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El kamikaze y el béisbol

Shinichi Ishimaru, uno de los mejores jugadores japoneses, participó en una misión suicida en Okinawa en mayo de 1945 P No tuvo suerte y el 11 de mayo se escribió su destino

Shinichi Ishimaru, vestido con el uniforme de piloto.

Shinichi Ishimaru, vestido con el uniforme de piloto. LP / DLP

Con la Segunda Guerra Mundial escribiendo sus últimos capítulos, el joven Shinichi Ishimaru fue llamado el 11 de mayo de 1945 a una misión suicida. Los japoneses se resistían a rendirse pese a la evidencia de que la guerra estaba perdida. En los últimos meses los aliados habían consolidado su superioridad en el Pacífico y estrechaban el cerco sobre Japón. Con menos medios que su enemigo, sin su capacidad para reponer las bajas materiales y personales que generaba el conflicto, la Armada japonesa intensificó la presencia de sus kamikazes. Consideraban que era una forma de generar bastantes daños con pocos medios.

Un solo avión, bien guiado, podía producir un importante destrozo. Al final de la primavera de 1945 los pilotos suicidas dispararon el pánico en las tripulaciones de los barcos americanos, convencidos de que en ese momento del conflicto eran el principal obstáculo que les separaba de un plácido regreso a sus casas.

Para conseguir el objetivo los japoneses no necesitaban gran cosa. Les valía cualquiera que fuese capaz de mantener el avión en el aire con un mínimo de criterio. Por eso en el tramo final de la guerra los mandos del país nipón utilizaron para esas misiones a muchos pilotos sin apenas formación, inexpertos, a los que se empujaba a la muerte. La filosofía japonesa, esa forma de sentir el honor, hacía el resto. Solía acompañarles en la misión un oficial experto que les acercaba al objetivo y llegado el momento, se despedía de ellos con un gesto antes de abandonarles en ese trayecto que nunca tenía viaje de vuelta.

Ishimaru fue uno de estos pobres diablos a los que su régimen empujó a la muerte. Cuando llegó el momento de sacrificar su vida de poco le valió ser uno de los mayores talentos del béisbol que había en su país. Tampoco él protestó. Al contrario, asumió ese deber con la patria. Nacido en Saga, se convirtió en pitcher del Nagoya, uno de los mejores equipos de la Liga, con apenas diecinueve años, donde coincidió con Tokichi, su hermano mayor. En 1943 había conseguido jugar el All Star tras la mejor temporada de su vida. Poco después fue alistado. La mayoría de los miembros de su generación fueron llamados a filas cuando Japón atacó Pearl Harbour y la Segunda Guerra Mundial se extendió al Pacífico, pero Shinichi aún pudo seguir disfrutando un tiempo de su mayor tesoro, que era jugar al béisbol. De hecho, la Liga Japonesa que se había puesto en marcha en 1936, sólo se detuvo en 1945.

Tras incorporarse a filas en 1943 Ishimaru fue destinado a Sasebo, la escuela de la Armada Imperial Japonesa, para recibir instrucción. En febrero de 1944 se convirtió en alumno del Servicio Aéreo de la Marina y a finales de año fue ascendido al grado de alférez. Había participado ya en un par de misiones sin mucha importancia cuando en abril de 1945, con la guerra cerca de su punto final, fue enviado al escuadrón kamikaze Jinrai en Kanoya. Allí esperó su momento, como el resto. Seguramente con el deseo de que alguien detuviese aquella locura y cesase el baño de sangre que se estaba produciendo en el Pacífico. Japón se resistía a entregarse pese a que su destino estaba escrito. Por eso había resistido en la diminuta Iwo Jima durante un mes tras entregar hasta el último soldado y a comienzos de abril el campo de batalla se había trasladado a Okinawa.

Ishimaru no tuvo suerte. El 11 de mayo se escribió su destino. Ese día volaría con su Zero con el objetivo de estrellar el aparato contra alguno de los centenares de barcos aliados que atacaban Okinawa. El joven de 22 años siguió casi al pie de la letra el ritual de los kamikazes, aunque añadió una curiosa variación. Introdujo en su mono la bandera con el sol naciente que llevaba escritas conmovedoras despedidas de sus amigos, familiares o maestros; se ató a la cabeza la cinta de las mil puntadas y brindó con sake. Pero camino del avión Ishimaru llamó a su amigo Oiichi Honda y le entregó el guante de receptor. Le dijo que se colocase a la distancia reglamentaria y realizó diez lanzamientos. Oiichi gritaba strike cada vez que recogía la bola. El resto de las tripulaciones y del personal de la base asistían en silencio a lo que no era sino la despedida de Ishimaru de su gran pasión.

Un momento cargado de simbolismo y en cierto modo de ternura. Cuando acabó la serie abrazó a su amigo, le entregó el guante, la pelota y un pañuelo en el que llevaba escrita la palabra coraje. Se despidió y se subió al avión con otra pelota que colocó junto a su asiento.

El inexperto piloto inició el último vuelo de su vida en el que no consiguió el objetivo que buscaba. Antes de acercarse a alguno de los buques un caza norteamericano, de los muchos que patrullaban el cielo de Okinawa tratando de interceptar a los kamikazes que tanto temían, derribó su Mitsubishi A6M Zero con relativa facilidad y truncó una vida, una más, la de un joven que si la guerra no se hubiera cruzado en su camino habría escrito una gran carrera en el béisbol profesional.

En el año 1981 se levantó un gran monumento en las afueras del Tokyo Dome, el gran templo del béisbol japonés. Allí están escritos los nombres de los 69 jugadores nipones que murieron durante la Segunda Guerra Mundial y junto a la lista hay un breve relato en el que Tokichi explica quién era su hermano Shinichi, el más ilustre de todos ellos. Ahí cuenta que en la última carta que había escrito a su familia les había dicho que no tenía nada que lamentar por el hecho de morir tan joven y que jugar al béisbol había sido "mi mayor felicidad".

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