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Análisis

Arico Suárez, el grancanario que sigue en solitario en la final de un Mundial

Tras las dos finales disputadas y ganadas por España, Pedro ‘Arico’ Suárez continúa siendo el único grancanario que ha jugado una final del Mundial. Ni David Silva, en Sudáfrica 2010, ni Yeremy Pino, en Estados Unidos 2026, llegaron a disputar un solo minuto en el duelo decisivo

Arico Suárez, en su etapa como jugador de Boca Juniors

Arico Suárez, en su etapa como jugador de Boca Juniors

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Pedro García

Pedro García

Después de las dos finales mundialistas disputadas y ganadas por España, Pedro «Arico» Suárez continúa siendo el único futbolista grancanario que ha jugado una final de la Copa del Mundo. Ni David Silva, campeón en Sudáfrica 2010, ni Yéremy Pino, campeón en Estados Unidos 2026, llegaron a disputar un solo minuto en el partido decisivo. El nacido en Santa Brígida fue, en cambio, titular hace 96 años en la primera final mundialista de la historia. Las crónicas de la época relatan, incluso, que saltó al césped después de mascar tabaco, una imagen que el paso del tiempo convirtió en parte de la leyenda de uno de los grandes pioneros del fútbol canario.

Casi un siglo después, la figura de Pedro «Arico» Suárez, nacido en Santa Brígida en 1908, vuelve a cobrar plena vigencia. La segunda final ganada por España en la historia de los Mundiales, conquistada este 19 de julio de 2026 en Estados Unidos, conduce inevitablemente al 30 de julio de 1930, cuando el futbolista grancanario defendió la camiseta de Argentina en la primera final de la historia de la Copa del Mundo. Aquel día, Uruguay se impuso por 4-2 en el Estadio Centenario de Montevideo, pero el futbolista de Santa Brígida escribió una de las primeras grandes páginas de la historia de los Mundiales. Con el paso de los años, además, se convirtió en una de las grandes leyendas de Boca Juniors, donde dejó una huella imborrable.

La documentación consultada y contrastada en el Juzgado de Paz del Ayuntamiento de Santa Brígida sitúa su nacimiento el 5 de junio de 1908. Fue el séptimo hijo del matrimonio formado por Sebastián Suárez Monzón y Candelaria Pérez Martínez, ambos naturales del municipio satauteño. Nadie podía imaginar entonces que aquel niño, nacido en el seno de una familia humilde, acabaría escribiendo uno de los capítulos más singulares de la historia del deporte canario.

Durante décadas fue identificado como Pedro Bonifacio Suárez. Sin embargo, la documentación oficial consultada apunta a que su verdadero nombre era simplemente Pedro Suárez, tal y como figura en su certificado de nacimiento. Lo que sí está fuera de toda duda es que falleció el 18 de abril de 1979 en Buenos Aires, lejos de la isla que lo vio nacer, aunque nunca del recuerdo de quienes conocieron su extraordinaria trayectoria.

El origen de su apodo, «Arico», nunca llegó a esclarecerse del todo. Él lo asumió con naturalidad hasta convertirlo en parte inseparable de su identidad. Historiadores argentinos vinculados a Boca Juniors sostienen que el sobrenombre también identificaba el vino que vendían sus padres en el establecimiento familiar de la calle Salcedo, en Buenos Aires, negocio que posteriormente él mismo regentó. Una muestra de cómo el fútbol y su vida cotidiana terminaron caminando de la mano. Entre sus compañeros también era conocido como «La Gallega» o «Toscanito», apodos tomados de las marcas de tabaco que mascaba antes de los partidos como parte de su ritual previo a cada encuentro.

Su carrera futbolística comenzó en Ferro Carril Oeste. Debutó el 9 de mayo de 1926, en una victoria por 2-0 frente a Quilmes, y puso fin a su etapa en el club el 12 de mayo de 1929, tras vencer por 1-0 a Racing. Fueron tres temporadas en las que dejó muestras del enorme talento que más tarde lo convertiría en una figura legendaria, aunque también atravesó momentos difíciles. En 1928 fue suspendido por tiempo indeterminado tras un partido frente a Huracán. Las actas fueron contundentes al señalar que «su actuación no estuvo a la altura de sus condiciones» y que «desobedeció instrucciones precisas del capitán del equipo y de la subcomisión de fútbol». Pese a aquel episodio, disputó 81 encuentros oficiales con la camiseta verdolaga, el primer capítulo de una carrera destinada a dejar huella.

En 1930 fichó por Boca Juniors, el club donde alcanzó la consagración definitiva. Se convirtió en titular indiscutible durante más de una década y permaneció ligado al primer equipo hasta mediados de los años cuarenta. Su último partido oficial lo disputó el 1 de diciembre de 1942 frente a River Plate, en Núñez, correspondiente a la Copa Adrián Escobar. El encuentro terminó sin goles y River avanzó gracias a la diferencia de córners (3-2), tal y como establecía el reglamento de la época.

Su legado en el conjunto xeneize quedó reflejado en unos números extraordinarios: 335 partidos oficiales, dos goles y una trayectoria ejemplar que solo registró cuatro expulsiones entre 1932 y 1940. Su influencia fue tal que un número especial de El Gráfico, publicado en 1962, lo definió con una frase convertida en inmortal: «Es uno de los excepcionales jugadores que ha dado el fútbol. El puesto de lateral izquierdo o medio ofensivo -zurda prodigiosa- bien podría denominarse directamente Arico Suárez...».

Pero su dimensión trascendía las estadísticas. Arico sobresalía por su inteligencia táctica, su exquisita técnica, su capacidad para interpretar el juego y un fino sentido del humor que también exhibía fuera del campo. Su ingenio también se manifestaba durante los partidos. Él mismo relataba que, en los momentos de mayor presión, se acercaba al árbitro fingiendo protestar para ganar unos segundos, enfriar el partido, romper el ritmo del rival y, de paso, ganarse al público. Una muestra de la picardía que convirtió en otra de sus grandes señas de identidad.

El 10 de marzo de 1940 protagonizó uno de los episodios más memorables de su carrera. Argentina se enfrentaba a Brasil en Buenos Aires por la Copa Roca cuando el árbitro señaló un penalti inexistente. Arico se acercó al colegiado y le anunció que lanzaría el balón deliberadamente fuera. Cumplió su palabra y el estadio entero respondió con una atronadora ovación, convirtiendo aquel gesto en uno de los mayores ejemplos de deportividad del fútbol sudamericano. Brasil acabaría imponiéndose por 2-3, pero aquella acción terminó siendo mucho más recordada que el propio resultado.

Aquel niño que, con apenas dos años, cruzó el Atlántico junto a sus padres rumbo a Argentina en busca de un futuro mejor terminó convirtiéndose en uno de los futbolistas canarios más importantes de todos los tiempos. Primer finalista mundialista nacido en Canarias, ídolo eterno de Boca Juniors y símbolo de una forma de entender el fútbol basada en el talento, la inteligencia y la nobleza, Pedro «Arico» Suárez dejó un legado que, casi un siglo después, continúa plenamente vigente.

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