sin aplicarlo en exceso, eso de que de los errores se aprende, pero en las clases de impro es algo que se lleva a la práctica de forma real y radical.

«Lo que hacemos en las dinámicas de impro es equivocarnos constantemente. El error nutre el aprendizaje y hace divertido el show», manifiesta. En la misma línea, habla Romina: «Como profe, lo que más disfruto es ver ese momento en el que alguien se permite por primera vez no hacerlo perfecto… y brilla. Ese clic en el que dejan de controlarlo todo y empiezan a disfrutar de verdad».

A diferencia de una obra con guion, donde un error puede ser una catástrofe, en la impro ese fallo se abraza y se convierte en un elemento vivo de la historia. «Ríete de ti. Aquí estás para equivocarte. La impro nunca pretende ser perfecta, pretende ser mágica, divertida», apunta Carlos. Una magia que aparece cuando los alumnos logran soltar el cuerpo y liberar la vergüenza en las dinámicas grupales, generando un territorio de confianza necesario para poner los cimientos de la escena.

En ese espacio de juego, se despierta la memoria, la escucha activa y la capacidad de observación. Carlos confiesa que lo que más disfruta es ver cómo sus compañeros desarrollan partes de su personalidad o superan bloqueos personales a través de los ejercicios. Ha hecho suya una frase que le marcó profundamente: «El mejor improvisador no es el que mejor sabe improvisar, sino aquel o aquella con el que todo el mundo quiere improvisar», subraya.

El improvisador o improvisadora, además de crear una historia sobre la marcha e interpretar a un personaje -que también va desarrollando in situ- debe convertir la nada en algo tangible para el público. No vale poner la mano en forma de pistola para disparar al malvado forastero Billy Joe que acaba de llegar al pueblo para someterlos a todos: tiene que parecer que estás agarrando el arma con la mano, para que el espectador la vea aunque no esté ahí. La impro tiene sus normas, las suficientes para poder entrenarla y, cada vez, hacerlo mejor.

Para Carlos, este camino ha sido un viaje de conexión profunda, donde lo más valioso son esas locuras compartidas «que a veces salen del alma, del corazón, otras del inconsciente, pero que siempre tienen una historia que contar». Es una visión que Romina comparte desde la docencia, convencida de que este entrenamiento es, en esencia, «una pequeña revolución personal». Según la profesora, en un mundo que exige certezas y control constantes, la impro aparece para recordar que «no hace falta tenerlo todo claro para avanzar».

El próximo mes de septiembre se abre una nueva oportunidad para quienes sientan que es el momento de empezar el curso haciendo algo distinto. Una invitación para soltar las capas de control y regalarse un espacio donde, simplemente, permitirse ser. Apuntarse a estas clases es una forma de reivindicar la valentía de «exponerse tal y como uno es», en palabras de Romina, y dar el paso para que salgan partes de la personalidad que difícilmente verían la luz de otra forma. Una oportunidad para descubrir que, al otro lado del miedo, están las mejores cosas que pueden pasar.

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