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Miguelo Betancor Exárbitro internacional y Profesor de la ULPGC

Miguelo Betancor: «Saber vivir entre el amor y el odio te enriquece como humano»

Miguelo Betancor León, acompañado por su perro, en el jardín de su casa. Andrés Cruz

En noviembre de 2019 recibió la distinción de entrar en el Salón de la Fama del baloncesto que ha creado la Federación Española. La pandemia retrasó un acto que será este mes. Ahí Miguelo Betancor (Las Palmas de Gran Canaria, 1958) representará al baloncesto y al arbitraje canario con su silbato.

El próximo 21 de octubre se celebra la primera gala del Salón de la Fama español organizado por la Federación Española de Baloncesto. Usted estará ahí dentro como primer representante del arbitraje. Si acudiera al monitor, al Instant Replay para repasar su vida deportiva, ¿qué primer momento revisaría?

Lo utilizaría para ver cómo me dio a mí por ser árbitro. Era jugador de los Salesianos, de minibasket, y hubo una polémica en un partido con el marcador y el acta: habíamos ganado y allí salía que perdimos. Al siguiente año, me metí al arbitraje. ¿Qué pasó ahí? Todavía no lo sé. No conocía a nadie que fuera árbitro, pero vi aquella sensación que quedó en ese partido, con lágrimas, con pena y me removió. Pero seguí jugando. Estudié en La Laguna y hasta mi tercer año de carrera compaginé ser jugador con árbitro. Me gustaba el baloncesto y quería conocer ese otro lado, ese mundo.

Y de ahí a la élite.

Porque me obligaron a elegir: o juegas o arbitras, una de las dos. A partir de ahí ya me dediqué solo a arbitrar, cuando el colegio estaba en Tenerife.

Hay un cliché que se repite sobre los árbitros: son jugadores frustrados. ¿Cuánto le molesta esa afirmación? ¿O tiene algo de verdad?

No lo creo. Yo nunca lo consideré así. Jugué en los Salesianos, fui al Claret gracias al Padre Domínguez... No era tan malo. Seguí a juveniles y ya después en la universidad. Por supuesto que no iba a ser jugador de élite, eso está claro. Quería conocer ese mundo, al igual que el de los banquillos, que también me hice el curso de entrenador. Es baloncesto.

¿En qué momento se dio cuenta de que podía vivir del silbato o que sería su modo de vida en cierta manera?

Nunca me lo planteé. Estudiaba y aquella estructura deportiva de entonces no permitía que ser árbitro fuese una profesión. Después nadie te asegura que vayas a arbitrar todos los años, ya que es un modelo direccional. Estudiaba porque me gustaba y arbitraba por lo mismo. Cuando me dijeron que tenía la opción de ascender a Primera B, probé y me subieron al año siguiente a lo que es ahora ACB. Fue muy rápido, pero también gracias a muchas personas que me inspiraron y me ayudaron a llegar como Enrique López, presidente del Colegio de Gran Canaria, o Miguel Díaz Alegre en Tenerife. Y no me puedo olvidar de Ángel Sánchez, presidente Nacional del colegio de árbitros.

¿Es más fácil arbitrar ahora?

La estructura cuando empecé era muy amateur. Había pocos medios. Me traían cintas de vídeo de la NBA, de la liga universitaria... Ahí empecé a ver otras formas de arbitraje y estilos. Era muy curioso en ese sentido, tenía inquietudes. A mí no me gusta jugar en Segunda ni en Tercera, siempre quieres mejorar. Te daban un dinero, pero no te aseguraba vivir de eso. Compaginé la parte de profesor y el arbitraje. Siempre he tenido un gran apoyo en la ULPGC para que me mantuviera en el arbitraje. Ahora el contexto ha cambiado bastante, es un mundo más profesional, como el del propio deporte. Otro elemento es que antes arbitraban dos y hoy tres, que eso se nota. Para mí el arbitraje es más que apariencia física. Siempre me preocupé por ello. Cuando salía a correr por la Avenida Marítima te trataban de loco y mira cómo es cualquier tarde hoy en esa zona.

¿Se ha centrado mucho la evolución del arbitraje en lo físico y se han olvidado otras cosas más básicas?

No me fijo en los cuerpos atléticos de los árbitros, en lo que me fijo es en la pitada. En el árbitro es más importante la parte personal: aguantar la presión, la comunicación, marcar el tiempo del partido, saber que no es lo mismo arbitrar en la élite que en la base... Todas esas habilidades blandas, las soft skills. En ese ámbito es en lo que hay que trabajar. En un árbitro es tan importante lo que pita como lo que deja de pitar. Es la formación humana.

«Me intentaron comprar como árbitro dos veces: una con un Rolex y otra con dólares»

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¿Cómo le ha ido mejor en la vida y en el arbitraje siendo severo o benevolente?

El árbitro vive entre el amor y el odio: dos aficiones y dos equipos que quieren ganar. Es un tiempo de emociones, gente que se transforman en la pista, que su carácter va cambiando en el partido. Tienes que tener claro que ni vas a ser amado, pero puedes ser odiado. Vives entre el amor y el odio. Y encima no tienes derecho al error. Si no pitas algo en el último segundo del partido eres el mayor sinvergüenza del mundo; si un jugador falla un tiro libre, pues es mala suerte. Saber vivir entre el amor y el odio te enriquece como humano. Para mí ha sido una escuela de vida personal. Una de las grandes habilidades para un profesor es ser un buen comunicador y el arbitraje me enseñó mucho a ello.

Leí una entrevista al director José Luis Garci en El País donde decía: «si se meten conmigo, pago y dejo propina». Un árbitro se toma eso como su mantra casi, ¿no?

Hay cosas que asumes y hay que tener claras. ¿Cuántas veces me han dicho de todo? Pues ni lo sé. Gente que me ha dicho barbaridades y al tiempo te la encontrabas por ahí y tan normal. No es que lo justifique, pero hay que entender la naturaleza humana. La calidad de un árbitro está en ver lo que es un partido y lo que está fuera de él. Siempre apliqué una cosa: la distancia natural del árbitro. Amiguismos ninguno, educación con todo el mundo, pero que nadie se salga de su sitio. He odiado que te identifiquen con un equipo o con otros. Me han puesto tantos escudos... Tenía una estrategia: antes y después de los partidos no los leía a ustedes, a los periodistas. Había y hay auténticos hooligans. No todos, por supuesto, igual son los que menos, pero hacen ruido.

¿Le intentaron comprar alguna vez para que favoreciera o determinara un resultado?

Dos veces. Las dos veces lo denuncié. Una fue con un Rolex de oro. Estaba el comisario inglés y se lo dije: me regalaron esto y no lo necesito. Siempre he querido ser independiente del arbitraje, que no me hiciera falta para vivir. Otra vez fue con dólares en otro país. Lo rechacé, lo denuncié y lo más triste es que cuando denuncias estas cosas, te ven a veces como un raro. Me llamaron de un país hace poco para preguntarme si tenía la intención de seguir formando árbitros porque tenían de mí una imagen de ser colegiado honrado Si hay un trofeo que he ganado y del que me siento orgulloso es ese. En el Hall of Fame te ponen tu curriculum, pero que la gente sienta que has sido un árbitro honesto es tu mejor medalla. No te haces grande por el número de partido que arbitras sino por la imagen que supone tu historia arbitral dentro de un contexto nacional o internacional. De eso estoy muy orgulloso, por encima de las final olímpicas. La línea que quise marcar en la FIBA cuando fui director de arbitraje también fue por ahí: nos podemos equivocar, pero será por un error no porque nadie vaya contra nadie.

Sacó la final olímpica de Atlanta en 1996. Siempre le recuerdan la técnica que le mostró a Charles Barkley. ¿A quién le pitaría hoy una técnica? La respuesta es libre, vale para quién sea más allá del deporte.

A los que usan la violencia en el deporte y contra los árbitros. A los que dejan de respetar. Me he equivocado más de lo que he acertado, es así. A esos que ven al árbitro como una especie rara, pero no conmigo sino con todos.

¿Y la antideportiva para quién se la deja?

A los que desde su posición arbitral abusan de ese poder. No lo soporto. No he querido ser rencoroso, nunca he entrado en guerras. Por ejemplo, aquí me acuerdo de lo que me enseñó Pedro Hernández Cabrera, una referencia para mí y para otros muchos. Aprendí muchísimo de él. Pero por encima de todo, del arbitraje solo me quedo con cosas buenas porque solo le estoy agradecido. Si yo estoy en este Salón de la Fama es porque el baloncesto español me dio la oportunidad de estar en grandes acontecimientos a ese nivel arbitral. No hubiera tenido ni práctica ni técnica sin él. El baloncesto español ha sido referencia y eso me ayudó a marcarme mis retos arbitrales.

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