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premio nacional a la natalidad en 1969

La gran familia de La Culata

Francisco Ojeda Artiles y Amalia Suárez Pérez, un matrimonio de San Bartolomé de Tirajana, llegó a tener 21 hijos. Y en 1969 recibió en Madrid de manos de Franco el premio nacional a la natalidad

La familia Ojeda Artiles en su casa de La Culata en San Bartolomé de Tirajana, aún faltaban por llegar dos hijos más

La familia Ojeda Artiles en su casa de La Culata en San Bartolomé de Tirajana, aún faltaban por llegar dos hijos más LP / DLP

Los hijos se sucedían como las estaciones. Con la cadencia de un reloj suizo. Y así fueron llegando hasta completar la fantástica cifra de 21 niños, Ángeles, Francisco, Amelia, Margarita, Sebastián? y no necesariamente por este orden. En realidad salvo su madre, la dulce Amalia, ninguno tiene claro el orden xacto de aparición de cada uno de ellos a su casa del barrio de La Culata en San Bartolomé de Tirajana. Entonces sólo cuando venía alguna de aquellas parteras del sur, doña Carmita Perera, o Fidelita o Leonor, los niños ya sabían que a la mañana siguiente ya habría llegado un nuevo integrante a esta gran familia.

Ángeles Ojeda y su hermano Sebastián no tienen malos recuerdos de aquella época, en realidad su mirada hacia esos años de penuria y escasez no sólo en el sur de Gran Canaria, ya ha pasado por el tamiz de mejor olvidar lo malo y en su memoria sólo aparecen las aventuras de aquella familia extra larga. El mejor regalo que podían traerles los Reyes Magos era cuando su padre mataba a un cochino y todos corrían a la mesa "con el cuchillo en la mano, para coger la mejor parte".

Cuentan que tal vez nunca disfrutaron de muchas cosas, de trajes nuevos, zapatos lustrosos, juguetes, pero sus padres hicieron todo lo posible para que "no pasáramos hambre; eso no sucedió, siempre antes de ir a la escuela, mi madre nos preparaba una taza de leche y gofio".

Su padre Francisco Ojeda Artiles fue uno de esos agricultores duros, con las manos tan curtidas, con los dedos tan fornidos que podía coger tunos sin ningún tipo de miramientos y jamás se pinchaba. Su piel se hizo tan pronto a la mala vida que ningún pincho podía traspasarla. Siempre con el sacho en la mano iba de una huerta a la otra. Entonces en el sur funcionaban los minifundios, y la gente solía tener pequeñas huertas dispersas. También podían trabajar para otros, quedándose con una parte muy pequeña de la cosecha.

En los años cincuenta y sesenta, la situación de pobreza y miseria llegaba a tal punto que algunos labradores, los que ni siquiera disponían de pequeños terrenos, pedían permiso a sus patrones para poder ir a rebuscar en los campos. Después de la recogida del grano o de las papas, hombre y mujeres recorrían los canteros tratando de rescatar aquello que se hubiera quedado olvidado en la tierra. Y con eso, con lo que se quedó atrás, hundido en algún agujero, otras familias podían comer. Afortunadamente los Ojeda Artiles también tenían animales: cochinos, cabras, baifos, alguna vaca... Por eso no les faltaba leche y en las grandes ocasiones, como las fiestas señaladas disfrutaban de suficiente carne.

Cuenta Ángeles que en la casa, sobre todo los hermanos mayores, tenían que ayudar. "Antes de ir a la escuela había que ir a darles de comer a las cabras, vigilar a la burra, recoger hierba, siempre había que hacer algo". Precisamente muchos de ellos llegaban a encariñarse con los baifos, y cada uno tenía su cabrita particular, como una especie de mascota a la que dedicaban todos los mimos. El problema y el drama se producía cuando al venir de clase alguno de los hermanos se percataba que en el corral faltaba una. Y así, muchas veces entre lágrimas, sabían que la carne que se estaban comiendo ("no podíamos hacer nada") pertenecía a la baifa que había estado cuidando con tanto esmero la pobre Margarita.

Francisco Ojeda era el encargado de poner orden, cuando se precisaba, aunque también tenía sus salidas simpáticas. "Le gustaba mucho gastarnos bromas; por ejemplo, cuando era el día de los inocentes siempre nos tenía preparada alguna. Una vez entró en el cuarto cuando estábamos durmiendo y nos dijo que se había caído el techo de los corrales, y todos salimos corriendo de la cama, como estábamos, y vimos que era una de esas ocurrencias que tenía".

Sebastián Ojeda, quien reconoce que siempre fue uno de los más traviesos, recuerda que su padre terminaba por reírse con sus trastadas: "Es que no paraba quieto, siempre estaba inventando algo, y él se reía con mis bromas".

En ocasiones, cuando se podía, el padre bajaba al pueblo, a Tunte, y compraba algunos regalos, pañuelos o playeras para todos. Ángeles se acuerda perfectamente del color de aquellas primeras playeras: "Las mías eran azules, y delante tenían una parte blanca, como de goma. Mi padre era así, tenía esas cosas. Era muy divertido, aunque también tenía su genio, y cuando se enfadaba, allí no había quien rechistara".

En realidad, Francisco Ojeda Artiles se casó dos veces. Con su primera mujer tuvo cuatro hijos, y con Amalia 17. Ante esta enorme prole no resulta extraño que en 1969 se llevara el Premio Nacional de Natalidad. Como regalo por seguir sus consignas, Franco ordenó que le construyeran una casa en el Carrizal.

Ángeles, hija del primer matrimonio de su padre, cuenta que para ella Amalia siempre fue su madre. "Nunca hizo diferencias con sus hijos, era muy conciliadora, era la que ponía paz. La imagen que tengo de ella es la de una mujer rodeada de niños. En la cocina preparando esos platos tan ricos que hacía, y a su alrededor, los más pequeños que trataban de pegarse a sus faldas".

La fotografía

Un hombre bien trajeado se acerca por el camino que lleva a la casa de Francisco y Amalia. Parece sudoroso, tal vez cansado. Entonces llegar hasta el barrio de La Culata era casi como iniciar una aventura por el lejano oeste. Sobre lentos burros se atravesaban desfiladeros y cañadas sin fin.

Esa mañana todo había sido distinto. Los chicos mayores no habían tenido que correr hasta los corrales para echar hierba a las cabras, y los más pequeños, que se pasaban el día distraídos detrás de pájaros o sombras habían tenido que soportar un baño purificador cuando no tocaba. Del armario salieron los trajes de los días de fiesta, y hasta aparecieron unos zapatos incómodos que todos, incluido el díscolo de Sebastián, tuvieron que ponerse, a pesar de las protestas iniciales. Ninguno podía salirse del guión, esa mañana estaba prohibido sentarse sobre las piedras, o darles besos a los baifos. Francisco y Amelia parecían dos extraños.

Vestidos como pocas veces los habían visto, también parecían nerviosos, tratando de evitar que su abultada trole salieran en volandas y rompiera este hechizo. A los chicos les dio la sensación de estar viviendo otra vida, aquella familia de bien vestidos y peinados no era la de ellos. Pero este trance apenas duró unas horas, hasta que la silueta desdibujada de un hombre llegó hasta la casa.

Aquel señor, medio mareado y lleno de polvo, por el vaivén de la burra y lo atravesado del camino que lo trajo hasta La Culata empezó a dar órdenes. Delante, junto a Francisco y Amelia, tenían que sentarse los más pequeños; detrás, sin moverse, los mayores. Entonces aquel desconocido sacó su cámara, la mejor de la comarca, y disparó varias veces. Para el fotógrafo de San Bartolomé de Tirajana aquel era el encargo más importante de su vida. Tenía que sacar una foto de artista. La orden había venido de Madrid y todos esperaban que aquella instantánea fuera recordada como un símbolo más, de aquellos que circulaban por aquella época. La familia de Francisco Ojeda Artiles y Amalia Suárez Pérez recibirían en Madrid el Premio Nacional de Natalidad. Y aquella imagen iba a salir publicada en todos los medios de comunicación.

Como curiosidad, en la fotografía sólo aparecen 19 chicos, y es que aún tenían que llegar dos más, hasta alcanzar la cifra de 21. Sólo entonces decidieron como en la famosa serie de televisión que con estos ya basta.

El viaje a Madrid

Unos días antes del 19 de marzo, festividad de San José, Francisco Ojeda, su mujer Amalia Suárez, y su hija Ángeles cogían por primera vez un avión que los llevaría a Madrid. Habían sido invitados a recoger el premio de la mano del general Franco. Para ellos este viaje fue una fiesta, una novedad inesperada. Desde el barrio de La Culata llegan a una capital inmensa, repleta de coches, de edificios tan grandes como montañas. Nada que ver con su realidad. Tal vez la que disfrutó más con esta aventura fue Ángeles. Quedarse en un hotel, tan diferente a su casa, dar vueltas por las calles de Madrid, visitar los monumentos más reconocidos, vestirse todos los días como si fuera fiesta. "Fueron tres días maravillosos, me acuerdo que yo me quedé en el hotel, mientras mis padres fueron a recoger el premio, e hice amistad con un hijo de otro de los premiados. Para mí fue un viaje inolvidable".

Para Francisco y Amalia estos días en Madrid fueron sólo una tregua mínima, un descanso inesperado. Aunque seguramente su cabeza siempre estuvo en su casa, en los líos que estarían formando sus hijos, en casa de los abuelos, de los tíos. Y él pensando en sus cabras, en el burro, en las huertas de abajo por las que tenía que pasar.

En un tiempo de penuria y años ruines, esta familia trató de salir adelante con dignidad. Tal vez luchando cada día para que sus hijos no vieran que sus ropas estaban viejas, que la mayor parte del tiempo no llevaban zapatos, que por las mañanas nadie podía peinarlos ni ponerles colonia fina, y que aquellos potajes tan ricos estaban hechos sobre todo con fuego, agua, algo de colorante y muchas dosis de amor.

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