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Análisis

Salir del estigma con Yéremy

Lomo del Chinche es un barrio de gente humilde, donde la vida suele ser una odisea. El extremo de la Selección, portador del esfuerzo, inyecta en sus vecinos la euforia del triunfo, pero también la esperanza de que su éxito pueda ser más bienestar y progreso.

Vecinos de Lomo del Chinche denuncian el abandono del barrio

La Provincia

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Javier Durán

Javier Durán

Es más que conocido el encuentro entre el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza y una representación de vecinos que, tras abandonar sus chabolas del Pozo del Tío Raimundo, se instalan en el edificio El Ruedo en la M-30 de Madrid, proyectado por él. Tal como se ve en el vídeo, el autor de Torres Blancas y el CAAM de Vegueta se defiende, metro en mano: se quejan de las paredes curvas, del tamaño de los roperos, de la falta de espacio para la cama en el dormitorio principal, la ventana que abre sobre los fuegos de la cocina... La bronca, que acaba por sacar de sus casillas a la eminencia, sigue siendo 36 años después una referencia sobre la dificultades de la arquitectura y el urbanismo para entender las necesidades sociales.

No hay nada más que echar un vistazo a Parque Atlántico, en el Lomo del Chinche, para constatar que el mundialista Yéremy Pino no tenía el viento a favor para hacer una carrera futbolística fulgurante. Detrás de su éxito están la constancia, esfuerzo y sacrificio de sus abuelos y padres. De este barrio obrero salieron también Jonathan Viera, Jesé Rodríguez, Sandro Ramírez o David González. La salvación está en el fútbol. En su libro póstumo El primer hombre, Albert Camus da pistas sobre cómo consiguió salir del círculo vicioso de la precariedad social y alcanzar el Premio Nobel de Literatura. Un maestro de escuela le mostró el camino.

La inteligencia de Sáenz de Oiza va por un lado y los humildes van por otro. La genialidad no les sirve para nada. Una semana después de finiquitar a Argentina, los residentes de La Pantera Rosa y aledaños levantan el banderín y alertan de que el barrio de Yéremy Pino desea abandonar en el próximo cruce su condición de estigmatizado social. Aprovechan el protagonismo meteórico del futbolista para reclamar un entorno digno. Probablemente, nada del otro mundo, lo que le habrán contado una y otra vez a los técnicos. Así es: no es un presupuesto, ni una ordenación sesuda plagada de infografías y atiborrada de cálculos contables y estructurales. No, confían más en la fama y la gloria para dejar el carril de la etiqueta social negativa.

Los barrios se agarran de un clavo ardiendo para salir del ostracismo. En el de Yéremy, una vecina presume de las vistas al mar que tiene y pide que el feo nombre de Lomo del Chinche, que sugiere una invasión de insectos, pase a ser Mirador del Atlántico. En lontananza, pues, un océano que se cotiza a lo bestia más abajo, en la milla de oro. Una paradoja. Su contemplación es un acicate para darle la vuelta a diario a ese calcetín lleno de zurcidos.

Un coro, una biblioteca, un club de ajedrez, un centro de mayores, un concierto, un periódico, un huerto, unos jardines verdes, un campo de fútbol, una cancha, una piscina.... La vida cambia, da un giro. Yéremy es el espejo en el que todos se miran. La constancia, la perserverancia, existen. Nada es regalado. ¿Pero tiene que ser una odisea para su familia? La condición de humilde no debe ser estar bordeando la necesidad. No es lícita la moda del futbolista que sale de un barrio pobre. Sentirse satisfecho de ello es echar escombro sobre la igualdad, aceptar que los mejores vienen de barrios desestructurados que ocasionalmente son bendecidos con algún caso de éxito. Lomo del Chinche celebra el sentido de pertenencia de Yéremy, pero le gustaría tener más calidad de vida.

Sáenz de Oiza salió trasquilado del encuentro que mantuvo con los vecinos de El Ruedo, pero hay que reconocerle su voluntad para valorar de primera mano las demandas de los residentes. Aunque un tanto tarde, mostró su predisposición a bajarse de la mesa de proyectos y tratar [como autoridad profesional, claro] las cuestiones críticas. No creo que su acción sea un proceso horizontal dirigido a la participación. Puede quedar en cierta dosis de humanismo. En ese mismo contexto extraoficial cabe observar la reacción de las personas que vieron a Yéremy Pino crecer: esperan que los responsables del urbanismo, bien humanizados [también engrasados] por el triunfo del Mundial, decidan acometer o al menos planear un plan de renovación que los saque de la estigmatización social que padecen.

Si un barrio pone su esperanza de cambio en la influencia que un mundialista pueda ejercer, está suficientemente claro que las cosas no van todo lo bien que deberían. No por ellos, que utilizan con la complicidad del jugador el mejor altavoz que tienen a mano. El problema se encuentra en la otra parte, que o no sabe que los de Lomo del Chinche se sienten socialmente estigmatizados (y no son los únicos), o desconoce qué significa, o bien les da lo mismo. Y lo peor de todo es que el tiempo pasa, los materiales envejecen, las hierbas crecen, las familias se aburren [o pierden la paciencia] y Yèremy sólo hay uno. El resto, en lo de todos los días. A veces nos cuesta entender que de esos territorios con aires del Lejano Oeste puedan explotar individualidades. Pero allí también hay vida, aunque sea con la corriente en contra.

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