Análisis
Cadáveres exquisitos
La novela de Bazterrica ha provocado múltiples interpretaciones y lecturas, casi todas basadas en el concepto de biopoder de Foucault o en las disquisiciones de Derrida sobre el cuerpo

Cadáveres exquisitos / Editorial Alfaguara
La creación de mundos distópicos, más o menos originales, se ha terminado convirtiendo en un género narrativo en sí. Desde las simplezas para adolescentes tipo Juegos del hambre o El corredor del laberinto, a las auténticas piezas literarias de M. Atwood o Úrsula K. Leguin. La inmensa mayoría de estas obras carece de interés literario pero de vez en cuando surge una autentica obra de arte como es la que hoy comento. Tanto Jameson como la misma Leguin han subrayado que la ciencia ficción, las novelas sobre el futuro, las distópicas, llámenlas como quieran, siempre reflejan de una forma u otra, problemas del presente.
Una guerra con su invierno nuclear, una invasión extraterrestre serían el punto de arranque para desarrollar asuntos del hoy, proyectados en el mañana. Tal es el caso de la famosa 1984 de Orwell que proyecta en el futuro las consecuencias no sólo del estalinismo o el nazismo, sino del control sobre la información por parte de grupos empresariales y el estado. Sobre la manipulación de la historia y del lenguaje es de lo que trata la obra orwelliana. Si creen que exageraba solo tienen que mirar en torno y ver como la ultraderecha española y otros se empeñan en reescribir la historia de la famosa Reconquista, el levantamiento fascista o los siniestros años de la dictadura franquista.
La novela de Bazterrica, publicada en Buenos Aires en 2017, ha provocado múltiples interpretaciones y lecturas, casi todas basadas en el concepto de biopoder de Foucault o en las disquisiciones de Derrida sobre el cuerpo. Pero sin negar el interés de estas visiones, creo que esta obra no puede quedar limitada a los análisis sobre el cuerpo, sean de Foucault o de Derrida. Estimo que el esfuerzo narrativo de la autora va más allá de disquisiciones abstractas y, al contrario, se centran en la práctica real, concreta, de nuestros días. Eso sí, proyectando un futuro estremecedor. Todo empieza con las consecuencias de una terrible pandemia, un virus que convierte en rabiosos y peligrosos a todos los animales, sean salvajes, de granja o mascotas. Los infectados mueren pero el problema es que el virus causante del mal es un virus con la capacidad de la zoonosis, es decir, de pasar del animal a los seres humanos. Esta circunstancia obliga al gobierno a ordenar el exterminio de todos los animales del país.
Desde gatos y perros domésticos a vacas y cerdos de granja todos los animales son sacrificados. Se acabaron el bife, el solomillo, la chuleta y la tortilla. La industria cárnica, una de las más poderosas del país, se rebela ante la crisis que la ausencia de animales provoca. Exige soluciones al gobierno. Los grandes complejos ganaderos, los mataderos, los frigoríficos, las fábricas de hielo, las curtidurías, peleterías, marroquinerías, se ven abocados a la extinción y sus trabajadores al paro y los propietarios a la ruina. Pero el gobierno y las fuerzas vivas de la nación no tardan e encontrar una salida a la crisis cárnica, tanto más grave en un país que considera que el asado es parte de su identidad. Se decide que se pueden criar seres humanos, en determinadas condiciones, para la alimentación de la nación. Se legaliza e industrializa el canibalismo.
Bajo estrictos controles los antiguos mataderos son adaptados al sacrificio de personas, las curtidurías siguen el mismo camino y todo, aparentemente, vuelve a la normalidad. Los criados para carne pierden su identidad, no tienen nombre, se les llama carne o cabezas, son cosificados como mercancía, como carne “especial”. Se les quitan las cuerdas vocales desde su nacimiento e inicialmente son modificados genéticamente. Pronto surgirá una calificación de calidad suprema los PGP o Primera Generación Pura, nacidos en cautividad de mujeres embarazadas por inseminación artificial con semen recogido en las debidas condiciones sanitarias de sementales al uso. La carne o las cabezas no deben conocer el sexo, solo procrear. Tener sexo con una de ellas es considerado una terrible abominación y el culpable será destinado al sacrificio para alimento. Pero todo ello se camufla con el lenguaje.
No se habla de personas, como ya se señaló, sino de cabezas o carne, no se sacrifica sino que se procesa, el matadero se llamará frigorífico. “Hay palabras que encubren el mundo” piensa el protagonista en un momento, enfrentado a la hipocresía reinante. “Hay palabras que son un agujero negro de la realidad”.
“Hay palabras convenientes, higiénicas, legales.” Son expresiones que van salpicando el texto aquí y allí, en una reflexión constante sobre el lenguaje y su nueva función: no es ya comunicar sino esconder y construir una nueva realidad, una pos verdad. Para eso hay un neo lenguaje en el mismo sentido que lo ideó Orwell para su 1984.
Ese neo lenguaje es completamente necesario pues Bazterrica llama a una reflexión ética sobre lo que comemos, sobre nuestra relación con el entorno. La cosificación y conversión en mercancía del cuerpo humano es una consecuencia lógica del momento actual, ese que algunos llaman Antropoceno por no llamarlo capitalismo desenfrenado así como decimos globalización y no imperialismo, palabras para esconder nuestra propia realidad. El sistema actual saquea impunemente el medio natural, provoca una crisis ecológica y el cambio climático, con las consecuencias de sequías, inundaciones y hambre. El mercado de Chicago regula precios y cosechas decidiendo qué se cultiva para la exportación y que se olvida de los cultivos tradicionales locales para la alimentación. Es una crisis ecológica, producto del sistema capitalista, que empuja a poblaciones enteras al hambre y la emigración.
La autora nos señala con el dedo ¿hasta qué punto cada uno de nuestros actos es cómplice de esa catástrofe? Cosificar las personas, reducirlas a producto consumible, mercancía, no es algo nuevo. Desde el obrero asalariado hasta la trabajadora doméstica, la cosificación, todos somos mercancía por tiempos. Plantas y animales también. Bazterrica lleva esa situación actual al extremo. Cualquier individualización de una cabeza, ponerle nombre, dotarlo de algo, una pizca, de personalidad que lo diferencia del rebaño, un inicio de consciencia de sí, pone en riesgo todo el sistema. Exactamente como la toma de consciencia de los obreros o las mujeres, la consciencia de quienes son y cuál es su papel en la sociedad, es el primer paso para la quiebra de nuestro sistema. El rechazo a esa individualización lo sintetiza la autora en una frase: Empezaba a tener la mirada humana del animal domesticado.
Piensen ustedes que esto lo publica Bazterrica antes de la epidemia del COVID, la famosa del 2020 que nos haría mejores a todos, y muchísimo antes del triunfo de Milei y sus políticas que han provocado la mayor crisis alimentaria de la historia en Argentina. Y recuerden que Pablo Hasél sigue en la cárcel por un inexistente delito de opinión.
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