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El recuerdo del boicot a los Juegos de Moscú acecha al Mundial 2018

Blatter y Putin, tras la elección de Rusia como sede del Mundial de 2018 de fútbol.

Blatter y Putin, tras la elección de Rusia como sede del Mundial de 2018 de fútbol. R. NOVOSTI / REUTERS

Cuando Chuck Blazer, miembro del comité ejecutivo de la FIFA desde 1997, fue detenido por el FBI para que explicara la procedencia de su fortuna, el estadounidense tiró de su habilidad para hacer negocios: empezó a contar todo tipo de corruptelas, dibujadas por el organismo internacional que rige el negocio del balompié, para evitar acabar en la cárcel.

En la confesión de Blazer, cuyo parecido con Karl Marx es evidente, apareció el nombre de Rusia y la elección del país como sede para el Mundial de 2018 como paradigma de negocio sucio. Y ahora, semanas después de la detención del ejecutivo futbolero, Joseph Blatter ya no preside la FIFA, varios miembros del comité internacional descansan en la cárcel y la posibilidad de que Rusia -y Qatar- no organicen los torneos de 2018 y 2022 cobra peso en el mundo futbolero.

Ante esa posibilidad, tras ser señalado por llevar a cabo una serie de supuestos sobornos para organizar el Mundial de 2018, Rusia ha vinculado esa acusación con el batallón de sanciones que Estados Unidos y la Unión Europea han comenzado a ejecutar contra los intereses rusos a cuenta de la guerra civil que azota Ucrania.

Perder la organización del Mundial 2018 dejaría al país que preside Vladímir Putin sin una jugosa bolsa de dinero. Además de perder el retorno a la inversión realizada para la mejora y construcción de infraestructuras -estadios, aeropuertos, hoteles y servicios de transporte-, Rusia dejaría de ingresar una cantidad enorme de dinero si no es sede de un torneo, que en su última edición -Brasil 2014-, generó un impacto económico asociado de unos 63 mil millones de dólares.

El conflicto del fútbol, con epicentro en Zúrich (Suiza) -donde está la sede de la FIFA-, recuerda al boicot que Estados Unidos ejecutó en 1980 a los Juegos Olímpicos que se celebraron en Moscú. Con la Guerra Fría aún vigente, el país norteamericano decidió no enviar a sus deportistas a la cita deportiva que organizó la URSS como medida de protesta por la invasión -dos años antes-, por parte de las tropas soviéticas, de Afganistán.

Estados Unidos, con Jimmy Carter en la presidencia, consideró que la intervención militar soviética era una invasión y violaba el derecho internacional, motivo por el que decidió que el equipo olímpico norteamericano no asistiera a los Juegos de Moscú -primera sede comunista de la historia-. Y para que su orden se cumpliera a rajatabla llegó a amenazar con la retirada del pasaporte a cualquier atleta de su país que decidiera acudir a la URSS por cuenta propia.

Guerra Fría en el deporte

Al boicot propuesto por Estados Unidos se unieron, meses después, diferentes aliados del gigante norteamericano en la Guerra Fría. Así, países como la República Federal de Alemania (RFA), Canadá, Japón, Turquía, Corea del Sur, Israel, Egipto, Arabia Saudí, Argentina o Chile -los dos últimos bajo regímenes dictatoriales fascistas- también renunciaron a participar en los Juegos Olímpicos de 1980, una cita a la que, al final, faltaron 65 estados, de los que entre 45 y 50 -según estimaciones del Comité Olímpico Internacional (COI)- lo hicieron por plegarse a la iniciativa estadounidense.

Cuatro años después, la URSS le devolvió el golpe a Estados Unidos. En 1984, Los Ángeles fue la ciudad elegida por el COI para albergar los Juegos de la XXIII Olimpiada. El régimen soviético argumentó que no existían garantías de seguridad suficientes para sus deportistas y, dos meses antes de la gala inaugural de la cita, renunció a enviar a sus atletas a California. Además de la URSS, los países del Bloque del Este -a excepción de Rumanía y Yugoslavia- también boicotearon la elección de la sede norteamericana.

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