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Alegranza y su tómbola de los regalos

La familia Pallarés pasó ocho años sin salir del islote

Alegranza y su tómbola de los regalos

Alegranza y su tómbola de los regalos

"En un lugar de Canarias, de cuyo nombre no puedo olvidarme. .. viví los más felices años de mi vida". Así, parafraseando al Quijote, comienza Agustín Pallarés uno de los libros en los que recoge su larga estancia en Alegranza.

Para este historiador, y sobre todas las cosas hijo y nieto de torrero, los años que pasó en el islote transformaron su vida. Primero cuando llegó con sus padres y hermanos en 1937 y después, ya mayor, con su mujer y sus hijos para hacerse cargo, como técnico mecánico de Señales Marítimas, del faro de esta pequeña isla del Archipiélago Chinijo.

Su padre Manuel Pallarés López tuvo problemas con las autoridades de aquella época y casi como un destierro lo enviaron a cubrir el puesto de torrero en Alegranza. De noche, casi como prófugos llegan al islote. Agustín tiene ocho años.

Todos los hermanos mantuvieron siempre un grato recuerdo de la isla. De hecho, Manolo, el mayor, pidió que al morir lo incineraran y esparcieran sus cenizas por las montañas de Alegranza.

La vida de aquellos pequeños se convierte en una aventura constante. Junto a los libros que sus padres insisten en que lean, y que los llevan a imaginar y soñar con otros mundos, tienen ante sí el gran paraíso que supone el islote, lleno de cuevas y escondrijos, y la orilla que, como recuerda Pallarés, "fue como una gran tómbola de regalos".

Recorrer despacio la costa era el mejor de los juegos. Junto al resto de sus hermanos se lanzaban a la búsqueda de auténticos tesoros. "Entre los objetos que aparecieron figuraban las pelotas, de todas las variedades, tamaños y colores, muchas de ellas completamente nuevas, sobre todo de ping- pong y tenis. Me imagino que caían al mar desde los lujosos trasatlánticos de pasajeros que cruzaban por aquellas aguas. Con aquellas pelotas y unas toscas raquetas de madera hechas por nosotros, organizábamos unas emocionantes y reñidas competiciones".

Sin salir del islote desde 1937 a 1944, los niños tenían que aprender a divertirse en aquella tierra aislada y lejana, a la que sólo acudía el patrón del barco que llevaba las provisiones y algunos pescadores de La Graciosa que pasaban temporadas en los meses de buena mar.

Cuenta Agustín Pallarés que "resultaría casi interminable enumerar la serie de objetos de distinta índole que el mar arrojó a la costa de la isla en los años que pasé en Alegranza, tanto de niño como de adulto".

Entre las cosas más valiosas que recuerda y que además le tocó probar fue una lata de más de un kilo de chocolatinas. También resultó de gran utilidad un neumático de automóvil completamente nuevo y que su padre pudo vender por un buen precio.

Mensaje en una botella

Sin duda, el regalo que más conmoción provocó en la familia fue toparse con una botella en la que había un mensaje. Exactamente igual que sucede en Los hijos del capitán Grant, después de pensarlo mucho decidieron romper el cristal para leer la carta. Estaba escrita en francés y firmada por E.G. y J. M., dos grumetes de una embarcación llamada Champlain.

Años después supieron que aquel barco se hundió por la explosión de una mina alemana. Murieron diez personas y nunca pudieron confirmar si los remitentes de aquel mensaje en la botella habrían sobrevivido o no a este trágico incidente.

Para Agustín Pallarés todo el trabajo que supuso traducir el mensaje tuvo como resultado que deseara aprender idiomas, y así, con la ayuda de los libros, sin profesor alguno, fue capaz de aprender inglés y francés.

Otro de los regalos inolvidables de aquellos días fue tropezar con una caja de considerables dimensiones y que flotaba a unos escasos metros de la orilla. Su hermano mayor, Manolo, fue el atrevido que se lanzó en busca de ese nuevo botín. Atado por la cintura con una cuerda se metió en el agua y logró arrastrar la caja. Lo malo de su peripecia es que esa zona estaba llena de aguavivas, y el pobre Manolo fue presa de estos animales. La jornada terminó con el chico dando fuertes alaridos mientras sus padres trataban de buscar algún medicamento con el que aliviar el dolor.

El propio Manuel Pallarés también contó este suceso; "Valió la pena aquel sacrificio; la caja contenía un bloque de mantequilla de la mejor calidad. Procedía de Nueva Zelanda. Aquella mantequilla resultó ser un manjar exquisito. Pesaba unos 25 kilos y durante mucho tiempo, pese a que se repartieron algunos kilos, pudimos desayunar y merendar con un manjar que en la España empobrecida de aquellos años resultaba un lujo consumirlo".

Fue tanto lo que disfrutó y gozó durante los años que pasó con sus padres y hermanos en Alegranza, que Agustín Pallarés después, de mayor, teniendo el título de torrero se esforzó por lograr el destino soñado: regresar con su mujer y sus hijos a ese pequeño islote en el que vivió los días más felices. Junto a la tómbola de los regalos que siempre lo esperaba en la orilla.

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