Nervios, ansiedad, enfado y desilusión. El aficionado del Estadio de Gran Canaria, ayer desperdigado por el callejero capitalino, maldecía su suerte en el clásico del fútbol insular. Cada pase errado se convertía en drama y cada ocasión desperdiciada acumulaba decepción, cuando a base de faltas el equipo amarillo se acercaba al área rival. Se acercaban a los instantes finales del enfrentamiento fratricida cuando, la esperanza en las terrazas de la plaza de España, revivía en unos lanzamientoss acompañados por un crescendo de aplausos. Entonces, un grupo, los de auriculares, estalló en un grito de gol, mientras los demás les miraban en busca de salvación. Cuando volvieron la mirada al televisor, Mauro Quiroga celebraba el gol del empate. "Este punto vale oro", afirma Mussa, junto a sus amigos de la grada Curva.

La afición de la Unión Deportiva Las Palmas tomó la calle desde primera hora del domingo, para, mientras seguía con la mirada el esfuerzo de los maratonianos, vivir en la distancia el gran clásico futbolero del Archipiélago. Entre el segundo café, el croissant y las primeras cañas, las terrazas, plazas y bares se llenaron, en una eucaristía amarilla ante la imagen del color amarillo en el verde del Heliodoro Rodríguez López.

"Nosotros llevamos desde las diez de la mañana, incluso ayudamos a los camareros a poner las mesas y sillas", afirma un grupo de seis jóvenes, amigos de la grada Sur, ayer en Mesa y López. "Hasta el último momento sufriendo", señala Rubén, dentro de este grupo para añadir, "la cosa se veía algo negra, estábamos todos un poco nerviosos pero al final el punto sabe a gloria".

"A mí, pese a que me gustó la primera parte del equipo, creo que se repite la misma historia de siempre, tenemos muchas oportunidades pero al final nos marcan y nos venimos abajo", afirmaba Carlos Galván, aficionado al representativo y vecino de la calle Farray, donde, acompañado por sus amigos, padeció la inquietud del equipo. "Ellos son un equipo pobre, están donde están, en el último lugar, pero, como siempre, este equipo es capaz de revivir a un cadáver", añadió éste convencido en lo evidente.

El gol del rival tinerfeño silenció al aforo del Bar la Grada, junto al Estadio Insular, pero fue sólo un impás. Los seguidores recuperaron al instante la moral. "Vamos, equipo, que todavía queda tiempo", se oía en busca del ánimo propio.

En el otro extremo de la ciudad, junto al Guiniguada, los nervios no fueron distintos. En el Monopol, dos hermanos, Kiko y Domingo, vistiendo el uniforme oficial y cantando estribillos habituales del estadio de Siete Palmas. "Las Palmas quiere pero no puede", afirman estos. Junto a ellos, Adrián Sánchez, juvenil preferente de la cantera amarilla apostaba por un amigo: "Tendría que haber salido Hernán, ese seguro que animaba el partido", apuntó éste.