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La danza de la cobra en el gran bazar

Un camarero sale sigiloso del stand de Israel, en la mano lleva dos suculentas bandejas cargadas con pinchos y bolitas recubiertas de sésamo. Pasan diez minutos de la dos de la tarde, y todos los estómagos rugen detrás de algo que echarse a la boca. Dos chicas de la zona de América Latina, por el acento, van detrás de las bandejas, incluso una de ellas trata de estirar la mano, pero no hay suerte. El camarero, en un movimiento más propio de danzarina de las mil y una noches, les hace la cobra. Ellas insisten, "pero dime qué es, por lo menos". Mientras se va raudo y veloz hacia las mesas en las que se espera su aparición les contesta: "La comida sólo es para los que están haciendo negocios". Las chicas, que vienen arrastrando bolsas llenas de panfletos publicitarios y tal vez algún que otro bolígrafo, deciden marcharse hacia la zona de Japón, que otros años han regalado algo de sushi. Pero ya le podremos adelantar que no lo sueñen.

Si no son especialmente escrupulosos pueden acercarse hasta Sudáfrica. Allí dos simpáticas comerciales ofrecen a diestro y siniestro y totalmente gratis unos pequeños y rugosos caramelos de color marrón, desprovistos de papel, que ellos llaman Mopane Worm. Y que son en realidad unos pequeños gusanos, unas orugas comestibles que si las hubieran dejado crecer terminarían por haber sido unas dulces mariposas. Ninguno de los atrevidos que, sin saberlo, ingirió este aperitivo tuvo molestias; eso sí, a la mayoría se les quebraba el gesto con esas ganas indescriptibles de salir corriendo en busca de un baño.

El regateo

Otra de las novedades curiosas de Fitur es la posibilidad real de tener la sensación de estar en el gran bazar de Turquía o de Marrakech. A la entrada del pabellón que acoge a los países de África, Asia y Europa llama la atención el primer puesto. Un señor de Marruecos vende juegos de té, y bandejas niqueladas. Sobre una estera, como desperdigadas aparecen un montón de pulseras, anillos y cadenas. Sobre alguno de los objetos, escrito en papel y a mano, se puede ver el precio, lo más barato tres euros, después cinco y ya las bandejas 20 euros. Los asistentes a esta feria pasan deprisa, con maletines negros, otros con bolsas publicitarias. Al final, la algarabía que se forma delante del puesto contagia a los demás, y poco a poco, cada vez se para más gente. Una señora se prueba una pulsera dorada. Vale cinco euros. La mujer le dice que si se lleva dos, le hace alguna rebaja. El vendedor marroquí, que el año pasado había acudido a Fitur como artesano de la madera, se remueve en su asiento, y le explica que tiene un baño de oro, "nunca, nunca, va a cambiar de color". La mujer se vuelve a probar las pulseras y se lo piensa. Justo enfrente, en el stand de Egipto, otra cola. Como en el rastro, o en el gran bazar. La gente arremolinada quiere saber los precios de la multitud de bisutería y objetos que recuerdan a las tiendas de suvenir de El Cairo y que ahora se ofertan en esta feria de negocios, turismo y mucho regateo.

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