Análisis
De ‘La Nube’ a la tierra
La cifra de inversión pública que se maneja para la remodelación del estadio de Gran Canaria de cara al Mundial nos sitúa en un nivel estratosférico. Cabe hablar por tanto de un necesario retorno social más allá del futbolístico, dado que lo pagamos entre todos.

La Provincia
El precio de la licitación de la reforma del Estadio de Gran Canaria por 234 millones, 60 más que en la propuesta inicial (declarada desierta), supone remachar a lo expansivo la contribución del dinero público a la obra, con las incorporaciones del Gobierno canario y el Ayuntamiento capitalino como socios del Cabildo y la UD. La megaintervención de cara al Mundial 2030 asume por tanto una responsabilidad que supera lo meramente deportivo: el efecto La Nube, nombre alegórico dado al proyecto, debe ser la lanzadera para planificar un retorno modélico para beneficio de los grancanarios. La inyección económica, por tanto, procedente del erario común desplaza la avidez por la expectativa ante los negocios que se puedan concentrar en el espacio naciente, poniendo por delante el bien común.
Ya conocemos hasta la indigestión el merchandising que rodea al fútbol profesional y la utilización de los estadios como plataformas que se refuerzan con todo tipo de ofertas mercantiles, un catálogo que seguramente estará contemplado por todo lo alto en la idea de L35 Arquitectos, con la colaboración de Estudio 07, en Siete Palmas. Meterse en La Nube, como el propio nombre sugiere, significa introducirse en un lugar donde la pasión futbolística (aquí el Pío-Pío) arrastra a la desinhibición consumista. La afición tendrá que acostumbrarse a un nuevo paradigma: una especie de centro comercial deslumbrante, un área de paso rebosante de estímulos, antes de llegar al meollo del partido. En plan gráfico se podría parecer al conglomerado de los duty free, establecimientos de moda y regalos y restauración de los aeropuertos, pero a lo grande. Quizás a lo bestia.
Los mecenas de La Nube deberían tener como preocupación principal la gestión futura de esa oferta suculenta. ¿Cuál va a ser el funcionamiento? En realidad, son cuestiones que por aquello de la transparencia no estaría mal aclarar antes de firmar el cheque solidario, sobre todo porque está en juego el conocimiento del ciudadano sobre cómo se emplea el dinero de los impuestos. El fútbol, como es sabido, ha tenido en este sentido patente de corso. ¿Seguirá siendo así? Está por ver.
Pero no es la única intranquilidad. Una inversión billonaria como La Nube tiene una serie de retornos directos e indirectos, que van desde la propia edificación del inmueble al carácter emblemático del mismo, pasando por su influencia en el tejido socioeconómico y en una revalorización de la imagen de Gran Canaria. Algunas sinergias vienen solas, mientras otras fertilizan a través de la globalidad digital. En este sentido sigue siendo imprescindible a la hora de aplicar una escala acudir al efecto Bilbao con el Museo Guggenheim de Frank Gehry. Solo hay que caminar por la ciudad del País Vasco para constatar el poder regenerador de la infraestructura cultural sobre un territorio degradado por industrias contaminantes. En todo caso, siempre hay que pensar más allá del Mundial, es decir, que la UD suba a Primera para no comernos el aforo con papas fritas.
La construcción del nuevo estadio, con su aumento de capacidad (más de 40.000 personas), trae consigo un replanteamiento de la movilidad en un núcleo de crecimiento que empieza a dar señales de saturación por los grandes equipamientos comerciales y deportivos que concentra, así como por la celebración de eventos musicales masivos frente a los que los residentes empiezan a mostrar su oposición. La señal de una Circunvalación colmatada, pese a su juventud, es un reflejo sobre la carencias de previsión en urbanismo y movilidad, por no hablar de la utilización como aparcamientos de las entradas y salidas de la autovía. Obviar o aplazar la cuestión sólo contribuiría al colapso.
El retorno, para entendernos, no es que los de siempre o los de al lado hagan caja. Se trata del beneficio que pueden recibir los grancanarios con una inversión pública inusual y llena de riesgos en un contexto internacional imprevisible, incluido el interés de Infantino por privatizar el Mundial (¡hagan caja!). No solo son los plazos que hay que cumplir, sino que la ambiciosa apuesta tenga garantías para sobrevivir en el tiempo y sea competitiva frente a otras. Pero saquemos pecho: los expertos coinciden en que La Nube es un proyecto sostenible, adaptado a las circunstancias del cambio climático. Una buena noticia, no podía ser de otra manera.
¿Suficiente? Pues no. El megaestadio pone en jaque a centenares y centenares de vecinos de Las Palmas de Gran Canaria, que desean una socialización de los beneficios cacareados. Sería impensable que la nueva infraestructura entre como un elefante en una cacharrería, sin un cambio de aquí a 2030 en las vías de acceso, zonas verdes, modelo de transporte (que no sé si será la Metroguagua) y energías alternativas. La inversión decidida por las instituciones con el dinero de todos los contribuyentes necesita un retorno referencial, que La Nube no nos envuelva para caer en los brazos de Morfeo. n
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