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Antonio Pérez colecciona genios

Dice que tiene buen ojo para distinguir a los artistas. Por eso su lista de amigos está plagada de nombres ilustres. Entre los que más admira: Millares y Saura, dos figuras clave en su vida

Siempre le gustó detenerse en el camino y recoger objetos: latas vacías de pimentón dulce, juguetes rotos, alambres teñidos de herrumbre. Sus bolsillos de chico de pueblo estaban llenos de extravagancias, de cosas singulares. Tesoros aún por descubrir que Antonio Pérez, con el tiempo, se ha encargado de transformar en un gran museo. La vida de este incansable recolector resulta tan atractiva, tan sugerente, que no parece real. En realidad, Antonio Pérez, como lo definió su amigo Juan Marsé "bien podría llevar un saco de sorpresas a la espalda y aromas de pino en sus pantalones de pana: en su voz persiste el musgo ambiguo de la infancia y cultiva la capacidad de encantamiento".

Con esas dotes de mago sin chistera no sólo ha sabido ver objetos valiosos donde otros apenas veían desechos, Antonio Pérez es sobre todas las cosas un gran coleccionista de amigos ilustres. Como prueba sólo hay que acercarse a la Fundación que mantiene en Cuenca, la ciudad encantada en la que empezó todo, y disfrutar con la colección de obras que tiene de Manolo Millares y Antonio Saura, dos de sus grandes amigos.

El 'Andarríos'

Hijo pequeño de un comerciante de Sigüenza, que recorría los pueblos vendiendo sus productos, Antonio heredó de su padre el gusto por explorar nuevos caminos, pero no quiso seguir con la tradición familiar. Se marchó a Madrid a estudiar Filosofía y Letras y sobre todo llegó a la capital dispuesto a practicar una de sus grandes aficiones: coleccionar nuevas amistades.

"Entonces era fácil tocar en la puerta de la casa de Pío Baroja, por ejemplo, y que te dejara entrar. Me acuerdo perfectamente, me abrió una señora mayor, vestida de negro, le dije: soy Antonio Pérez, y quería hablar con don Pío Baroja".

En aquel Madrid de los años cincuenta, tiene la suerte y la osadía de poder conocer a los intelectuales más destacados. Sin excesos, de forma sencilla, aquel joven Antonio acude a tertulias literarias, en lugar de intervenir, de llamar la atención, él prefiere escuchar, quedarse con los detalles y mirar. Después ya habrá tiempo de hacer visitas, de mantener charlas más sosegadas o simplemente de quedarse callado mientras Pío Baroja, Azorín, o Hemingway, al que también conoció, le hablaban de sus cosas a un joven tan curioso.

En 1957 decidió lanzarse a la aventura de recorrer los ríos de España. Como guía de viaje llevaba una pequeña libreta encuadernada en cuero en la que apuntaba sus descubrimientos. También solía pedir a las personas que encontraba en el camino que le hicieran algún dibujo. Así llega a Cuenca y le dicen que en la ciudad encantada también están pasando unos días dos jóvenes artistas. Sin dudarlo, llega ante la casa de Antonio Saura y toca en su puerta. Una vez más se presenta y lo invitan a entrar.

Saura, uno de los integrantes del grupo El Paso, compartía horas de conversación y trabajo con otro colega, Manolo Millares. Antonio Pérez se queda con ellos tres días. Tiempo suficiente, para que este experto recolector termine por formar parte de aquel grupo de notables dedicados a crear y promover el arte.

"Aquel encuentro fue muy importante para mí. No sólo han llegado a ser dos de mis mejores amigos, junto a Marsé y Alejo Carpentier, sino que años después, decidí crear esta Fundación, con dos salas dedicadas a ellos, en Cuenca, donde comenzó todo".

Lo que llama poderosamente la atención de Antonio Pérez es la capacidad que tiene para congeniar con grandes pintores, escultores y escritores. Y precisamente fruto de esa buena relación también ha logrado reunir una gran cantidad de obras valiosas. "Reconozco que mi amistad con muchos de ellos se produjo cuando empezaban, y tengo cuadros y dibujos que me regalaron de sus primeros años".

La relación con Manolo Millares se mantuvo hasta el final. En aquellos tiempos era habitual cartearse con los amigos, para saber por dónde andaban, qué hacían, y también para contarse algún que otro cotilleo. De hecho Antonio Pérez ha publicado un pequeño libro en el que recopila las cartas que recibió del pintor grancanario.

El pintor tímido

Los amantes de la obra de Manolo Millares tienen una cita en Cuenca. La Fundación de Antonio Pérez mantiene en la ciudad encantada la mayor colección de obras del artista grancanario que se puedan imaginar.

Es sin duda la estrella del museo. Contiene 21 arpilleras de gran formato y obras sobre papel, todo ello cedido en depósito a la Fundación por Elvireta Escobio y sus hijas Coro y Eva Millares. Algunas de esas arpilleras han sido cedidas como préstamo a museos de ciudades como Tokio, Nueva York o Seúl.

La Fundación presume de contar con la mayor colección de obra del pintor grancanario que se puede ver en el mundo. Llama la atención uno de sus últimos cuadros, en lugar del negro habitual, de ese color denso y rotundo que favorece el efecto dramático que pretende lograr, esta obra, fechada en 1971, un año antes de su muerte, contiene dos colores: el blanco y el rosa palo. Para Antonio resulta curioso que a medida que su vida se fue apagando en lugar de seguir apostando por la dureza de los negros, empieza a sacar de la paleta los colores más claros. Como bien dijo un crítico portugués de arte, al final en la obra de Millares "triunfó el blanco".

Cuando alguien piensa en sus mejores amigos siempre suele detenerse en unos pocos, tal vez cuatro, cinco, no más. Para Antonio Pérez, este coleccionista de arte de 81 años, entre estos elegidos estará siempre Manolo Millares. "Él era una persona tímida, un gran intelectual, y un trabajar incansable. A pesar de haber vivido tan poco, dejó una obra inmensa". En Madrid, Millares y Saura llegaron a convivir en el mismo edificio, "creo que uno vivía en el tres y otro en el dos. Lo simpático es que cuando se enfadaron, a veces me quedaba a dormir en casa de uno y al día siguiente en la casa del otro".

Un año después de este primer encuentro en Cuenca, el inquieto Antonio Pérez decide, como la mayor parte de intelectuales españoles, contrarios al régimen, marcharse a Francia. En 1958 llega a París con muy poco dinero pero con una lista enorme de nombres y direcciones de artistas que pueden acogerlo. Su amigo Antonio Saura consigue que le den trabajo como friegaplatos. Esa etapa la recuerda con cariño, y mucha nostalgia. A pesar de las dificultades económicas logra reunir dinero suficiente para comprar libros, y siempre está dispuesto a presentarse en casas de aquellos nuevos compañeros de fatiga en los que se ofrecen cenas y conversaciones entretenidas.

París es el centro del mundo. Por allí pasean, viven y trabajan Alejo Carpentier, Julio Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Marsé. Los nombres resultan tan ilustres que en realidad sólo dan ganas de sentarse en uno de los bancos que dan al Sena y esperar a que pasen.

Antonio Pérez va de un sitio a otro. Traba una gran amistad con Alejo Carpentier, y con Juan Marsé. Junto a otros compañeros logra sacar adelante una editorial reconocida en aquellos tiempos Ruedo Ibérico.

Cuando Antonio conoce a Vargas Llosa sólo había publicado un libro de cuentos en Barcelona: "era un novelista inédito y trabajaba en la radio de Ramón Chao, el padre de Manu Chao. Me dio a mí La ciudad y los perros, su primera novela para que se la publicara en Ruedo Ibérico. Se la entregué a José Martínez y a Tuñón de Lara, pero pasaban los meses y no acababa de ir a la imprenta. Yo me cabreé con Martínez, y se la di a Carlos Barral". El gran editor de muchos de los mejores libros de Literatura hispanoamericana.

La vida de este editor y ahora coleccionista de arte está plagada de anécdotas curiosas y de pequeños y grandes acontecimientos que hacen grande su memoria. Merece la pena visitar la Fundación que mantiene en Cuenca, un museo con 4.000 obras, otros tantos miles de objetos y la pasión de un hombre de 81 años por seguir recolectando objetos y amigos.

Antonio Saura lo describió como "el mejor mirador que conozco, el mejor descubridor de objetos, el mayor coleccionista de objetos encontrados". Y un gran encantador de genios.

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