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Fotografía

Así fue la acción de Spencer Tunick en Las Palmas de Gran Canaria: desnudos, colores y fotografías en lugares emblemáticos de la capital

Cientos de voluntarios posan durante varias horas bajo el frío de la madrugada en la Plaza de Santa Ana, las calles cercanas a la Casa de Colón o la trasera de la catedral. El fotógrafo situó su obra en estos espacios cargados de memoria e identidad para subrayar que la diversidad también forma parte de la historia del territorio

Spencer Tunick llena Vegueta de cuerpos desnudos por la visibilidad LGTBIQA+

José Pérez Curbelo

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Martina Andrés

Martina Andrés

Las Palmas de Gran Canaria

Suena la alarma a las 04.00 de la mañana. Has dormido cinco horas pero te levantas rápido: tienes que buscar ropa vieja que no te importe que se llene de pintura. Te peinas pensando en que después vas a tener que cubrirte el pelo y todo el cuerpo de algún color; te vistes sabiendo que luego debes quitarte la ropa en algún lugar del barrio de Vegueta, entre las calles empedradas y un sol que empieza a despuntar. Rayitos tímidos que se cuelan por encima de la catedral, piedritas que se clavan en los pies descalzos que avanzan despojados de vergüenza.

El fotógrafo Spencer Tunick aterrizó hace pocos días en Gran Canaria para hacer una de sus multitudinarias acciones artísticas. Lleva treinta años fotografiando a grandes grupos de gente desnuda -en ocasiones con miles de personas- en distintas ciudades del mundo, creando imágenes impresionantes que al mirarlas transmiten sensación de comunidad y libertad.

Algo similar buscaban algunos de los participantes de Gran Spectrum, que desde las cinco de la mañana de este domingo 26 de julio ya esperaban apostados en las inmediaciones de la calle Herrerías. Otros, se acercaban llamados por la curiosidad y la posibilidad de juego: ¿qué otra oportunidad iban a tener de pasear sin ropa cubiertos al completo de azul, rojo, amarillo o verde, entre otros, por las calles de Las Palmas de Gran Canaria?

Invitado por el Culture & Business Pride 2026, la idea de esta instalación era crear una bandera de once colores para reivindicar los derechos del colectivo LGTBIQA+, una bandera hecha por personas cuya identidad se diluye al formar parte de una obra de arte multitudinaria. La individualidad y el erotismo quedan a un lado porque los cuerpos se vuelven herramientas de creación. Pero antes, hay que prepararlos.

Cuando el personal de seguridad lo indica, pasan a las calles acordonadas para la ocasión. Tuviste suerte y un amigo -ese que dice que sí a todos los planes sin importar lo raros que sean- te acompaña en la aventura de relatar y contar desde dentro un suceso único en la ciudad en la que vives. Al principio, les dicen que pueden elegir color. Al hacerlo, les dan un bote de maquillaje corporal y les indican que se coloquen en una fila encabezada por una bandera del mismo tono elegido.

¿Por qué hiere sensibilidades la desnudez? La pregunta se queda flotando en el aire al leer las decenas de comentarios cargados de odio que tantos usuarios promulgan a través de sus cuentas de Instagram

Los más populares son el azul cielo y el violeta, tanto que la organización necesita más de media hora y algunos sacrificios colectivos para que la bandera que se quiere formar no quede descompensada. Lo tienen que repetir varias veces -«el color da igual, lo importante es participar en la obra, hacer algo colectivo»- hasta que la frase cala en la multitud. Las personas que renuncian a su elección personal por el bien del grupo son aplaudidas, supuestos celestes o morados que al final terminan siendo negros o color café.

Después de casi dos horas de espera, entre Tirmas y colas para ir al baño, parece que todos están listos. «¡Menos mal que te veo ahora! Que si no luego te veo en bolas y no te reconozco. ¿Qué tal todo?», le pregunta un amigo sonriente a otro. «Yo no me preocupo de qué va a pasar. Si tenemos que ir todos andando en pelotas por ahí, genial», dice un señor dispuesto a soltar el control y rendirse ante los acontecimientos.

La obra de  Spencer Tunick en Las Palmas de Gran Canaria, en imágenes

La obra de Spencer Tunick en Las Palmas de Gran Canaria, en imágenes / José Pérez Curbelo

Subido a unas escaleras plateadas y megáfono en mano, Tunick dirige algunas palabras a todos: «Si grito luego cuando esté dando indicaciones en la plaza, no es que esté enfadado, es que estoy trabajando muy duro para que esto salga bien. Gracias desde el fondo de mi corazón».

El fotógrafo pide que no se sonría durante la toma de fotos, que si alguien tiene gafas las esconda para que no aparezcan. Explica que habrá localizaciones distintas y que no hace falta correr para llegar de un lugar a otro. Se despide con gratitud entre aplausos y gritos de emoción.

Llega el momento

«Y ahora sí, ¡a quitarse la ropa y a pintarse!». La frase esperada llega de la mano y del megáfono de una de las chicas de la organización. La mayoría no lo duda: se quita todo lo que lleva puesto, abre su bote de maquillaje previamente agitado y comienza a cubrir su cuerpo de color.

Tu amigo y tú son más prudentes: empiezan por los pies y las piernas para desnudarse después, lo que hace que terminen manchando toda su ropa. Todo el mundo tiene una sonrisa en la cara. Se ríen y se miran el uno al otro para darse cuenta que el rojo elegido se convierte en una especie de naranja-dorado que por un momento les recuerda al color de piel de Donald Trump. Por suerte, no están allí para dar un mitin, sino para pasarlo bien y, de paso, mandar un mensaje de arte y respeto.

Te sorprende la diversidad de los cuerpos, como las personas de blanco parecen esculturas de la antigua Grecia, los de azul personajes sacados de una película de Avatar, los de rosa chicles gigantes o los de marrón granos de café con ojitos curiosos. Es bonito ver como las filas salen en bloque para dirigirse a la primera localización.

Salida a la plaza

La organización sigue con las indicaciones. Cuando están todos pintados, es el momento de salir a la Plaza de Santa Ana. Los grupos van de tres en tres, siguiendo a su correspondiente bandera. Es bonito también sentir el viento en la piel, mirar a la derecha y ver la imponente catedral con las nubes que corren raudas en el cielo.

Cuando se colocan, comienzan las indicaciones de Tunick, subido a lo alto del edificio de las casas consistoriales, y también empieza el frío. Caen algunas gotitas, alguien estornuda y todos ríen. Es lo que hay. Abrazan la inevitabilidad del devenir de los acontecimientos.

Hay que tumbarse en el suelo, mirando a la catedral y dándole la espalda al fotógrafo. Todos lo hacen. Esperan con paciencia, sin muchos pensamientos rondando la cabeza. Simplemente hay que estar ahí hasta que Spencer considera que ha tomado suficientes fotos.

Despedirse de la plaza es en parte un alivio: hay menos exposición y las calles protegen de la brisa que pone los pelos de punta. Pasan por delante de alguna tienda cerrada y ven su reflejo en el escaparate. Parecen de otro mundo. «Quién me iba a decir que cuando jugaba con seis años en los perros de Santa Ana iba a estar paseando por aquí», reflexiona uno de los participantes.

La obra de  Spencer Tunick en Las Palmas de Gran Canaria, en imágenes

La obra de Spencer Tunick en Las Palmas de Gran Canaria, en imágenes / José Pérez Curbelo

Siguiente parada

La siguiente parada es la Plaza del Pilar Nuevo, donde la fuente, junto a la Casa de Colón. Algunos de los cuerpos presentes reciben los primeros rayos de sol entre expresiones de satisfacción. Tunick da más indicaciones desde lo alto de una plataforma elevadora, como poner las manos en forma de triángulo sobre la cabeza. Hay más estornudos y más risas, también frases tranquilizadoras de que ya queda poco para terminar.

Para la última parte de la acción, hay que mezclarse, formar una especie de fondo marino lleno de especies diversas que se conocen entre sí. «Podéis presentaros, preguntarle al de al lado de dónde viene», anima Spencer. Terminan sentados sobre la escalinata de detrás de la catedral; los más atrevidos abrazando o tocando a los árboles, pero todos mirando al cielo.

«No me miren a mí, miren arriba». Últimas indicaciones. Aplausos, gritos de euforia y manos al aire rodean a Spencer: la gente está contenta por la experiencia vivida y por haber terminado. Posar desnudos durante dos horas no es un trabajo sencillo.

Vuelven a por sus cosas, que aguardaban vigiladas en el mismo sitio en el que las dejaron. Empiezan los selfies y las conversaciones, las personas de cada color se dispersan y llenan las diferentes cafeterías cercanas a la catedral. En la que eligen, una camarera eficiente y feliz les atiende a todos por los nombres de los colores. «Ustedes, los rojitos, ¿qué quieren? Esperen, esperen, primero iban los azules». Colacao y pulguita de pata y aguacate para cerrar la jornada.

Quitarse el maquillaje es un trabajo de más de media hora en la ducha que deja el baño perdido. Te duermes la siesta después del madrugón y cuando te despiertas, ves las reacciones en redes sociales ante Gran Spectrum.

¿Por qué hiere sensibilidades la desnudez? La pregunta se queda flotando en el aire al leer las decenas de comentarios cargados de odio que tantos usuarios promulgan a través de sus cuentas de Instagram. Insultos, indignación por hacer algo así delante de la catedral. Te preguntas por qué importa tanto eso, si estaban todos como Dios les trajo al mundo. Te pone triste que, a través de la pantalla, la gente vea una maldad o alguna intención hiriente que en el momento de las fotografías nunca estuvieron ahí. Te sigues haciendo preguntas y te pones a escribir.

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