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Érase una vez en Baltimore

Si un lugar del planeta es propicio para avivar la tensión racial y los estallidos sociales es la ciudad de 'The Wire'

Érase una vez  en Baltimore

Érase una vez en Baltimore

Toya Graham, la madre coraje de Baltimore, no es De'Londa Brice. Si han visto The Wire, la obra maestra de David Simon y uno de los mejores dramas de la historia de la televisión, seguramente recordarán a De'Londa aunque sólo sea tangencialmente. Al contrario que Toya Graham, Brice presionaba a su hijo para tomar el lugar de su padre en las calles y así mantener la tradición familiar en el siniestro pero lucrativo negocio de las drogas.

De'Londa no aspiraba a ser en la ficción la madre del año. Toya, tampoco; simplemente quería arrastrar a su hijo a casa para evitar que se convirtiese como Freddie Gray en una víctima más de las tensiones raciales que se extienden por diversos lugares de Estados Unidos. El sueño de Martin Luther King no tiene su pesadilla sólo en Baltimore, la ciudad más poblada del estado de Maryland. Se trata de una ilusión interrumpida frecuentemente a lo largo de los últimos años. Desde el conflicto de la integración escolar en South Boston, a principios de la década de los setenta; los abusos de la policía de Los Angeles; la plasmación en Ferguson (Misuri), casi medio siglo después, de las manifestaciones violentamente reprimidas en Selma (Alabama), hasta el último estallido en Baltimore que ahora se propaga por otros puntos del país como si se tratase de un reguero de pólvora. El exreportero del Baltimore Sun David Simon, que ha retratado como nadie el mito moderno de la violencia urbana en su serie televisiva, fue de los primeros en alzar la voz contra los desordenes callejeros. "Si no podéis demandar cambio y enmienda sin un ladrillo en las manos, os arriesgáis a perder esta oportunidad para todos nosotros en la ciudad de Baltimore. Volved a casa, por favor", dijo el creador de The Wire. Tras dos jornadas de violencia y saqueos, con treinta detenciones y más de una docena de policías heridos, la calma ha llegado.

Alguna vez, Simon ha comentado que la impresión que algunos puedan haber sacado de él, de si se trata de un antisistema por mostrar los diferentes estratos de la corrupción en The Wire, es falsa. No ha perdido la oportunidad de repetir que sin instituciones no se puede hacer nada en este mundo. Se necesita una policía y hasta un ejército (Generation Kill), el problema es cuando las instituciones se corrompen y convierten en vulnerables a sus propios excesos. No recuerdo si lo dice exactamente así, pero es algo parecido.

Tampoco resulta difícil extraer este tipo de conclusiones si uno se detiene a analizar la afilada radiografía que la aclamada serie de televisión ofrece sobre Baltimore y que Simon ya empezó a pergeñar en The Corner. Si algún lugar del planeta es propicio para avivar la tensión racial y promover fuertes estallidos sociales es la ciudad en la desembocadura del Patapsco, envuelta en una bolsa de marginación y con unos índices de delincuencia muy por encima de la media en Estados Unidos. Un lugar donde la vida se ha encargado de distribuir entre sus habitantes un inquietante reparto de las oportunidades que se traduce en eso que a veces llamamos injusticia.

Rebobinen al principio de The Wire. Un policía blanco y un hombre negro conversan a la vez que contemplan un cadáver. "¿Cómo se llamaba ?", pregunta el policía. "Moco", responde el hombre. "¿Moco?", insiste. "Mocarro", aclara el otro. "¿Le gustaba el nombre?". "¿Cuál?. "Mocarro". "Así le llamábamos". Comenta el policía: "Su madre le bautiza, y un gilipollas, en lugar de darle un kleenex, le llama Moco. No parece justo". "La vida es así", concluye el negro.

Y así, por lamentable que parezca, es la vida.

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