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Habanera

González Déniz toma los elementos naturales del folletín del siglo XIX y los actualiza convritiendo una historia de amor y desamor, en algo nuevo

Emilio Gonzalez Deniz

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Javier Doreste

Javier Doreste

A veces se encuentra uno con autores que están, por encima de todo, en posesión del arte de narrar. De narrar cualquier cosa, hasta la más vulgar, como si fuera algo excepcional. Recuerden a Cortázar y sus Instrucciones para subir una escalera o la prosa inimaginable de alguno de los reportajes y trabajos periodísticos de García Márquez recogidos en El olor de la guayaba. Son escritores que gozan del privilegio de contar y atraparnos en sus cuentos. No todos los cuentistas, incluso maestros como Borges, tienen ese don. Mientras gentes como Borges han trabajado la técnica estos otros autores dan la impresión de que han nacido con ella, aunque hayan trabajado y reflexionado sobre el arte de contar y sus técnicas. Creo que Emilio González Déniz es de estos últimos; los que tienen el arte de narrar y gozan, disfrutan, y nosotros con ellos, cuando narran.

Y esta Habanera, publicada semanalmente en un medio local hace años lo demuestra. González Déniz toma los elementos naturales del folletín del siglo XIX y los actualiza de forma tal que convierte una historia, aparentemente banal, de amor y desamor, en algo nuevo, digno de leerse por lo bien trabada que está. Recuerden que sin desdecir a Sontag sobre la importancia del lenguaje para atrapar al lector, Eco reivindica como complemento una historia bien trabada, la que hace que esperemos el siguiente capítulo para saber cómo avanza la historia.

El esquema usado por el autor es el mismo que han explicado estudiosos de las Subliteraturas como Amorós o Gubern y que aplicó Vargas Llosa en La tía Julia y el escribidor reescribiéndolo a partir de las novelas de Corín Tellado y que sigue repitiéndose en miles de novelas. Chico conoce chica, se enamoran, y varios imponderables dificultan e incluso impiden la relación o que llegue a buen puerto.

Romeo y Julieta es lo mismo, la rivalidad entre Montesco y Capuleto desencadena la tragedia. Aquí es la propia personalidad de los protagonistas lo que les impide alcanzar la felicidad. Un ejemplo es Greta pues, si la infancia es el lugar donde se encuentran en germen los determinantes de una personalidad, la presencia del padre, prohombre de Bardinia, autoritario y de ideas conservadoras, por no decir claramente reaccionarias, va a marcar el alma de la heroína. Así como la lectura de los libros de caballería marcaron a don Quijote y las novelas románticas a la Luisa de El primo Basilio y a Emma de Madame Bovary, la figura del padre, ejemplo de hombre, de virilidad, masculinidad y lo que ustedes quieran, aunque rechazada en parte por Greta/Gertrudis, fija un ideal de amor romántico, actualizado, de viril cariño, de imposible alcance. Ni siquiera la noche de Salzburgo bastará a Greta/Gertrudis. De lo vivido esa noche huirá por temores de difícil explicación. Únanse a estos temores los prejuicios propios que el orgullo de casta, de pertenencia a la élite destinada a arruinarse que habita el histórico barrio de San Pedro, trasunto del de Vegueta, y se podrá entender el fracaso de Greta. El autor ha construido un personaje contradictorio, con vida propia, independiente gracias a ese carácter plagado de contradicciones, y por ello coherente con su decisión final.

En oposición a la figura paterna, que da para una lectura freudiana, se erige la figura de la Madre, salvaguarda de la familia, desde el hijo homosexual al matrimonio fracasado de Greta. Autentica matriarca, es una recreación, adaptada al medio al que pertenece, de la mujer canaria que desde la opresión o la marginación a la que la destinaba su sexo, supo levantar y cuidar familia y tierras cuando la costa africana o la emigración se llevaban los brazos masculinos. Precisamente una de las características de la obra de González Déniz es la creación de personajes femeninos fuertes y atípicos en relación a la supuesta debilidad femenina. Recuerden la Teresa de El llano amarillo o la protagonista de Bolero para una mujer.

Añado que el dominio narrativo de González Déniz le permite adueñarse del clásico papel del personaje ambiguo, que por momentos nos atrae y goza de nuestra empatía y en otros juzgamos negativamente, mecanismo propio del folletín histórico (piensen en el Richelieu de Dumas) y aplicarlo en Habanera mediante Amanda, presentada inicialmente como consejera áulica de la protagonista y que al final termina mostrándose como un ser negativo, cuyas acciones, teñidas en cierto modo, de buenas intenciones, arrastran al trágico final a la protagonista.

En varios de los folletines del XIX se cambiaba de escenario según capítulos que presentaban acciones paralelas de forma que el lector podía incorporarse a distintos momentos y según personaje y protagonista. Recuerden la parte de Veinte años después en que Milady seduce al puritano Felton, intercalada en medio de la acción pero imprescindible para entender la obra.

González Déniz recurre a una herramienta mejor, la intercalación de tres voces principalmente las de Charly y Greta, a veces en el mismo capítulo sin acotación que anuncie el cambio de registro y solo al final y casi de manera secundaria la de la ambigua Almudena. Ello permite presentar la misma acción desde puntos de vista diferentes, dotando a todo el relato de una objetividad construida sobre la subjetividad de los propios personajes. Hallazgo narrativo y estético que eleva el nivel de la historia sacándola de lo que podría ser una crónica sentimental de la prensa del corazón y llevándola a los terrenos de la obra de arte.

Esta afirmación estética la elabora el autor por su manejo del lenguaje, aparentemente sencillo pero cargado de dobles sentidos, sobre todo cuando se refiere al territorio de Bardinia y sus gentes. El espacio bardinesco se construye desde la ironía por no decir desde el sarcasmo. No seré yo quien les desmenuce las distintas referencias indirectas de la obra. Algunas son claras y manifiestas (el Club del a tumbona) y otras las desentrañaran ustedes a poco que presten atención al pulido lenguaje que maneja González Déniz. Y puede que cerrando los ojos y marcando la página con el índice, evoquen la figura de un conocido o de una institución y a las palabras de González Déniz pongan rostro y maneras de un conocido y hasta un edificio o institución de nuestra ciudad lo verán con las imágenes creadas por el autor.

Recordando el injusto aprisionamiento de Pablo Hasél, víctima de un arcaico código penal, les recomiendo la lectura de Habanera, que cuenta la historia de una mujer, víctima de su propia visión arcaica del amor. Vale la pena.

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