Durante años el compromiso de los jugadores de amarillo ha sido una verdad innegociable. El Gran Canaria nunca baja los brazos. Es una cuestión de espíritu, corazón y orgullo; el primero de los mandamientos de un equipo forjado a partir de la entrega y el pundonor. Pero la derrota contra el Lagun Aro, más allá de suponer la más abultada de su historia y en la que se igualó el peor registro anotador, ha dejado una herida abierta que sangra ahora en el espíritu irreductible de la familia amarilla, tanto en la piel de sus jugadores como en la de su defraudada afición.

Al finalizar el encuentro del pasado viernes y con el bochorno parpadeando en el marcador (45-78), por primera vez en dos décadas, el respetuoso abonado del pabellón de la Avenida Marítima perdió su paciente compostura para despedir con silbidos y quejas. Ahora, el Gran Canaria 2014 está herido en su orgullo y busca redención. Para esto, hoy (19.30 h.) ante una CAI Zaragoza metido de lleno en la lucha por la Copa de Rey, tiene la primera oportunidad para demostrar, frente a un rival de altura, que la debacle del final de año fue solo un accidente. La segunda será en el escenario del crimen, en el Centro Insular, el próximo domingo frente al Valencia y ante sus aficionados.

"El otro día no vi desidia, sino que vi impotencia ante lo que estaba pasando y mal juego", afirmó Pedro Martínez, responsable táctico del juego claretiano. Hoy, de visitante y con un oponente de envergadura, con Wright, Hettsheimer y Aguilar como exponentes, tendrá que recurrir a su mejor juego, a su mejor versión. El Granca debe volver a ser ese corazón diamantino que tantas alegrías ha regalado en los últimos años.