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Cuando César Manrique recorrió Nueva York

Para Eduardo, el regalo que le hizo su tío fue inolvidable: durante cinco horas visitó con él lo mejor de la ciudad

César Manrique trataba de regresar de Isla Margarita en Venezuela hasta Lanzarote, pero el avión hacía una larga escala en Nueva York, lo que obligó al pintor a esperar varias horas en el aeropuerto. Había sufrido el derrame en un ojo y se sentía desvalido, incómodo y maltrecho. Eduardo Manrique, sobrino del artista, se encontraba en Estados Unidos tratando de recorrer galerías de arte, ver lo que se estaba haciendo y también mostrar sus diseños como escultor. Su tío siempre le había recomendado que visitará ese país, cuando él vivió allí en la década de los sesenta tuvo la suerte de codearse con los más grandes de ese momento.

El padre de Eduardo lo llama y le cuenta que César tiene previsto pasar por Nueva York, a partir de ahí el sobrino trata de idear un plan alternativo para que la estancia de Manrique resulte más placentera, sobre todo en las condiciones en las que se encuentra, con esa pérdida de visión en un ojo, está seguro que le gustará salir del aeropuerto y pasar un día distinto.

Eduardo Manrique se encontraba viviendo en casa de un amigo, Miguel Gazcón, que por casualidades de la vida tenía un deportivo rojo. Lo convence para que acudan en ese coche a recoger a César al aeropuerto John F. Kennedy.

"A mí tío le gustaban mucho los coches, y creí que poder recorrer Manhattan dentro de aquel deportivo le alegraría".

Ya en el aeropuerto tardan en dar con César, hasta que al final cerca del aparcamiento lo ven solo, con semblante triste. El derrame en el ojo lo había dejado cabizbajo, preocupado. Apenas eran las 10 de la mañana de un frío mes de enero de 1991 y el avión del artista lanzaroteño salía a las cinco de la tarde. Disponían de unas horas para dar un largo paseo y alegrar el semblante de César.

Recorren varias calles, Manrique va contando anécdotas de sus días en Nueva York, del piso que compartió en la 2Avenida. Se detienen en el Soho. Hablan de arte, de figuras, de gente famosa, de fiestas. Llega la hora de comer y César los lleva a uno de esos restaurantes espectaculares, en los que el placer no está en la comida sino en la gente, en los personajes que se pueden ver de cerca, a dos palmos, dos mesas más allá. Aquella comida fue sobre todo un gran festín para la mirada.

Llega el momento de volver al aeropuerto. Eduardo quiere que su tío se quede, que visite a un viejo amigo suyo que puede mirarle la vista pero César se siente más seguro con su médico de siempre, con el oftalmólogo Alfredo Matallana, que lo espera en Madrid.

El momento de la despedida es especial, así lo recuerda el sobrino del artista lanzaroteño, "mi tío quiso agradecerme mi dedicación, el tiempo que estuve con él, incluso insistió en dejarme algo de dinero, pero yo siento que fue al revés, fue él, con su compañía, con las cosas que hicimos durante esas horas, el que me hizo un gran regalo, de los que no se olvidan".

De hecho, semanas después en una entrevista en Lanzarote, César Manrique mencionó la atención que tuvo su sobrino con él, en un momento en el que se sintió tan mal, tan desamparado.

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