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La joyería, casi por casualidad

Helena Rohner nació en Las Palmas de Gran Canaria y hasta los dieciséis años vivió en Telde. Aun sin tener claro su futuro pasó dos años en Ginebra y después se fue a Florencia a estudiar Políticas. Y así como pasan las cosas, quiso inscribirse en un taller de fotografía pero como no quedaban plazas se apuntó en el de joyería. Ahí empezó con el gusanillo. Pero su padre, un empresario suizo, con los pies en el suelo, no quería que su hija fuera tan sólo una artista, "aunque a él le pasó lo mismo, se dedicó a los negocios, pero en realidad lo que le gustaba era hacer marionetas de madera".

Rohner se va a Londres y se matricula en la Universidad para hacer la carrera programada, pero por las noches las aprovecha para seguir con sus cursos de joyería. El diseño ya estaba metido tan dentro, que resultaba irremediable que se dedicara a esta apasionante profesión.

Helena conoce a grandes maestros dentro de este mundillo selecto, aprende de ellos y poco a poco va incorporando a sus piezas ese toque de elegancia. Sus líneas puras, los materiales más diversos, los colores con los que había visto teñir las telas a su madre.

Cansada del ajetreo y del frío de Londres decide dar un salto y se instala en Madrid. El punto medio más cercano entre Canarias y el resto del mundo.

Y en busca de calidad de vida, bucea de manera insistente hasta que lograr encontrar una casa que transforma en un hermoso taller. Desde hace 18 años trabaja en un local de la Cava Baja en el barrio madrileño de La Latina, donde ofrece a su variada clientela mucho más que joyas.

Reconocida a nivel internacional, ha recibido numerosos premios entre los que se encuentran la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes y el IED Design Award al mejor proyecto de joyería contemporánea. Sus joyas, elegantes y atemporales, combinan la plata y el oro, con materiales tan sorprendentes como la porcelana, la madera, piedras semipreciosas y hasta vidrio de Murano. Su lista de clientes es infinita: tiendas y joyerías como Tomorrowland en Tokio, Paul Smith en Londres, Trastornados en Las Palmas, Berris en San Sebastián. También mantiene acuerdos con museos como la Tate Modern y el Victoria Albert en Londres, Miró en Barcelona, el Guggenheim en Bilbao o el Thyssen Bornemisza en Madrid, lugares emblemáticos en los que se pueden adquirir sus diseños. Y no todo son joyas, Helena Rohner extiende su potencial, busca nuevos encuadres, otros elementos. Sus creaciones se disparan a otros campos. De su mente salen originales vajillas, lámparas, jarrones, juegos de té realizados para compañías tan prestigiosas como Georg Jensen, Kahler, Bodum y Munio.

Desde aquella primera pieza, un anillo triangular unisex, que aún se vende en sus tiendas, el camino ha sido largo y sobre todo intenso.

Helena Rohner reconoce que lo más complicado es mantenerse, "lo fácil es llegar, sorprender, dar un pelotazo, lo difícil es mantenerte en una línea, seguir ahí arriba, con innovaciones pero con ese sello de identidad".

Precisamente hace unas semanas se publicaba una obra de la editorial Turner en la que se recoge la trayectoria profesional de esta diseñadora grancanaria.

Sus piezas se cotizan al alza, y en varias guías extranjeras aparece la dirección de su taller, su tienda. Por eso no resulta extraño que por las tardes, extranjeros con un mapa en la mano busquen por el barrio de La latina de Madrid el lugar exacto en el que poder comprar unas joyas con la delicadeza de Rohner.

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