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¡Al agua, patos! con Chuck Berry

Veterano ídolo juvenil, el músico de San Luis marcó los pasos de toda una segunda generación de estrellas del rock

Chuck Berry y Keith Richards, durante el rodaje del documental "Hail! Hail! Rock'n'Roll". LP/DLP

Por la memoria del rock and roll desfilan momentos prodigiosos. Uno de ellos captura como ningún otro la inmersión de un artista en el baño de influencia que ha recibido. Por ejemplo, Keith Richards tocando Carol en San Luis hace treinta años junto a Chuck Berry. La forma en que este último lo dirige frente al público, le guía y enseña cómo hacer las cosas jamás podría haberse producido si el veterano stone no hubiera sentido la veneración que sentía por el anciano que murió la pasada semana a la edad de noventa años: un maestro de la invención que sopló todas las velas de la tarta, el blues, el country y el rock, hasta hacer de ello un estilo propio e inconfundible en la historia de la música popular.

Años antes del episodio de San Luis, tentado por ese mismo arrobamiento hacia el maestro, Richards se había atrevido a empuñar la Gibson ES-355 de Berry cuando este se encontraba fuera de su camerino. Apenas había arrancado las primera notas, Berry regresó y le gritó: "Nadie toca mi guitarra", a la vez que le golpeaba en el rostro.

Chuck Berry tenía derecho a ciertos privilegios. Fue un pionero en darle la vuelta a todo aquello. Se estrenó en las listas de éxitos antes de que lo hiciera Elvis. Obtuvo su primera gran hit en 1955 con Maybellene, algo de rythm&blues y un buen mordisco de rockabilly. ( Maybellene, why can't you be true /Oh Maybellene, why can't you be true? ). Ya entonces tocaba una Gibson de color cereza y predicaba su devoción por las chicas y los automóviles en las letras de sus canciones. Era un tipo resultón que vestía chaquetas llamativas y presumía de cabellera poblada. Bob Stanley, autor de una de las mejores historias sobre el pop, escribió algo lo suficientemente acertado como para entender el lugar de donde partía nuestro personaje: "Su forma de presentar la experiencia del rock and roll desde el prisma de los adolescentes de carne y hueso era tan precisa y tan vívida que parecía como si la hubiese planeado de antemano y la vida real se hubiera limitado a seguir sus indicaciones".

Se inspiraba en los viejos tiempos, T-Bone Walker, y sin embargo renegaba de ellos en sus letras, lo que servía para ganarse a los más jóvenes. Lo hizo desde el primer momento siendo un viejo, porque a Chuck Berry las primeras generaciones que se interesaron de verdad por la música popular en este país lo empezamos a escuchar cuando ya había cumplido los cincuenta años. De hecho, empezó a tocar cuando tenía treinta y una capacidad innata para echarles el guante a las jovencitas de la primera fila. Sus canciones eran tan penetrantes como sus ojos castaños, y se llegó a decir de ellas que equivalían en sonoridad a los alerones puntiagudos de los cadillacs. Escuchándolas cualquiera se hallaba viajando a tumba abierta por una autopista en un coche enorme: los cambios de velocidad eran los potentes riffs de su guitarra.

Era un hombre orgulloso y difícil. También, un genio de la música popular. "Si hubiera que darle al rock and roll otro nombre, se llamaría Chuck Berry", dijo en una ocasión John Lennon.

Lennon, como Richards, Bob Dylan o los Beach Boys, fue uno de los innumerables miembros de la segunda generación de músicos blancos que comprendieron la inmensidad de su deuda con Berry. Su música no habría sido posible sin él.

Cuando los Beatles tocaban en los clubes de Liverpool y Hamburgo, gran parte de su repertorio eran canciones suyas. A cualquier guitarrista no le vendría mal empezar por Little Queenie, Nadine, Jo Jo Gunne o Sweet Little Sixteen.

"Se compone lo que el dólar ordene", solía decir de sus canciones. Siendo antipático gozaba de grandes simpatías. Tengo aún su imagen grabada de Wembley, en 1972, mientras daba sus saltos de pato en My Ding-A-Ling.

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