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PESADILLA en la "Colonia AGRÍCOLA penitenciaria"

Los olvidados del penal de Tefía

El viejo aeródromo de Fuerteventura se convierte en enero de 1954 en un campo de concentración al que envían a los catalogados como 'invertidos', en aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes

Imagen del centro, en la actualidad y de la época, donde unos cien gais de Canarias fueron enviados para cumplir penas de entre uno y tres años.

Imagen del centro, en la actualidad y de la época, donde unos cien gais de Canarias fueron enviados para cumplir penas de entre uno y tres años. PATRIMONIO DE FUERTEVENTURA

Sólo por ser diferentes, sólo por ser homosexual o parecerlo, la policía franquista podía detener a esa persona y enviarla a la cárcel o a un centro de rehabilitación. Sin necesidad de celebrar juicio alguno, los apresados eran condenados a una pena que oscilaba entre uno y tres años. Dependía de su buen comportamiento, de la aceptación sin rebelarse de las normas que le imponían en estos centros penitenciarios, para que su estancia fuera la mínima o la máxima. Entonces, la homosexualidad era considerada una enfermedad, un mal contagioso y dañino, peor que la peste, y que sólo se curaba con rezos y trabajos de esclavo. Cuenta Octavio García que cuando ve imágenes de esos campos de concentración nazis, "nada de lo que veo me extraña, salvo lo de las cámaras de gas, todo eso lo pasé yo".

La pesadilla que vivieron las decenas de homosexuales que fueron enviados al llamado "Campo Agrícola Penitenciario" de Tefía nunca desapareció de sus vidas. Con vergüenza soportaron esa carga sin atreverse, en la mayor parte de los casos, a confesar abiertamente que ellos habían estado presos en aquel campo, sufriendo la mayor de las infamias. El propio Octavio nunca fue capaz de decirle a su madre que él había sido uno de los condenados de Tefía.

En el magnífico documental La memoria silenciada, con guión de Cirilo Leal, se hace un pormenorizado repaso a lo que supuso la instalación de esa cárcel en Fuerteventura , a través de una variada gama de entrevistas, tanto a ex presos del campo como a vecinos de la zona que pudieron presenciar, siempre con cierta dosis de miedo, lo que ocurría con aquellos hombres "con la mirada más triste y vacía que jamás he vuelto a ver", así los describe Teresa Morales, ex parlamentaria socialista y que vivió su infancia entre la casa de su abuela en Tefía y Casillas del Ángel. Entre las numerosas imágenes que le quedan de aquellos años aparece la de uno de aquellos presos, al que una vecina le mete en un bolsillo un puñado de higos pasados "y aquel hombre le cogió la mano y no dejó de darles besos, fue increíble". Tampoco puede olvidar los gritos de uno de ellos, que al tratar de huir de sus guardines, sin pensarlo dos veces, se tira dentro de uno de los aljibes.

Vestidos con un mono gris, con la cabeza rapada y esa mirada huidiza, temerosa, propia de quien soporta un miedo atroz, incomprensible, tal vez porque sigue sin entender qué ha hecho, qué crimen ha cometido para que lo traten como al peor de los criminales, así iban y venían, en fila, los homosexuales encarcelados en Tefía.

Los hombres de gris

Hasta los presos políticos y los condenados por cometer pequeños hurtos, que habían sido destinados a este campo, reconocían que con ellos los guardianes no eran tan duros, con los otros, "con los invertidos era otra cosa, los trataban como a basura", así lo explica un viejo preso republicano Perfecto García, que coincidió con ellos, "me acuerdo de ver a uno de ellos, en mitad de aquel descampado, y como no paraban de darle palos".

Una de las voces más acreditadas de la mala vida, de la humillación, que sufrieron los detenidos en Tefía ha sido Octavio García. En una de las entrevistas que recoge el trabajo elaborado por profesores de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria sobre la recuperación de la Memoria Histórica de Canarias, este ex preso de Tefía recuerda perfectamente cómo fueron aquellos eternos meses que pasó en aquel infierno.

"Fue una afrenta muy grande, sin juicio ninguno, estuve detenido primero aquí en Gran Canaria, y después en el correíllo León y Castillo nos llevaron a Fuerteventura. Nos pusieron a todos amarrados, íbamos siete esposados. Y la gente nos miraba como si fuéramos terroristas, aquello fue una afrenta muy grande". A pesar del tiempo transcurrido, más de 60 años, Octavio García lo cuenta sintiendo aún esa vergüenza, al verse señalado, tratado como un criminal, cuando en realidad no había hecho nada, sólo mostrarse como era, sin más.

Cuando el barco atraca en el muelle del viejo Puerto Cabras, a estos hombres asustados los mantienen con las esposas puestas, "aguantando cinco o seis horas, bajo el sol, hasta que viene un camión a buscarnos".

Y vuelve a referirse Octavio García a las caras de la gente que pasaba y que los mira con esa mezcla entre miedo y desprecio. Sobre todo porque a los majoreros se les decía que aquellos detenidos eran lo peor, así lo cuenta alguna vecina en el documental sobre La Memoria Silenciada, "es que decían que si habían matado a los padres, que eran unos criminales". Se trata de amedrentar a la gente para que en ningún caso pudieran llegar a sentir lástima por aquellas personas.

Cuando el camión llega a Tefía, los detenidos por el simple hecho de ser gais, se encuentran con una construcción muy rudimentaria, "no había piso, ni nada, solo tierra, colocaron unas colchonetas llenas de paja, y ahí nos quedamos". Como bienvenida sólo recibieron las palabras de un militar, apodado 'la viga', ya que medía más de 1,80, y que les dijo sin ningún tipo de miramientos que allí les quitarían las ganas de seguir siendo "maricones".

La crueldad que muestran con estos detenidos no tenía límites. El objeto de su reclusión en el campo era rehabilitarlos a través de palizas, trabajo, rezos y el canto diario, mañana y tarde, del Cara al sol.

El historiador Miguel Ángel Sosa Machín es quien mejor refleja el drama de estos presos en su libro Viaje al centro de la infamia.

"Después de la Guerra Civil el aparato represivo del franquismo aprovechó las instalaciones de un aeródromo convertido en cuartel de la legión en el pueblo majorero de Tefía, para establecer una "Colonia Agrícola Penitenciaria". Allí se "re-educaron" decenas de desafectos, vagos, maleantes e invertidos, individuos socialmente peligrosos para el nuevo régimen patriotero. Dadas las características semidesérticas del terreno, lo de Colonia Agrícola podría haberse considerado un chiste, pero se trata del eufemismo que sirvió para designar un campo de concentración. En Tefía la agricultura que practicaban los presos consistía sobre todo en picar piedras y, tal vez, cultivar la esperanza de no morirse de hambre mientras cumplían sus penas".

El día a día de aquellos hombres comenzaba al amanecer con algo de instrucción y el rezo del rosario. Después se marchaban a picar piedra para la construcción de carreteras o muros, que una vez terminados, volvían a tirar, casi como en el mito de Sísifo, lo que buscaban sus guardianes es que no cesaran de trabajar, aunque su esfuerzo no sirviera para nada. También los enviaban a limpiar los terrenos de algún terrateniente que hubiera solicitado la colaboración de los presos, o a ordenar a los animales, por supuesto sin tener que pagarles nada.

Las palizas y los castigos más severos estaban a la orden del día. Uno de los escarmientos más habituales era meterlos dentro de un agujero, que podía llegarles hasta la cintura y los dejaban varias horas a pleno sol.

Teresa Morales se acuerda de ver como realizaban estos castigos. Precisamente una de las personas que más sufrió estas vejaciones fue un sacerdote que estaba allí por ser "rojo y gay".

Sólo se podían duchar los sábados y los domingos tenían que ir caminando hasta Casillas del Ángel para oír misa. Los vecinos se acostumbraron a la presencia de estos hombres vestidos de gris, con esa cara de permanente tristeza.

A pesar de las mentiras que podían circular sobre la razón por la que estaban en Tefía, sobre todo los homosexuales, al final mucha gente acabó por reconocer que aquellos "no eran ningunos vagos ni maleantes, sólo son personas como nosotros".

Comida podrida

Uno de los reclusos que más desató las iras de los vigilantes, por su rebeldía fue el grancanario Juan Curbelo, más conocido en Las Palmas de Gran Canaria como Juanito el pionero. un popular y singular personaje del carnaval capitalino. De hecho fue el que tuvo que soportar la condena más larga, tres años. Y es que Juanito siempre fue fiel a sí mismo, a su identidad. En una de las últimas entrevistas que le hicieron reconoce que aquello fue un auténtico infierno, por el maltrato de los funcionarios y la mala alimentación".

En el trabajo sobre la homosexualidad en el franquismo de Manuel Según Alonso hace referencia a las penurias de los presos de Tefía y dice que "pasaban tanta hambre que alguno se llegó a comer las cagarrutas de las cabras".

Juan Curbelo cuenta que los funcionarios les guardaban los paquetes de comida que les mandaban los familiares hasta que empezaban a oler a podrido, "y entonces nos lo daban", y aún así devoraban aquellos alimentos.

Octavio García tuvo más suerte y logró salir antes. Cuenta que en una ocasión vino un cura y preguntó si alguien podía ayudar enseñando a los demás a aprender doctrina cristiana. Él que tenía más formación que el resto y que además era católico levantó la mano. A partir de ahí, y gracias a las clases que daba a sus compañeros consiguió que el director del "Campo Agrícola Penitenciario" de Tefía entendiera que este condenado ya se había rehabilitado "de su desviación sexual" y podía marcharse.

Esta cárcel para "vagos y maleantes" permaneció abierta hasta finales de los años sesenta. Hoy el viejo aeródromo de Tefía es un ejemplar albergue que poco tiene que ver con su historia más negra. Sólo un monumento en recuerdo de los homosexuales encarcelados en aquellas instalaciones recuerda la pesadilla sufrida por un centenar de inocentes.

En 2006, invitado por la LGTB de Fuerteventura, Octavio García, que durante muchos años se negó a hablar de su estancia en esta prisión, decidió romper su silencio y recordó a todos los compañeros que como él pasaron por aquel infierno. Y tal vez como le pidió Juanito, el pionero, poco antes de fallecer, "Octavio, cuenta lo que hemos pasado para que el mundo se entere".

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