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'La Odisea': claves de un espectáculo hipnótico

Talentos como el de Christopher Nolan han puesto al servicio de la modernidad su enorme capacidad para transformar todo lo transformable en el cine de nuestros días

Matt Damon y Zendaya en 'La Odisea'.

Matt Damon y Zendaya en 'La Odisea'.

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Claudio Utrera

Claudio Utrera

Las megaproducciones de perfiles mitológicos, pobladas en su mayoría por muchas de las estrellas más fulgurantes del firmamento cinematográfico, se convirtieron, desde las etapas más tempranas del cine, en uno de los objetivos más codiciados por la industria del espectáculo. El público, ávido de nuevas y excitantes experiencias, siempre encontró en este género la representación más audaz y emblemática de los viejos héroes y mitos que glosaron en sus libros los grandes escritores de la antigüedad en su intento por ahondar en la comprensión de un mundo cada vez más asediado por el culto a las guerras, a los héroes y a los designios inalienables de los dioses y las diosas.

Desde Jasón y los argonautas (Jason and the Orgonauts, 1963), de Don Chaffey hasta Ira de titanes (Clash of the Titans, 1981), de Desmond Davis, pasando por Los titanes (I Titani, 1962), de Duccio Tessari, 300 (300), de Zack Snyder; Troya (Troy, 2004), de Wolfgang Petersen; Elena de Troya (Helen of Troy, 1956), de Robert Wise; Ulises (Ulises, 1954), de Mario Camerini; El coloso de Rodas (Il colosso de Rodi, 1961), de Sergio Leone; El león de Esparta (The 300 Spartans, 1962), de Rudolph Maté; Las troyanas (The Trojan Women, 1971), de Mihalis Kakogiannis; La Odisea (The Odissey, 1997), de Andréi Konchalovsky; Oh, Brother, Where Art Thou? (2000), de los hermanos Coen; Hércules (Hercules, 1997), de John Musker y Ron Clemens; o El regreso de Ulises (The Return, 2024), de Uberto Pasolini, algunas seriamente perjudicadas por el inexorable paso del tiempo, y otras, por el contrario, siguen firmemente ancladas en nuestro imaginario como fuentes inagotables de sabiduría fílmica, requieren, ante el reciente estreno de la controvertida, bella e hipnótica La odisea (The Odyssey, 2026), del británico Christopher Nolan, una profunda y meditada revisión sobre el papel real desempeñado por todas estas películas en la divulgación de los grandes relatos que recoge el poema épico de Homero.

El autor de la trilogía ejemplar sobre El caballero oscuro (2005/2008/2012), de Origen (Inception, 2010), Memento (Memento, 2000), Dunkerque (Dunkirk, 2017) u Oppenheimer (Oppenheimer, 2023), Interestelar (Interstellar, 2023), creador de imágenes que se han alojado en nuestra memoria como huellas indelebles de un refinado estilo narrativo, perfectamente pulido en su último trabajo como director, guionista y productor, no ha impedido, sin embargo, que tanto él como su película, hayan sido objeto, desde su estreno internacional el pasado viernes, de críticas que cargan, como suele ocurrir con las obras de marcado acento innovador, contra su personalísima lectura de la obra de Homero que le permite, entre otras licencias, transformar la belleza mediterránea de Helena de Troya en una mujer de raza negra o la práctica desaparición de Paris del conflicto que protagonizan ambos personajes junto a Menelao tras la toma de Troya por las tropas atenienses.

Anne Hathaway, en una escena.

Anne Hathaway, en una escena. / LP

Christopher Nolan, uno de los cineastas más originales, visionarios y heterodoxos

La lógica expectación que ha generado en todo el mundo el estreno de La Odisea no ha supuesto por lo tanto la menor sorpresa para casi nadie pues se trata, al fin y al cabo, del último trabajo de uno de los cineastas más originales, visionarios y heterodoxos que ha engendrado el siglo XXI en sus casi tres décadas de recorrido y del creador que más ha contribuido a difuminar las otrora infranqueables fronteras que separaban el buen cine de autor del llamado cine de consumo: la vieja dicotomía entre la cultura popular, o sea la que cultiva el puro entretenimiento y la cultura que en el ámbito anglosajón denominan highbrow, es decir, la que provocan los círculos exclusivos de la intelectualidad, la que, en resumidas cuentas, niega cualquier intromisión que no llegue bendecida por los aristocráticos barómetros de una tradición que se ahoga lentamente en sus propias incongruencias.

A tenor de estos nuevos escenarios ¿habrá alguien todavía que se rasgue sus vestiduras ante semejantes cambios de paradigma? Me interrogaba a mí mismo a la salida de este brillante, inteligente y elefantiásico espectáculo, que arrasa actualmente en las pantallas de medio mundo. En cualquier caso, el paso ya está dado y, a partir de ahora, sospecho que el modelo industrial del blockbuster ya ha empezado a cambiar su rumbo y a despertar entre la crítica especializada una nueva conciencia ante la metamorfosis formal y conceptual que está experimentando, lenta pero inexorablemente, el séptimo arte desde que talentos como el de Nolan han puesto al servicio de la modernidad su enorme capacidad para transformar todo lo transformable en el cine de nuestros días.

Por eso, la apuesta decidida de este director por la articulación de un cine personal, inquietante, sugerente y profundamente desmitificador, incluso manejando recursos expresivos más propios del leguaje convencional que de un cine con elevadas aspiraciones autorales, como revelan generosamente muchas de las impactantes secuencias de La Odisea, sitúan nuevamente a Nolan en la cumbre de un arte que hoy atraviesa una de sus trasformaciones estéticas más necesarias, radicales, vivas y trascendentales.

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