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historia

Aquel espantoso día en Waterloo

Bernard Cornwell recrea en un ensayo histórico apasionante, riguroso y cargado de interés humano la complejidad de una batalla en la que chocaron por primera vez los genios de Napoleón y Wellington

Portada de 'Waterloo'.

Portada de 'Waterloo'. LP / DLP

¿Se puede escribir un libro de historia que se lea como si se tratara de una electrizante novela sin dejarse el rigor por el camino? Sin duda: Waterloo (con el intrigante subtítulo de "La historia de cuatro días, tres ejércitos y tres batallas") es una prueba irrefutable de que es posible. Claro que el autor viene avalado por una trayectoria como novelista capaz de convertir episodios históricos en ­narraciones donde la ficción y la realidad se cruzan con armoniosa coherencia. Al londinense Bernard Cornwell le debemos series tan notables como la dedicada a Richard Sharpe, la trilogía formada por Arqueros del rey, La batalla del Grial y El sitio de Calais o la tetralogía sobre Starbuck, ambientada en la guerra civil americana, sin olvidar sus Crónicas del Señor de la Guerra o el ciclo sobre la confluencia de sajones, vikingos y normandos. A pesar de tan prolífica carrera, Cornwell no baja nunca el listón de calidad, lo que ha hecho de él un maestro de la narrativa histórica y de aventuras.

El 18 de junio se cumplió el bicentenario de un "espantoso día". Cornwell decidió pasarse al ensayo por primera vez siendo consciente de que "es uno de los choques militares más estudiados y que más ríos de tinta han hecho correr a lo largo de la historia". Aunque, matiza, "es muy probable que el duque de Wellington estuviera en lo cierto al señalar que un hombre puede referir con tanta pasión lo que sucede en un baile como los pormenores de una batalla. Todas las personas que asisten a un baile nutren recuerdos distintos de lo acontecido, unos dichosos y otros decepcionantes".

Hay un hilo conductor en los cientos de testimonios conocidos "en el que todos concuerdan. Napoleón embiste contra el flanco derecho de Wellington en un intento de atraer las reservas de efectivos del duque a esa zona del campo de operaciones, y después lanza un ataque masivo contra el costado izquierdo de las fuerzas inglesas. Pero esa ofensiva fracasa. El segundo acto es el del tremendo asalto de la caballería napoleónica sobre el centro derecha del Ejército del duque, y el tercer acto, en el que irrumpen por el lado izquierdo de la escena los prusianos, es ya una última acometida a la desesperada cuya protagonista es la hasta entonces imbatida Guardia Imperial". A esta trama principal pueden añadirse "los argumentos secundarios de la arremetida contra la granja de Hougoumont y la toma de la Haye Sainte. Como marco narrativo, esta estructura tiene cierto mérito, pero la batalla fue mucho más compleja de lo que alcanza a sugerir esta sencilla sucesión de episodios".

Y aquí nace el interés del autor por aportar su grano de arena: "A los hombres que intervinieron en ella no les pareció en modo alguno simple, ni explicable, así que una de las razones que me han impulsado ha sido la de tratar de transmitir al lector la sensación que debieron de tener ese confuso día todos cuantos se hallaban en el campo de batalla. Quienes lograron sobrevivir a ese maremágnum debieron de quedar sin duda pasmados ante el argumento de que, en realidad, el choque de Waterloo no había sido tan importante, y de que, aun en el caso de que hubiera ganado, Napoleón habría seguido teniendo enfrente a un abrumador bloque de enemigos y sucumbido en último término a su empuje". Esto puede ser verdad, "aunque no podamos abrigar la certeza de que ése tuviera que haber sido por fuerza el curso de los acontecimientos. Si el emperador hubiera conseguido abrirse paso y superar la cresta del Mont-Saint-Jean, rechazando a Wellington y obligándole a emprender precipitadamente la retirada, todavía habría tenido que vérselas con los poderosos ejércitos de Austria y Rusia, que ya marchaban sobre Francia. Y sin embargo, no fue eso lo que sucedió. Napoleón se vio frenado en Waterloo, y eso es justamente lo que confiere significación a la batalla. Constituye un punto de inflexión histórico". Hay batallas que no cambian nada, pero "Waterloo lo modificó prácticamente todo". Waterloo, el libro, tiene munición de sobra para fascinar: intriga, suspense, drama, comedia (cruel), horror, honor, cobardía, coraje, miseria y gloria. Y el primer enfrentamiento entre dos leyendas: Wellington y Napoleón. Un caramelo endemoniado para cualquier escritor.

Napoleón rumiaba la derrota en su exilio de Elba. Francia era una monarquía de nuevo y en Viena la diplomacia intentaba conseguir un tratado que pusiera fin a las guerras en una Europa devastada tras veintiún años de sangre y destrucción. Cuando regresó al continente para recuperar su poder, el choque con su gran e invencible enemigo era inevitable. Esa colisión de inmensos talentos militares (aunque Wellington siempre vio la guerra con malos ojos) es núcleo del libro de Cornwell, y el autor se afana en que ambas figuras estén construidas con tal viveza de datos y rasgos que se convierten en seres de carne y hueso, matizados al máximo tanto en sus luces como en sus sombras. Pero el libro es, también, una ejemplar demostración de agilidad narrativa a la hora de extender el mapa de unas horas complejísimas desde el punto de vista de la estrategia militar, y, como complemento decisivo, una crónica apasionante y desgarradora de la batalla contada en primera línea con los testimonios de muchos de sus protagonistas anónimos.

Como bien reflexiona el autor, "es imposible referir los acontecimientos de una batalla, por la sencilla razón de que hay demasiados y de que se entrelazan de forma tan estrecha que resulta inviable detectar y separar los diferentes cabos que permitirían desenmarañar el ovillo. Para algunos de los hombres que intervinieron en ella, el choque era simplemente una borrosa barahúnda, una jornada de terror en la que apenas tuvieron oportunidad de ver nada salvo una gran humareda". Había batallones que no sabían siquiera dónde estaba el enemigo y que "únicamente acertaban a distinguir la dirección en la que podían hallarse por los destellos de las descargas de los mosquetes, que iluminaban ese humo y les señalaban la zona a la que debían disparar". Ese caos, esa zozobra permanente, ese no saber dónde estás ni dónde te espera el peligro, está descrito por alguien curtido en mil batallas literarias previas, y el resultado es fascinante: el lector tiene la sensación de estar metido en pleno combate viendo y sintiendo lo mismo que los soldados.

La gran pregunta no es quién ganó sino quién perdió: Napoleón. Tanto Wellington como el mariscal prusiano Blücher "dieron una lección de liderazgo: sus hombres podían verles y se sentían animados por su presencia, pero Napoleón dejó la dirección de la batalla en manos del mariscal Ney, quien, pese a ser un hombre extremadamente valiente, apenas hizo otra cosa que empujar a las tropas y lanzarlas contra el más hábil de todos los generales defensivos de la época. Los franceses tenían tiempo y hombres suficientes para romper las líneas de Wellington y sin embargo fracasaron". Ese fiasco se debió en parte al hecho de que "el duque defendió sus posiciones de un modo extraordinariamente inteligente, y en parte también a la circunstancia de que los franceses no supieron coordinar un ataque con todas las armas de su Ejerció, abatiéndose simultáneamente sobre las líneas aliadas. Además, retrasaron el inicio de la batalla en una jornada en la que Wellington rezaba para conseguir justamente eso: ganar tiempo".

El libro está repleto de historias fascinantes, como la de John Shaw, cabo de caballería de la Guardia de Corps británica "de enorme estatura y fuerza aterradora que en la vida civil se había dedicado a boxear con los puños desnudos. Algunos de sus camaradas dicen que al cargar con su regimiento se hallaba borracho como una cuba, aunque eso no le impidió liquidar a siete coraceros. La última vez que lo vieron tenía la espada partida en dos y se valía del casco a modo de maza. Falleció en la batalla". Algunas son casi cómicas: "Un joven prusiano escribió una carta a sus padres en la que destaca, entre otras cosas, esta frase: ¡Decidle a mi hermana que no me lo hice en los pantalones!".

Pocos relatos tuvieron final feliz en aquella jornada sangrienta. El día anterior, un comandante irlandés de 34 años escribió una carta a su esposa, al igual que otros muchos soldados: "Amada Mary, debo reiterarte lo tranquilo que he de morir, si es mi destino caer. No podemos, amor mío, morir juntos. Uno u otro han de ser testigo de la pérdida de lo que más amamos en el mundo. Que nuestros hijos sean tu consuelo, mi amor, mi Mary". El comandante Arthur Heyland fue uno de los miles de soldados aliados y franceses que murieron en Waterloo.

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