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La pasión francesa de Montreal

La segunda ciudad con más habitantes de Canadá evoca sus orígenes en la arquitectura romántica y el estilo de vida que se palpa en sus calles y lugares

Panorámica de la ciudad, con el estadio olímpico en primer plano.

En Montreal, situada a los pies del río San Lorenzo y sede de los Juegos Olímpicos del 1976, el francés se lee y se oye en todos sus rincones, siendo la cuarta ciudad francófona más poblada del mundo.

Tarde de domingo en el parque Mont-Royal. Una señora de mediana edad se coloca una boina sobre su cabello largo y canoso. Fuma un cigarrillo de liar de aroma dulzón mientras pone sobre una manta decenas de pulseras de cuero que ofrecerá a módicos precios. Junto a ella, varios vendedores ambulantes van llegando con muestras de antigüedades, discos y libros de segunda mano o ropa. Se saludan amablemente. "Ça va?", se dicen. El sonido de la brisa se ve interrumpido por la percusión de los tamtan y bongos que un grupo de jóvenes toca efusivamente. La estampa la completan varios visitantes, entre ellos, un grupo de turistas japoneses que se fotografían debajo de un arco de piedra que da acceso al parque.

El Parc du Mont-Royal (parque del Monte Real) da nombre a la ciudad de Montreal y es su pulmón verde. Alberga más de doscientas hectáreas donde los senderos empinados se van cruzando entre la naturaleza más salvaje. Se respira tranquilidad y paz, una sensación idónea para un agradable paseo o para hacer algo de deporte. Es otoño. Los caminos están teñidos de rojo. Las hojas han caído de los árboles y se oye su crujir por el rodaje de las bicicletas o el paso de los cientos de visitantes que, a modo de peregrinaje, van subiendo hasta la cima del monte. En lo alto, se encuentra el Chalet del Mont Royal (construcción de piedra que sirve de oficina de turismo o sala de exposiciones). Junto a este edificio, se extiende un mirador donde cientos de visitantes se retratan junto a unas bonitas vistas.

Dominio de lo galo

La que fuese sede de los Juegos Olímpicos de 1976 es la segunda ciudad más poblada de Canadá. Se sitúa en el sur de la región francófona de Quebec, a los pies del río San Lorenzo. El francés se lee y se oye en todos sus rincones. Esta particularidad lingüística con respecto a la Canadá anglófona le imprime carácter y la da un toque centroeuropeo. Sus habitantes, que hablan esta lengua de primeras, echarán mano del inglés si es necesario, aun-que con notable acento galo. Basta caminar por sus calles para comprobar el deseo generalizado de borrar cualquier anglicismo. Si conducimos, detendremos nuestro vehículo ante la señal de arret (y no stop). Y será necesario pedir un Poulet McCroquettes en vez de unos McNuggets de pollo en las franquicias de una conocida multinacional de comida rápida.

Pero lo francés no sólo reside en lo lingüístico. Muchas jóvenes de la ciudad lucen boinas y vestidos baby doll, que las acercan más a sus coetáneas de Burdeos o Lyon que a las de Vancouver o Toronto. El sabor galo es palpable en sus cafeterías, sus restaurantes y sus casas. El viejo Montreal respira un aire francófilo, articulado en callejuelas empedradas, provistas de elegantes y acogedoras tiendas con fachadas por las que cuelgan farolas de luz amarillenta con un toque romántico e intimista.

De la concurrida Place d'Armes, donde se alza la basílica de Notre Dame, nace una calle, la empedrada Rue Saint-Sulpice, con escaparates donde detenerse es inevitable. Un soldado de madera preside la entrada a "Noël Eternel", que, como su nombre indica, permanece abierta todo el año para ofrecer la magia de la Navidad, aunque en el interior de esta tienda también se pueden encontrar cientos de figuritas, muñecas y adornos de diferentes temáticas.

Dulces y salados

De los muñecos al dulce. En esta misma calle, "Les Glaceurs" ofrece sabrosos cupcakes de diversos tipos a un precio que ronda los cuatro dólares canadienses (unos 2,84 euros). El colorido de estos pastelitos hace juego con la decoración e incluso con el uniforme o look de algunas de sus dependientas.

Y de lo dulce a lo salado. La palabra poutine aparece escrita en cientos de pizarras, cristales, carteles de muchos bares, fondas y restaurantes de toda la ciudad. Esta modalidad de fast food, muy socorrida para presupuestos ajustados, no deja de ser un plato de patatas fritas con salsa y trozos de queso, aunque cada establecimiento ofrece diferentes variedades, añadiendo ingredientes que van de vegetales a salchichas con algún tipo de salsa. Una auténtica bomba calórica.

En el corazón del viejo puerto, en la afrancesada Rue Saint-Paul, encontramos "Montreal Pouti-ne", uno de los sitios más famo-sos para comer este plato local. "Planete Poutine et Cie", en la Rue Rachel, ofrece una variedad de más de quince tipos de esta comida. En la misma vía y, muchas veces con una larga cola de espera, se encuentra el famosísimo "La Banquise". Su personal, amable y servicial, y sus más de 20 clases de poutine hacen de este establecimiento, abierto las 24 horas, uno de los más conocidos para atreverse con este particular plato disponible. Además, en dos tamaños.

Para el visitante que se atreva con el poutine o para el que se vaya sin probarlo, lo que sí quedará palpable es que ha estado en una ciudad moderna y elegante con evidente prestancia europea. Hasta tal punto, que si el visitante proviene del Viejo Continente puede llegar a tener la sensación de que no ha cruzado el charco.

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