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VIAJES

Nueva York, de cuadro en cuadro

El Metropolitan, uno de los mejores museos generalistas abierto en 1902,es una fundación privada con mecenazgo de ricos americanos

Una sala del Metropolitan.

Una sala del Metropolitan.

Llego, llegamos, somos dos parejas, con retraso a Nueva York para estar cuatro días. Mi plan es revisitar alguno de los museos en los que ya he estado, conocer uno más y pasear por la ciudad. Nos hacen esperar en la cola de inmigración más de tres horas en unas instalaciones "tercermundistas" aunque suene a oxímoron.

El servicio de transporte hasta el hotel que teníamos contratado no nos ha esperado y debemos ir en un taxi desvencijado y caro hasta nuestro destino a donde arribo mareado. Esperemos que al final todo esto valga la pena.

A Nueva York, capital del mundo, se viene por muchas razones. Conozco a quien viene a comprar zapatillas de deporte y camisetas. Otros a ver espectáculos teatrales. A mi me gusta visitar museos y pasear, y hay recorridos muy curiosos o atractivos: la Quinta Avenida, Times Square, Central Park, el puente de Brooklyn o el ferri gratuito hasta Staten Island, por citar algunos de los que pienso recorrer. Tenemos poco tiempo y quiero hacer visitas rápidas a los museos ya vistos, y paseos plácidos por las zonas ya conocidas.

Voy primero al Metropolitan, el MET, uno de los mejores museos generalistas del mundo. Cogemos el metro, estamos alojados cerca de Times Square, hasta la estación del Museo de Historia Natural, precioso pero que no tengo tiempo de volver a ver, cruzamos Central Park para ver el obelisco egipcio que allí luce, una de las "agujas de Cleopatra", y ya en la Quinta Avenida abordamos el museo por su puerta principal (Quinta Avenida con la calle 82).

Me quedo de nuevo admirado de todo lo que ofrece: arte de todas las partes del mundo y de todas las épocas. Fundado a finales del XIX por un grupo de amigos, el edificio actual se abrió en 1902, sigue siendo, como todos los que voy a ver en esta ciudad, una fundación privada construida a base de mecenazgo de los ricos americanos que en esto son bastante más generosos que los de otras latitudes.

A la entrada se paga lo que se quiere. "Sugieren" 17 dólares para los senior, que es lo que abonamos pero podríamos entrar gratis con un poco de caradura. He venido a ver todo lo nuevo que hay desde mi última visita, que es mucho porque el MET muestra una vitalidad enorme: la galería de Artes de Corea, las del antiguo Oriente Próximo que se reabrieron al público tras una renovación, igual pasó con toda la colección de arte griego y romano, se inauguraron nuevas galerías de arte norteamericano y nativo de América del Norte, así como las nuevas salas de pintura y escultura de los siglos XIX y XX y, por fin, se abrieron al público las nuevas galerías para el Arte de las Tierras Árabes, Turquía, Irán, Asia Central y el Sur de Asia.

De todo esto me había enterado por la web del museo (www.metmuseum.org, con un app válido para dispositivos Apple). Voy a necesitar casi dos horas, máximo aguante que tengo en un museo, para verlo todo, porque además me acerco el patio del castillo de Vélez Blanco (Almería) que hay al lado de la entrada por el que siento un especial cariño. Se necesita un plano para orientarse en el dédalo de galerías de los dos pisos del museo. Algunas salas están cerradas, "porque no hay personal", nos explican. Un cuadro que quería ver, el retrato de Gertrude Stein de Picasso, está prestado, y ya es la segunda vez que me pasa.

Antes de irnos comemos en una cafetería del sótano un plato combinado. Fuera hay varias furgonetas, food-trucks, de esas típicas de las películas, donde los policías toman perritos calientes. Hay ranking de restaurantes en donde se sirven los mejores perritos calientes, las mejores hamburguesas y los mejores bocadillos de pastrami de Nueva York. Es lo que da de sí la restauración en la Gran Manzana. A mi no me gustan, ni por higiene, ni por tener que comer de pie. Como estamos cansados queremos volver al hotel en un taxi, pero no hay forma de coger uno. El bus nos deja relativamente cerca y nos enseña otra vista de la Quinta Avenida.

Otro día, otro museo. En realidad van a ser dos: la Frick Collection y el Whitney que están cerca, y próximos también al MET. El primero (1 East 70th Street, casi en la Quinta Avenida, en la llamada "hilera de los millonarios") es un palacete de principios del XX que recoge la colección, luego ampliada, de Henry C. Frick un industrial de Pittsburg que se afincó en Nueva York y que con el dinero de los altos hornos y las acerías compró, por medio de marchantes, todo lo que se le "puso a tiro". La casa la convirtió su hija unos años después de la muerte de sus padres en el museo actual. También aquí los "seniors" pagamos 17 dólares, pero esta vez no es una sugerencia sino una imposición. Hay poca gente y la visita es cómoda y agradable. Tiene piezas europeas propias de cualquier palacio inglés, francés o alemán de cerámica, alfombras, bronces, muebles y mucha pintura. No dejan entrar a menores de diez años por si rompen alguna porcelana o jarrón de los que adornan las quince o dieciséis salas de la colección. También hay textiles, esculturas y un bonito jardín interior en el que merece la pena descansar unos minutos. Aquí, mis cuadros favoritos son los Turner de los que el museo tiene seis, dos grandes, tres medianos y uno de pequeño formato. Están en la mayor de las salas, la West Gallery, junto con lienzos de otros maestros europeos, muy bien iluminados por un gran lucernario. (Se pueden ver los cuadros por internet enwww.frick.org)

En la calle 75 con Madison Avenue estaba el museo Whitney que era mi segundo objetivo del día. Pero ya no está. Nos dicen, cuando llegamos allí, que lo han trasladado en 2015 al 99 de Ganserwood Street, al lado del río Hudson, por encima de Greenwich Village. Es decir, muy lejos de aquí. No tengo tiempo en esta mañana de verlo y mi "agenda" está completa. No podré ir en este viaje.

El museo Whitney de Arte Americano tiene una gran colección de los artistas de los siglos XIX y XX más renombrados del nuevo continente. Su fundadora, Gertrude Vanderbilt Whitney, una mujer de una gran fortuna, empezó comprando cuadros para ayudar a los artistas locales. Después creó una fundación y abrió el museo que ahora está en un edificio espectacular del arquitecto Renzo Piano, según veo en la red (whitney.org) aprovechando el wifi del hotel. Quería ver los cuadros de Hooper, el más fácil de los pintores norteamericanos del siglo XX (hay otros como Pollock que son "demasiado para mi"). Hooper me gusta aunque, en algunos de sus cuadros, las figuras tan quietas que presenta me parecen maniquíes (sé que este comentario se volverá contra mi). En todo caso lo tengo que dejar para otra vez.

Tercera mañana de museos. Toca el Guggenheim. O por decirlo bien, el Salomon R. Guggenheim Museum (1071 de la Quinta Avenida), ya que museos Guggenheim hay dos en Nueva York y muchos por el mundo (el de Peggy Guggenheim del Gran Canal de Venecia es una preciosidad a pesar de sus Pollock). Otra vez en el metro, de Times Square a Gran Central y de allí a la estación de la calle 86. Los metros de Nueva York, que por otra parte recomiendo por rapidez, no son, sin embargo, ninguna maravilla ni de limpieza, ni de comodidad. En muchas estaciones no hay escaleras automáticas y en otras hay que caminar mucho para coger los enlaces.

El edificio de Frank Lloyd Wright que tiene ya casi sesenta años sigue siendo espectacular aunque la torre que construyeron después no le hace ningún favor estético. La colección original es, una vez más, de un rico neoyorquino, al que debe su nombre, que se ha enriquecido con generosas donaciones posteriores. Ahora tiene pinturas, grabados, fotografías y esculturas de los últimos cien o ciento cincuenta años. Subo por el ascensor a la cuarta planta y bajo por la blanca espiral, que recuerdo haber visto al menos en dos películas de tiros, mirando obras de Chagall, Picasso, Kandinsky, Mondrian, y demás. Y esto por algo más de dieciséis dólares, precio de senior. La colección Thannhauser es fundamentamente impresionista (2ª planta) y la original del Gugennheim (3ª planta) de autores más modernos.

Por la tarde voy con mi mujer, que es mi mentora en esto de la pintura, caminando hasta el MOMA (11 West 53 Street; www.moma.org), que está a cuatro calles del hotel. Es viernes y hoy es gratis de 4 a 8 P.M. (casi todos los museos de Nueva York tienen este detalle en algún horario de un día a la semana). Tengo poco tiempo y voy directo al segundo piso donde exponen los cuadros de Picasso. Quiero ver despacio "Las señoritas de Aviñón" porque me han hablado de las influencias del Greco en esta pintura, con una cortina azul que parece pintada por el cretense y las figuras de caras alargadas de las "señoritas", y pasar luego por "Los nenúfares de Monet".

Después de un rato estoy más convencido de lo del Greco ya que el propio Picasso decía que "los pintores no copian pero cogen prestado" y aquí tomó bastante de El Greco, pero creo que Monet tiene mejores cuadros de nenúfares que estos. Los pintó por decenas en Giverny y los he visto en muchas exposiciones y museos (sin ir más lejos en el MET hay varios). Antes de volver con mis acompañantes pasamos por la tienda, que está en la acera de enfrente, y salgo sin comprar nada asustado de los precios de las cosas inútiles, pero modernísimas, que allí venden. Muy cerca, en el Rockefeller Center nos esperan para cenar.

La última mañana la hemos reservado para un museo que no conocemos. Está en un barrio llamado the Heights (algo así como Los Altos), en Broadway con la 155. Volvemos a tomar el metro pero ahora en la línea oeste hasta la estación de la calle 157. El barrio, en sus tiempos de mucho fuste, está ahora tomado por los dominicanos que son más de la mitad del censo (unos cien mil). Aquí es donde en 1908 abrió su museo la Hispanic Society of America, otra fundación creada con el dinero de un millonario estadounidense, esta vez de Archer Milton Huntington, hombre que heredó una gran fortuna; su padre Collis P. Huntington fue el propietario de una compañía de ferrocarriles y de unos grandes astilleros.

El joven Archer se enamoró de lo español y se dedicó, con el beneplácito de su rico progenitor, a coleccionar pinturas de El Greco, Zurbarán, Ribera, Alonso Cano, Velázquez, Goya y otros, además de esculturas, objetos decorativos, incunables y primeras ediciones, y todo eso de España (y algo de Portugal). Más adelante descubriría a Joaquín Sorolla y le encargaría la gigantesca obra "Visión de España", compuesta por grandes paneles, pintando con un aire costumbrista y folclórico el ser y la cultura de las regiones españolas (hacia 1917).

Tenemos que preguntar por el museo porque no lo vemos donde pensábamos que estaba y es que se entra por una calle lateral a un palacete entre modernista y neoclásico. El museo es gratuito y el edifico lo encontramos algo deteriorado. Somos los únicos visitantes en este museo alejado del centro y que muchas guías de la ciudad ni siquiera citan. Las salas son más propias de hace cien años que de la actualidad. Cuando escribo estas líneas leo que está cerrado "por reformas", sus "tesoros" han viajado a Madrid y se exponen temporalmente en El Prado y también que a la fundación le han dado el Premio Princesa de Asturias de 2017 en la modalidad de Cooperación.

Vemos la sala principal con los cuadros de Velázquez y Goya (La duquesa de Alba como maja). Hay muchas más cosas: sepulcros, esculturas y objetos representativos de toda la historia de España. En la segunda planta hay más pinturas, cerámicas, marfiles,... Entramos, lo hemos dejado para el final, en el gran ciclorama donde está la obra de Sorolla. Es una gran sala, casi semicircular y sus paredes, como si fuera un cine imax, están recubiertas de las escenas de la "Visión de España" del pintor valenciano. Me parece magnífica y muy bien expuesta (conocía la parte que presentó El Prado hace pocos años). Solo por esta sala merecen la pena las veinte estaciones de metro (es un decir) por las que he pasado esta mañana.

Hay en el museo muchas cosas que ver y algunas son verdaderas obras maestras. La parte de biblioteca está cerrada al público y no podemos ver ni los libros ni los mapas de la colección (http://hispanicsociety.org). Se han acabado mis días en Nueva York. Los he aprovechado paseando y viendo las colecciones de los multimillonarios americanos que nos dejan entrar en sus colecciones de arte. Voy a continuar viaje muy satisfecho con mi estancia en la Gran Manzana.

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