Un madrileño marcado en cuerpo y alma con el color blaugrana. Los ojos de Antonio Castellano, un tatuador madrileño de 34 años afincado en Telde, brillan cada vez que habla del FC Barcelona. Lo ha bebido desde pequeño con su padre y abuelo en su barrio natal de O'Donnell. No lo puede evitar. Y ayer asistió a una de las citas más importantes de su vida en la plaza de España de la capital grancanaria: la final de la Liga de Campeones. Reunido con sus amigos del alma, también culés acérrimos, en una abarrotada terraza Géiser, entre nervios y aplausos arrancaba el choque entre el Barça y Juventus de Turín para el dueño del estudio de tatuajes Death or Glory.

Primeros instantes de titubeo para los pupilos de Luis Enrique y primeras manos a la cabeza de sus amigos barcelonistas, que no tomaron asiento en todo el choque. Uno de ellos, Josué Hernández se santigua. "Salieron nerviosos", afirmó Carlos Rivero, otro canario y culé hasta la médula. Mientras, Antonio aguantaba el tipo, de pie y aferrado a uno de los barrotes del techo de la t erraza, que soltó en el minuto cuatro de partido, cuando Rakitic vio portería tras un medido pase de Iniesta de mi vida. Momento catártico. Fue ahí cuando liberó toda la tensión. Saltos y abrazos con sus colegas.

¡Vámonos, Leo!

Pese a la ventaja inicial del Barça, la concentración no se borraba del rostro de Antonio, que mordía con ahínco su bufanda azulgrana. Sólo tenía palabras de agradecimiento al técnico del Barça, Luis Enrique, que esta temporada ha conducido al combinado culé hasta el triplete. "Su actuación ha sido increíble, nadie apostaba por él, incluso yo fui un poco escéptico al principio, pero ha demostrado que los tiene bien puestos y está tirando pa' lante con el equipo", defendió el tatuador de Telde.

Antonio se mostraba cauto en los prolegómenos del encuentro, pero confiaba plenamente en su ídolo Messi y el resto de la plantilla, a los que no paró de dar instrucciones, como si hubiera estado sobre el mismo césped del Estadio Olímpico de Berlín. "¡Vámonos, Leo, Vámonos, ahogándolos ahííí!", "¡Buenaaa, Gerard!", "¡Esa banda es tuya, Alves!"

Pero también salió de su boca algún que otro improperio hacia el colegiado, que hizo enmudecer a la gente de la terraza Géiser. Pero la velada deportiva terminó bien. La quinta orejona en las vitrinas culé y Antonio durmió tranquilo.