Literatura
Antología de poetas canarias
Las poetas que recoge José Miguel Perera sufren un doble aislamiento, el de ser mujer y, por tanto, estar limitadas al mundo doméstico y el de vivir en la periferia del moribundo imperio español

José Miguel Perera en su estudio. / Mariano de Santa Ana

Ya desde las primeras páginas del jugoso prólogo que encabeza este libro, el autor José Miguel Perera nos insiste en el carácter abierto, expansivo, con el que abordó la construcción de esta Antología, con el objetivo de vindicar una serie de autoras marginadas, cuando no olvidadas, del canon literario canario. No le mueve, confiesa, un criterio de calidad, sino uno de justicia y por tanto el afán de procurar no dejar a ninguna autora atrás.
Cualquier antología se sujeta siempre al criterio del antólogo, lo que dota al género de subjetividad y, en algunos casos, de ambigüedad e injusticia. Cuando prima el criterio del antólogo suele ser un criterio de orden estético o ideológico y eso conlleva el disenso y la protesta pues siempre queda un autor o autora del que alguien cree injusto su no inclusión. Aquí le lloverán porrazos al antólogo y este tendrá que mantener y defender su criterio.
La única excepción a esta regla es la antología realizada por un grupo de autores que tienen intereses comunes, sean ideológicos o estéticos; Antología Cercada y Poesía Canaria Última son ejemplos claros. Esta de Perera es un ejemplo de las llamadas antologías históricas, aquellas que abarcan un período determinado de la literatura y solo fijan un mínimo criterio de calidad, con la salvedad de que aquí ha primado lo que hemos llamado criterio de justicia histórica, sin atender a la calidad o cantidad de las obras de las antologadas.
La pretensión es que figuren todas las poetas de las que se tiene noticia, por breve que sea esa noticia, en los siglos XVIII y XIX. En la interesante introducción ya se nos avisa de que se deja para posteriores publicaciones propias o ajenas estudios más detallados sobre las autoras.
Es loable la intención de José Miguel Perera, estas autoras han sufrido el doble aislamiento que nombró Selena Millares hablando de la escritura de mujeres en América Latina. La que les imponían su género primero y el aislamiento geográfico de las islas respecto a la metrópoli. Relegadas a los márgenes de la literatura, sus obras se han conservado manuscritas casi todas en archivos y fondos museísticos. Pocos, por no decir ningún, crítico o estudioso de la literatura insular en el pasado siglo se ha ocupado de ellas.
Excepto los que nombra Perera (Elías Mújica y Sebastián Padrón Acosta) en su artículo de 2005 sobre Cesarina Bento: Se puede ser Feliz en y desde Agulo y alguno más. Que yo recuerde ni María Rosa Alonso se preocupó de su existencia, probablemente porque la invisibilidad impuesta ha sido tremendamente eficaz, cumpliendo su objetivo, callar a las mujeres, sean poetas o no. De ellas puede decirse lo que escribió Gertrudis Gómez de Avellaneda en su novela abolicionista Sab: «¡Oh!, ¡las mujeres! ¡Pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos, ellas arrastran pacientemente su cadena y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo eligen un dueño para toda la vida». Para ellas no había otro destino que casarse o vestir los hábitos. Y en el caso que escapasen de eso, quedaban como cuidadoras de padres o varones de la familia como María Joaquina Viera y Clavijo.

«Antología de poetas canarias», de José Miguel Perera / La Provincia
Y es que aquella sociedad de la ilustración canaria no dejaba de ser una pequeña sociedad provinciana, fuertemente vigilada en lo ideológico por la inquisición y dónde personajes como el vizconde del Buen Paso, Viera y Clavijo o Graciano Afonso eran excepciones de la razón y las luces. No hubo entre nosotros salones literarios como los de las grandes damas francesas ni tuvimos una madame de Chatelet, protectora de Voltaire, ni una Sor Juana Inés de la Cruz. Tampoco tengo constancia de que María Joaquina Viera y Clavijo participara como una igual en las tertulias de su hermano.
Difícil sería. Por todo esto insistimos en que las poetas que recoge Perera sufren un doble aislamiento, el de ser mujer y, por tanto, estar limitadas al mundo doméstico y el de vivir en la periferia del moribundo imperio español. Para reparar la injusticia de este silencio en las palabras con estas autoras, Perera las ha editado de la mano de la Academia Canaria de la Lengua. Y si bien su criterio amplio puede ser cuestionado atendiendo a criterios de calidad, casi siempre subjetivos, la delicadeza y sobre todo el rigor con el que lleva a cabo la tarea hacen esta obra imprescindible para los que se interesan por nuestra literatura.
Máxime teniendo en cuenta de que el antólogo no cae en el error de trufar su prólogo de noticias aparentemente escandalosas o morbosas sobre las antologadas. Este error de centrar la vida de las autoras en sus posibles apetencias sexuales se ha convertido en una plaga en los estudios sobre las escritoras. No es fenómeno canario, lo es universal. Recuerden los ataques a Gabriela Mistral, con tanto bulos y chismes centrados en su vida y no en sus logros pedagógicos o literarios.
El mérito de las autoras se camufla, se invisibiliza, tras una nube de chismorreos que podrán ser más o menos ciertos pero que no deberían influir en nuestro criterio a la hora de apreciarlas como poetas.
Esto no quita que nos quede curiosidad por saber los motivos que llevan a Antonia Coronado a refugiarse en Pino Santo durante catorce meses, retiro en el que escribió: Hallándome sentenciada / a que infaméis mis acciones,/ ya os niego las ocasiones/ si me advertís la retirada (…) / que yo más firme que un roble / trueco en esta pena noble/ ya otra infame de galeras(…) y así en una larga composición de décimas en las que se defiende con dignidad pero en las que no aclara el motivo de su retiro ni las acusaciones que se le hicieron.
Y así podríamos seguir comentando alguna de las autoras pero estimo que es más provechoso que lean el libro. Baste como colofón señalar la calidad de varias de las composiciones, destacando entre ellas, por mero capricho personal El envío de una rosa de Ángela Mazzini: ¡Pobre rosa sin ventura/ que al mundo apenas naciendo/ deberá vivir muriendo/ cabe triste sepultura! (…) Cierra tus pétalos, rosa, / en dulce sueño profundo, / trocando el frívolo mundo/ por el alma de una hermosa…
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