La final del Mundial también se jugó en el trabajo
Las calles quedaron prácticamente desiertas y los bares y hogares se llenaron para seguir el partido. Mientras buena parte del país detenía su rutina durante unas horas para animar a la selección, hubo quienes vivieron el momento desde una guardia, una guagua, un taxi, un comercio o un centro de menores

Alexandra Socorro

Un día histórico, con los nervios a flor de piel y la sensación de que un país entero camina en la misma dirección. Esas fueron las sensaciones que dejó la tarde de ayer incluso entre quienes no pudieron mantener toda su atención puesta en la pantalla para seguir la final entre España y Argentina. Aunque para muchos el mundo se paró durante unas horas para ver jugar a la selección, para otros la rutina no dio tregua y el trabajo les jugó un partido del que no pudieron escapar o, al menos, no como les hubiera gustado.
«Al principio afronté que tenía que trabajar con la resignación propia de saber que el servicio es lo primero y que la disponibilidad de 24 horas es innegociable. Sin embargo, cuadrando bien los horarios, da alivio saber que podré cumplir estrictamente con mis cometidos en la base y, aun así, tener margen para reincorporarme a la emoción del partido en directo. El deber se cumple primero, pero el esfuerzo tendrá su recompensa», explica el militar Antonio González. Su domingo, de no haber estado trabajando, habría sido totalmente diferente: un asadero y una reunión en casa con la familia y los amigos de siempre. Habría cambiado el uniforme por la camiseta de la selección y las horas previas al partido habrían estado marcadas por la celebración y no por la rutina. «Un plan clásico de desconexión total», subraya. Pero las obligaciones cambiaron el guion y tuvo que conformarse con la radio, una «gran aliada durante los primeros compases del partido y la tensión del directo».
Aunque desde que supo que tendría que trabajar descartó la idea de «celebraciones masivas en la calle», su motivación siempre estuvo marcada por la ilusión de vivir una final del Mundial con España sobre el césped. Al fin y al cabo un domingo así ya es «muy especial»: «La pantalla no fue la protanista, sino el reloj y las obligaciones de la guardia. No puedes desconectar ni liberar adrenalina igual cuando sabes que tienes que mantener la concentración por si surge cualquier incidencia pero aun así es especial».
Una noticia "decepcionante"
Para Sara Delri, dependienta en una tienda de zapatos, «fue decepcionante» tener que trabajar mientras se disputaba la final del Mundial. No se declara aficionada al fútbol masculino, pero una cita como la de anoche «cualquier persona» quiere vivirla. Se había imaginado siguiendo el partido desde el salón de casa, junto a su pareja y su familia, acompañados de un picoteo. Sin embargo, la realidad fue otra. La tienda en la que trabaja está situada muy cerca de varios bares y de una gran pantalla en la que se proyectó el encuentro, el escenario le permitió conocer cómo evolucionaba el marcador casi al mismo tiempo que se producía.
En las Urgencias del hospital tampoco se dejó de pensar en el partido, no solo por lo que suponía en el plano deportivo, sino también por lo que representa dentro de una familia: un momento de unión que termina convirtiéndose en un recuerdo compartido. Es precisamente así como lo interpreta la médica Ana Santana. El Mundial de 2010, en el que España conquistó su primera estrella, no lo recuerda solo por la victoria, sino también porque lo pasó en el hospital. No estaba trabajando, sino acompañando a su familia tras el nacimiento de una de sus primas. En esta ocasión, las urgencias no le permitieron seguir la final, aunque, de no haber estado de servicio, la habría visto junto a su familia y sus amigos.
Reportaje de las calles desiertas durante la tarde en las horas previas al partido | 19/07/2026 | Fotógrafo: José Pérez Curbelo | [idTask=266774] [Pinakes=3765155] / José Pérez Curbelo / LPR
Tampoco pudo ver el partido Aday Gil, trabajador de un centro de menores. En su puesto de trabajo no está permitido el uso de dispositivos móviles, por lo que seguir la final en directo resultó imposible. No era la primera vez que le ocurría algo así. En el Mundial de 2010 también estaba trabajando, entonces en una piscina, y se enteró del resultado por los gritos de los vecinos. De no haber estado de servicio, habría vivido la final «con amigos en casa, un asadero y un par de cervezas».
La España diversa
Un momento como el de anoche deja al descubierto las muchas caras de un país. España es un mosaico de culturas y de personas procedentes de diferentes rincones del mundo. Canarias es un buen reflejo de esa realidad y también del sentimiento de pertenencia que muchas de ellas han desarrollado con el paso de los años. Es el caso de Aidée Sanabria, copropietaria del 24 Horas Búho, en Las Palmas de Gran Canaria. Nació en Paraguay, pero lleva más de dos décadas viviendo en España. Tiene claro que su corazón ya late con la selección española y hasta sus perros celebraron con ladridos los goles que el equipo de Luis de la Fuente ha marcado durante el Mundial.
Ese mismo sentimiento lo comparte Vladimir Velázquez. Nació en Ecuador, pero se siente español desde hace 26 años. «Aquí me recibieron con los brazos abiertos», asegura. Trabaja como repartidor de Just Eat y las obligaciones laborales le impidieron seguir la final de una selección que, reconoce, terminó por conquistarle. «Lo habría visto en casa con la familia, que es lo mejor que hay», explica. En 2010 también celebró por todo lo alto el triunfo de España. En el mismo establecimiento en el que trabaja Aidée Sanabria trabaja María de Paulo. Lleva 24 años residiendo en España, pero nació en Argentina. La final le dejó el corazón dividido entre dos países que, de una forma u otra, forman parte de su vida.
Las calles de la capital grancanaria permanecieron ayer prácticamente vacías. La mayoría se concentró en los bares y plazas donde se proyectaba el partido o en los hogares, donde toda la atención estaba puesta en la final. Personas como David Díaz, chófer de guagua de Global, habrían preferido vivir el encuentro en casa. José Lemes, taxista, decidió no quedarse con las ganas. A las 20.00 horas aparcó el taxi para reunirse con sus familiares y amigos. Su objetivo era uno y estaba claro: ver a la Roja ganar.
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