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Viajes

Última danza de guerra

Un recorrido en moto desde San Francisco, siguiendo el itinerario de los conquistadores españoles para adentrarse en el desierto del Mojave

Por las calles de San Francisco, al comienzo del nuevo viaje por Estados Unidos; al fondo, la isla de Alcatraz y la prisión. M. S.

Un viaje en moto al otro lado del Atlántico comienza con una tortura: el avión. Odio el transporte aéreo. No por miedo a volar sino porque aborrezco las colas, los retrasos, los controles de seguridad, permanecer sentado durante horas en un estrecho espacio, sometido al caprichoso deseo del pasajero del asiento anterior y su respaldo reclinable.

Tras casi dieciocho horas de vuelo y escalas, mi amigo Stephen Burns me esperaba en el aeropuerto. Uno de esos favores impagables. Como el de guardar mi moto durante todo un año. Subimos en su gran camioneta pick up y por la autopista nos dirigimos a Redwood City, uno de los muchos suburbios residenciales que se despliegan alrededor de la bahía de San Francisco. Llegamos a su casa, una vivienda unifamiliar de una planta, adosada a muchas otras muy parecidas y con un garaje que ha convertido en su reino particular.

Al día siguiente arrancamos la moto. El motor reaccionó. Llevaba un año parada, desde que había terminado mi último costa a costa en Estados Unidos. La compré en 2008 en Miami, Florida, en el otro extremo del país. Aquel año había dejado mi trabajo como registrador de la propiedad y empecé a viajar por el mundo en moto. Uno de mis sueños había sido recorrer Norteamérica del Atlántico al Pacífico. Valoré entonces la posibilidad de enviar la mía o alquilarla por dos meses. Al final pensé que sería mejor solución comprar una moto y venderla al terminar el viaje. Pero al final del recorrido me había encariñado con ella y también sabía que me iba a dedicar profesionalmente a este tipo de aventuras. Decidí conservarla. Desde entonces he regresado cada año para hacer un gran viaje con Blue, pues así se llama. He hecho las cuatro esquinas de Norteamérica, he cruzado Canadá, he recorrido los Apalaches y realizado dos veces el costa a costa por la frontera Sur. Cuando termine esta última danza de guerra la venderé como estaba planeado hace siete años. A no ser que me vuelva a encariñar.

El martes es el día de movernos. Cargamos todo en el coche y en la moto y junto a Stephen, que va en su propia BMW GS 1200, nos dirigimos a la gran ciudad.

La autopista está llena de vehículos. Enormes, inmensos. Incluso cuando compran autos europeos, más pequeños y civilizados, lo hacen con sus motorizaciones más bestias. Tampoco son infrecuentes las transformaciones gigantescas, lo que llaman "monster truck". La creencia en Europa es que los estadounidenses conducen despacio por temor a las multas. Es falso. Hay mucha Policía de carretera, pero también muchos conductores que van como diablos y son agresivos.

Nuestro destino en San Francisco son las calles más empinadas, como la Lombard Street en su sinuoso tramo. Dicen que es el tramo callejero con más curvas del mundo. No sé si es cierto, pero lo que sí es verdad es que hay más turistas que curvas. Las casas aquí tienen un aire más europeo que en el resto de urbes norteamericanas. Muchas son de madera. De fachadas estrechas y elegantes. Muy chic. Desde una de sus avenidas perpendiculares se tiene una gran perspectiva de la bahía con la isla de Alcatraz al fondo y la pronunciada cuesta por donde suben y bajan los tranvías de madera, cuya tracción es un cable subterráneo que gira constantemente. Su movimiento se alimenta con la energía cinética de los vagones que bajan y que arrastran a los que suben.

Mi siguiente destino es el edificio más antiguo de la ciudad de San Francisco. La Misión Dolores. Erigida en 1776 por los franciscanos Francisco Palou y Pedro Cambón, bajo la supervisión de fray Junípero Serra, único español con estatua en el Capitolio de Washington, propuesta por el Estado de California, quien lo considera hijo favorito al haber sido el responsable de la evangelización del territorio mediante el establecimiento de una serie de misiones a lo largo del llamado Camino Real, que termina precisamente en la puerta de este bello edificio blanco.

El Presidio es un gran parque nacional al final de Lombard Street que se asoma a la bahía. Desde su extremo se proyecta el gran puente Golden Gate. El parque es un jardín donde se alzan preciosos edificios blancos de tres alturas construidos con maderas. Son barracones militares hoy destinados a usos cívicos. A pesar del nombre, el Presidio no es una cárcel, sino una instalación militar fundada por españoles, un fuerte para una pequeña guarnición de soldados, que junto a la misión franciscana aneja constituían el elemento fundamental para la colonización del territorio de la Alta California, debida por igual y no siempre en cordial relación a militares y misioneros.

El Presidio español fue fundado en 1776, pero el viejo fuerte desapareció hace muchos años y sus terrenos se destinaron a cuartel del Ejército de los Estados Unidos, que lo usó para sus muchas campañas en el Pacífico, empezando por la guerra contra España en la que nos expulsó de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898. Hoy el urbanismo de este bello parque nacional mantiene su estructura castrense y a pesar de la lluvia ofrece un atractivo paseo hacia el pasado.

En la plaza de armas del Presidio, de forma rectangular, encuentro la señal de la calle Anza y una leyenda escrita en ella que dice que fue él quien eligió el sitio para fundar el Presidio. Y es que Juan Bautista de Anza es el verdadero fundador de San Francisco y quien trajo a sus primeros pobladores, auténticos pioneros del Oeste a los que nadie ha dedicado una película, y se la merecen, pues fueron ellos los primeros en llegar por tierra a California desde Arizona cruzando los desiertos del Colorado y el Mojave.

La Costa Oeste del nuevo continente ya se había recorrido hasta Alaska por los barcos españoles que zarpaban desde los puertos mexicanos de Nueva España, pero el agreste territorio del interior estuvo prácticamente sin hollar hasta la expedición de Gaspar de Portolá en 1768, quien al año siguiente divisaría una gran bahía natural que hasta entonces los navíos habían pasado de largo. Ninguno descubrió la estrecha entrada que hoy cruza el Golden Gate hasta que el "San Carlos" de Juan de Ayala penetró en su interior en 1775. La bahía por fin recibiría su nombre el día 28 de marzo de 1776 cuando arribó por tierra el legendario explorador Juan Bautista de Anza.

Al final del Presidio encontramos el cementerio nacional. Una colina sembrada de césped y de verticales lápidas blancas en apretada formación. En cada sepultura sólo se yergue un pedazo de mármol de pequeñas dimensiones donde está escrito el nombre y graduación del difunto. El rosario de lápidas se pierde en el brumoso horizonte. La lluvia, los frondosos árboles, la neblina y la extraña luminosidad que reverbera en todas direcciones, refractada por el vapor de agua, le dan al camposanto un ambiente espectral. Con una historia corta, USA ha construido la cohesión nacional sobre la épica del guerrero, del héroe, a quienes ha honrado con el respeto de toda la sociedad. España, por el contrario, que ha desplegado a sus mejores hombres por todo el mundo y que ha hecho de su idioma algo global, los ha olvidado por completo.

Salgo de San Francisco por el Bay Bridge encajonado en un fabuloso atasco. Viajo hacia el Sur por la 80. Es una gran autopista con mucho tráfico. Une la zona de la bahía de San Francisco con Los Ángeles. Las horas y los kilómetros pasan bajo un cielo plomizo pero sin lluvia. Sólo se trata de avanzar y quitarnos de encima esta boina de nubes que entristece el ánimo.

A partir de Bakersfield me desvío en dirección Este. El paisaje mejora en cuanto supero las estribaciones montañosas de Sierra Nevada. Aunque hace frío y niebla, al pasar al otro lado se extiende una infinita llanura y recibe un luminoso sol. Estoy en el desierto del Mojave. Supone comenzar La última danza de guerra.

El Valle de la Muerte es el punto más caliente, más profundo y más seco de toda Norteamérica. La superficie es plana y recibe mucha radiación solar, pero luego está rodeado de montañas. Se encuentra por debajo del nivel del mar. El aire pesa más por la mayor presión atmosférica, de modo que el aire caliente, que en condiciones normales tendería a elevarse, se mantiene en la superficie, denso y recalentado.

Quiero visitar el valle, pero antes dormiré acampado. Localizo un punto habilitado cerca del extremo norte del parque. Planto la tienda y dejo la moto cerca para protegerla del viento. En esta época del año anochece muy pronto. A las seis de la tarde la oscuridad es total. La ventaja son las estrellas. Se ven a millones en el firmamento. Aunque sé que no es verdad. Nuestro cerebro tiene límites a la cantidad de información que puede procesar. También está limitado el número de puntos luminosos que es capaz de detectar en una noche estrellada. Una vez leí que eran 3.000. Si la cifra es cierta, esta noche en el desierto yo contemplo todos y cada uno de esos 3.000 puntos luminosos.

Para intentar captar el momento, jugueteo con la cámara. Apunto a mi campamento y disparo. Espero y el resultado me parece muy evocador. Luego hago otra foto igual pero dentro de la tienda. Creo que he conseguido unas imágenes que dicen mucho sobre la esencia de lo que estoy viviendo. La soledad, la sencillez, la naturaleza y el infinito del universo.

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