Campeón de todo y exquisito con la pelota. No hay equipo mejor en el mundo que el Fútbol Club Barcelona de Pep Guardiola que, desde 2008, ataja por el centro del campo, al ritmo de pases cortos trazados por sus bajitos futbolistas, para devorar rivales y superar todos los desafíos que se cruzan en su acaramelada marcha imperial.

Juega al fútbol como los ángeles, pero este Barça tiene un apetito diabólico. Porque, además del talento de genios como Xavi, Messi o Iniesta, lo que mueve a este conjunto es un hambre voraz, la glotonería por ganar, por hacer historia.

Si todos los equipos miran a la pelota como un elemento extraño, este Barça se asocia a través del balón para jugar. Si en el resto de clubes prima el esfuerzo, en este Barça prevalece la calidad. Si todos los demás compran futbolistas a mansalva, este Barça mira primero en su cantera.

Con viento a favor durante las últimas temporadas, le toca remontar ante el Real Madrid industrializado de José Mourinho. Y, por lo visto ayer en el Bernabéu, no tiene miedo. Ya sean seis puntos o un gol de ventaja en el primer minuto. El Barça se pone a jugar al fútbol y se deja llevar por la belleza de lo inesperado. No hay fórmula mejor. El resultado no miente.