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Cuando el Sur era como el lejano Oeste

Antes de la llegada del turismo, que lo cambió todo, el Sur era apenas una amalgama de caseríos lejanos, inhóspitos. Para llegar de la capital a Tunte se necesitaba tanta paciencia que parecía que aquel viaje duraba media vida. Y lo peor era cruzar por esos caminos empedrados hasta alcanzar las cuatro casas de Risco Blanco, las que había en La Culata.

Antonio Gregorio Santana, al que todos conocen en San Bartolomé como Pichi, por el perro que siempre lo acompaña en sus viajes de ida y vuelta, se acuerda de tener que quedarse en algún escondrijo, a pasar la semana, "porque no valía la pena regresar a casa. Yo vivía en Tunte y cuando trabajé plantando pinos, sólo en ir y volver caminando podías tardar como seis o siete horas. Por eso llevábamos comida para la semana y nos quedábamos en una cueva, le poníamos aulagas y encima ponías un saco y esa era nuestra cama".

El mayor problema era la comida. A medida que transcurrían los días, cada vez quedaba menos gofio con el que hacer las pellas para desayunar, merendar y cenar, al final terminaban por preparar un caldo de fideos, con agua y colorante, "y eso era lo que comíamos, hasta que el sábado dejaban que nos fuéramos a casa, y podíamos comer algo mejor, pero la vida entonces era así".

Su hermano Vicente, que hoy es sacerdote en Telde, tiene recuerdos más vagos. Tuvo la suerte de ser el pequeño de la casa y al marcharse como seminarista sufrió menos esta situación de extrema penuria. Su padre fue el famoso Juanito, el guardia, el encargado de hacer los repartos por todos los caseríos. Una de las imágenes que se mantiene con más fuerza en su mente fue cuando acompañó a su padre en uno de eso repartos. Entonces ya llevaban un camión, cargado con sacos de trigo, y en mitad del camino se encontraron con una mujer que no dejaba de llorar: "Le habían quitado la cabra que tenía, como pago a una deuda, y la pobre no dejaba de llorar; para ella aquel animal le daba la vida, se había quedado sin leche para sus hijos. Fíjate de todas las cosas que pude ver, sobre todo no se me borra esa el llanto de esa mujer".

Fueron los años de las cartillas de racionamiento, del trueque. De los hijos mayores que tenían que pasar largas temporadas con otros familiares, para aliviar la carga de sus padres, que no podían alimentarlos a todos.

Amalia también tuvo que dejar que algunas de sus hijas se fueran a pasar largas temporadas con sus hermanas en Tenerife o en San Bartolomé, y el aceite que recibían como cuota lo cambiaban por otros alimentos que llenara más. Al igual que el azúcar. Muchos vendedores recorrían los barrios ofreciendo telas, material de costura, zapatos, y cambio, se llevaban leche, queso, la mejor fruta.

Cuenta Ángeles Ojeda que lo mejor era cuando llegaba el verano. Entonces se diluía el intenso frío de las casas, y los árboles frutales aparecían repletos de higos y brevas, de naranjas. Agosto y su luz era la mejor de las delicias.

Después comenzó el despertar de Maspalomas y llegaron los turistas, los hoteles. La mayor parte de los hijos de Francisco y Amalia se dedicaron al sector servicios, como cocineros, recepcionistas, camareras. De hecho, Sebastián lleva casi cuarenta años trabajando en un hotel del sur, como uno de los más simpáticos y también inquietos jefes de barra.

El retratista de Maspalomas

Juan Franco López forma parte de esa generación de fotógrafos ambulantes, apasionados de una profesión, a la que llegan por casualidad, y que logran controlar gracias a esos cursos por correspondencia con el que aprenden este difícil arte, sobre todo con aquellas viejas cámaras, reticentes a prestar la mínima ayuda.

Tal y como recoge su biografía, el joven Juan Franco, que ya tiene 80 años, recorre con una bicicleta primero y después con una moto, todo el municipio, fotografiando a los jóvenes al salir de la misa de los domingos, después en sus largos paseos, y por la noche en los bailes que se ofrecen en aquellas entrañables sociedades. Su álbum está plagado de bautizos, bodas, actos religiosos, escenas de la vida cotidiana. Su objetivo conoce como pocos la dureza de aquellos años, el duro trabajo del cabrero, del campesino, de las parteras. De los niños descalzos con los que se cruza en el camino. Y como en un juego de magia de pronto el sur se transforma en la tierra de promisión, en el mejor lugar para salir adelante.

A partir de 1966, el famoso retratista de Maspalomas se convierte en el corresponsal del periódico El Eco de Canarias, y al desparecer este medio se mantiene como colaborador asiduo en Diario Las Palmas, LA PROVINCIA y en revistas de turismo, como Costa Canaria.

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