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Cáncer y alcohol

Los fumadores que beben tienen muy elevado el riesgo de cánceres de la cavidad oral, la faringe y la laringe

El alcohol se produce por azar. Supongo que aparece en el Neolítico cuando se inventaron los recipientes para conservar el grano. No sé si los cazadores recolectores ya lo almacenaban cuando encontraban un campo rico en cereales o cuando la cosecha de uvas en las viñas silvestres era grande. Conservado en la vasija, una levadura transforma el azúcar en alcohol. Es un proceso muy parecido al que ocurre en las células musculares cuando no tienen oxígeno. Entonces el azúcar no se quema para producir energía, la combustión precisa un comburente, el oxígeno. Lo que hace es una especie de fermentación y produce ácido láctico.

No sé si el diluvio representa la revolución neolítica, cuando, de acuerdo con el profesor De Blas, el ser humano se encadenó a la tierra, se hizo dependiente del capricho de las cosechas. El caso es que Noé, una vez que se separaron por segunda vez las aguas, dice la Biblia que empezó a plantar. Bebió vino y en su embriaguez se desnudó. Cam, su hijo, que lo vio, avisó a sus otros dos hermanos, pero ellos, Sem y Jafet, lo taparon, evitando al hacerlo contemplar su desnudez. Noé al despertar maldijo a Cam, y los cananeos, su descendencia, se convirtieron desde entonces en sirvientes. Comienza la estratificación social.

Me comentaba una persona con un vaso de vino en la mano después de asistir a una charla mía sobre salud en la que había comentado que el alcohol es uno de los grandes problemas sanitarios pero que con moderación es saludable, que él no había bebido vino hasta que se lo mandó el cardiólogo y desde entonces, aunque no le gusta, toma dos vaso al día. Seguro que nunca sobrepasará ese límite, el problema es que demasiadas veces un vaso pide otro vaso: impone su voluntad.

Al contrario de lo que cabría esperar, esta crisis se acompaña de una reducción en el consumo de alcohol. Porque la hipótesis es que las personas adoptan formas de vivir menos saludables cuando las perspectivas son oscuras. De todas formas, somos todavía una sociedad bañada en alcohol. La cantidad de vino, cerveza y otras bebidas que se consumen ahora no tiene paralelo histórico. Todavía en el siglo XIX se quejaban algunos viajeros expertos en medicina del poco vino que se bebía, cuando aún se pensaba que era saludable. Con la industrialización crecieron las tabernas y entonces el vino se convirtió en problema de orden público. Aún no se sabía que podía producir cáncer, aunque ya en los primeros años del siglo XX el francés Lamy observó que en 134 casos de cáncer de esófago y parte superior del estómago, 8 de cada 10 eran buenos bebedores. Durante muchos años se pensó que el alcohol era un facilitador de los verdaderos carcinógenos, por ejemplo el tabaco. La teoría era que lo mismo que irrita la piel actúa en el epitelio que recubre el tracto respiratorio y digestivo, de manera que lo convierte en más sensible a las agresiones por otras sustancias químicas. Pero a finales del siglo pasado se pudo demostrar que el alcohol por sí solo produce cáncer. A lo largo de los años se han ido sumando pruebas y cánceres dependientes del alcohol.

Desde hace muchos años se sabe que los fumadores que beben, una combinación que no es rara, tienen muy elevado el riesgo de cánceres de la cavidad oral, la faringe y la laringe. La combinación de alcohol y tabaco puede llegar a multiplicar por 20 el riesgo. También se sabe desde hace mucho que el alcohol, que se metaboliza en el hígado, puede destruirlo y que en su reconstrucción caótica produce la cirrosis y también el cáncer, aunque ésta no es la principal causa: es la hepatitis B o C.

Lo que no se sabía es que también produce cáncer de colon y recto. El riesgo del bebedor de contraer un cáncer de intestino grueso no es muy grande y no existe por debajo de 30 gramos día. Es más preocupante su papel, recientemente demostrado, en el cáncer de mama. Aquí no hay un umbral de riesgo, aunque hay que beber bastante para doblarlo: unos seis vasos de vino o el equivalente. Multiplicar por dos el riesgo de cáncer de mama es inquietante porque sería pasar aproximadamente de tener el 9 por ciento de probabilidades a lo largo de la vida de padecerlo a tener el 18%.

La relación entre alcohol y cáncer cada día encuentra más conexiones. En contraste con la enfermedad cardiovascular, no existe un consumo seguro y mucho menos beneficioso. Cuando la enfermedad cardiovascular es frecuente, era la responsable de casi el 40% de las muertes hace unos años, beber algo de alcohol produce un efecto positivo en la mortalidad general porque protege contra la cardiovascular. Ahora que la primera causa en varones es el cáncer, el alcohol con moderación probablemente ya no sea tan beneficioso. Quizá debamos revisar nuestras recomendaciones.

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