Un patrón, un modelo que se repetía hasta convertirse en pauta, significaba a la Unión Deportiva Las Palmas de Paco Jémez: todo movimiento se ejecutaba a través del balón. Aquella bonita aventura aguantó en pie lo que duró en caer un equipo imberbe en el circuito profesional: 12 jornadas consecutivas sin ganar dinamitaron el proyecto y se llevaron por delante a un técnico que, más allá de la plasticidad en el juego, no dio con la tecla para sostener a un grupo débil en el ejercicio de agruparse alrededor de su propia portería.

A Juan Manuel Rodríguez, reclutado para la causa tras el nocaut en Los Cármenes ante el Granada CF (5-2), le toca ejecutar el cambio y llevar al equipo amarillo hasta su salvación. Tras dos primeras pruebas inexactas, en un breve plazo de seis días para introducir la nueva fórmula entre sus futbolistas, ante el Recreativo de Huelva (1-1) y el Real Betis (4-1), el método del entrenador de La Isleta mostró, en la victoria sobre el Real Valladolid (2-0), trazos de una receta que convierte la necesidad del conjunto grancanario en virtud: ante la endeblez defensiva, más efectivos en el arte de parapetar la portería de Barbosa; frente al vértigo de la clasificación, más precaución en todas las líneas; ante las enormes brechas en la zaga, pasos atrás; y frente a la imprudencia en la embestida, contención para atacar.

No fue virtuoso el juego de la UD Las Palmas ante el Real Valladolid, pero fue efectivo al máximo exponente. No alcanzó el ritmo ejecutado a principio de temporada, etapa en la que cualquier rival que se tropezara en su camino acababa zarandeado. Aquel conjunto mordía, presionaba como una trituradora, movía la pelota con rapidez y precisión, pero apenas zurraba, lo suyo era la caricia. Y así, pusilánime como un boxeador sin pegada, el recorrido de aquel equipo fue tan corto como improductivo. El sábado, en una cita con esencia de final, el conjunto amarillo fue capaz de resistir a sus propios miedos, disponer el escenario que mejor encajara en sus planes y ganar.

Norma irresistible

Vencer, triunfar, ganar. Verbos, todos, que la UD Las Palmas era incapaz de conjugar correctamente desde finales de noviembre. 105 días después, tras 14 jornadas sin catar una victoria, el equipo amarillo se impuso a un rival. No fue virtuoso en la ejecución, pero fue tremendamente efectivo. Y, en medio del desastre, en el caos, ante la amenaza de siniestro total, esa norma resulta irresistible para no caer al abismo.

En el horizonte, en un panorama que describe un itinerario con 13 partidos con esencia de final, el calendario le trae otra reválida para ejecutar su particular transmutación: el Albacete de David Vidal, tocado y cerca del hundimiento tras caer -en el descuento- ante la SD Ponferradina. En el Carlos Belmonte, en La Mancha, a la UD Las Palmas le toca exhibir temple, madurez y carácter.

Con poco margen de maniobra, con el error penalizado a precio de oro mientras mengua el número de jornadas por disputar, con los rivales empeñados en cruzadas diversas, el fútbol ya no ofrece subterfugios. No vale merecer, vale ganar. No importa la plasticidad en el juego, importa el resultado. No pesa la filigrana, pesa cada gol.

Es la hora de los valientes.