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Viajes Hacia 2005, Irlanda ocupaba uno de los primeros puestos del mundo, el quinto, en calidad de vida. Tras venirse abajo y emprender un gran ajuste empieza a aflorar. La alegría llena sus calles.

De Dublín a Belfast

Rocas y playas de una parte de su litoral nos recuerdan que son las mismas frente a las que naufragó la Armada Invencible hace más de 400 años

Por el centro de la ciudad de Belfast. FHG

Es todavía noche cerrada cuando salimos del hotel. Hace un viento frío y llueve. No hemos podido desayunar porque nos advirtieron que en este 1 de enero el servicio empezaría a las 8 y apenas son las siete. Vamos a ir caminando al centro de Dublín, hasta la estatua de Molly Mallon (un personaje legendario, protagonista de una canción popular del siglo XIX acerca de una vendedora ambulante de pescado. Me recuerda, salvando las diferencias, a la estatua levantada en Las Palmas a Lolita Pluma), cruzando el río Liffey y rodeando el Trinity College, uno de los monumentos y museos de Dublín que hemos visitado estos días. Su biblioteca 'antigua' es impresionante.

Paramos a tomar un café y un sandwich en el único bar que encontramos abierto. Diez minutos más tarde estamos en nuestro lugar de cita donde ya espera un microbús de unas quince plazas aunque solo vamos a ser cinco pasajeros: mi mujer y yo, otro, aparentemente, matrimonio y una chica de la que sabremos que tiene amigos en Belfast que la esperan a comer. La excursión, acordada por teléfono el día anterior en una agencia especializada en estos viajes, nos cuesta cincuenta euros per cápita y nos llevará hasta la capital de Irlanda del Norte donde nos enseñarán la ciudad para posteriormente desviarnos a un par de lugares de interés histórico antes de regresar a Dublín.

La capital de la República de Irlanda es una ciudad, hasta donde hemos podido ver en los tres días anteriores, no demasiado brillante. Mi teoría es que las ciudades más atractivas son las que han sido capitales de grandes imperios y, naturalmente este no es el caso de Dublín. Con un centro abarcable caminando solo hemos tenido que coger el bus para ir al museo de Arte Moderno ubicado a las afueras en el antiguo hospital Real Kilmainham, es un caso paralelo al reina Sofía de Madrid. Con poca obra de interés me llamó la atención una instalación a base de escopetas y pintura roja, que simulaba sangre, que pretendía reflejar el conflicto irlandés de hace pocos años. También está alejado del centro el Phoenix Park, donde se ven ciervos pastando a sus anchas y donde tiene su residencia el presidente del país, el auchtarán como se llama en gaélico. La recompensa de esos desplazamientos es que en la zona está el Guinness Storehouse, de obligada visita y donde te enseñan como hacen la cerveza y puedes tomar una pinta de la excelente cerveza local (incluida en la entrada). Por cierto, la comida irlandesa no es de mi gusto, sobrevivimos en restaurantes italianos que han colonizado el mundo moderno. Volvamos al 1 de enero. La ciudad desierta da todas las facilidades para que alcancemos rápidamente la autopista de peaje. Primero la oscuridad y después, al aclararse el día, la niebla no nos dejan disfrutar del paisaje. A nuestra derecha aparece de tanto en tanto la costa, con las mismas rocas y playas en que se perdió la Armada Invencible hace más de cuatrocientos años. Prefiero no mirar.

No veo señales de fronteras, pero la autopista cambia de numeración de M1 a A1 cuando entramos en el Reino Unido. Recuerdo una serie de televisión que acabo de ver, Quirke basada en un libro de Benjamín Black, en la que un policía irlandés debía entregar su arma en el puesto fronterizo para entrar en el Ulster. Los ciudadanos británicos o irlandeses pueden ahora cruzar las fronteras entre ellos haciendo uso de los que se llama el Common Travel Area. A los restantes ciudadanos nos podían pedir alguna identificación lo que no se ha producido. El brexit va a volver a enturbiar la situación y el mantenimiento de una frontera permeable es uno de los puntos conflictivos a resolver con la Unión Europea.

En poco más de hora y media de trayecto nuestro bus aparca frente al Titanic Belfast una especie de museo dedicado al barco que se hundió en 1912 llevándose al fondo del mar a más de mil quinientos pasajeros. Está situado en el puerto junto a los astilleros donde se construyó. Es un edificio modernísimo con una arquitectura espectacular. Mi mujer y yo somos los únicos que mostramos interés en verlo pero a la vista de que nuestros acompañantes nos tendrían que esperar optamos por echar un vistazo rápido y comprar un recuerdo en la tienda correspondiente que no falta en ningún lugar de estos.

Seguimos luego hacia el centro de Belfast pasando, y parando, por los muros de la libertad, decorados con pinturas que recogen escenas que sus creadores han considerado pertinentes alguna de las cuales yo pondría en el extremo opuesto (hay uno dedicado a Arnaldo Otegui). Son un recuerdo de los todavía recientes muros que separaban las comunidades católica y protestante. Uno de los murales más conocidos es el dedicado a Bobby Sands, parlamentario y preso del IRA que murió en una huelga de hambre, pero hay muchos y de todos sitios. Como es sabido desde el final de los años 60 hasta casi el 2000 se produjeron unos tres mil quinientos muertos de ambos bandos hasta que firmó el Acuerdo del Viernes Santo ( Good Friday Agreement) y que ha puesto algo de cordura en ese desastre.

Damos un vuelta por la ciudad sin bajar del bus y nos dejan, son ya las doce de mediodía, en la plaza del Ayuntamiento. Tenemos dos horas libres para dar una paseo por el centro y comer algo. Belfast me parece una ciudad típicamente británica. Podría estar en Escocia o en Inglaterra. La sede del Ayuntamiento es de estilo victoriano y está rodeado por verjas en el centro de una gran plaza. Las calles de los alrededores tiene buenos edificios y muchos comercios, todos cerrados en esta festividad. En uno de los pocos establecimientos abiertos comemos a base de fish and chips y nos volvemos al microbús.

Vamos a ir ahora más hacia el norte hasta llegar al lugar donde está la tumba de San Patricio, uno de los patrones de Irlanda. Al llegar, tras unos treinta minutos de viaje, bajamos junto la catedral de Downpatrick, un edificio del siglo XIX sin ningún interés artístico. Allí está el lugar en que, dice la tradición, la carreta de bueyes que llevaban el cuerpo del santo, guiados por la voluntad de Dios, se detuvieron en Dun Lethglaisse, en el condado de Down, donde esta? enterrado bajo una losa de piedra sin labrar. San Patricio cristianizó Irlanda en el siglo V, antes de que se hiciera lo propio en España, y desde entonces han sido los insulares fervientes devotos, siendo la mayoría de sus conflictos o nacionalistas o de religión, como en todos sitios, por otra parte. Los protestantes que ocupan el Ulster eran originariamente presbiterianos que llegaron de Escocia en el siglo XVII huyendo de los anglicanos. Ahora unos siguen siendo presbiterianos, otros son anglicanos y otros católicos, minoría que pronto será mayoría debido a su mayor tasa de nacimientos.

Son cerca de las cuatro de la tarde cuando volvemos al bus para sin salir del condado de Down ir a nuestro próximo destino, el castillo de Drundum una edificación anglo-normanda situada en la localidad de ese nombre. Fue fundado en 1177 por Juan de Courcy, cuando los ingleses se hicieron con la isla. Después la mantuvieron como un dominio hasta el siglo XVI en que Enrique VIII le dio la categoría de reino. En 1916 se proclamó la república por primera vez en Irlanda pero fue duramente reprimida. No obtuvo la total independencia del Reino Unido, salvo los seis condados de Irlanda del Norte, hasta 1948.

En esta tarde lluviosa visitar aquellas ruinas no es apetecible. Por cumplir con nuestro deber turístico subimos la pendiente hasta la torre, hacemos unas fotos de la bahía y volvemos a la guagua. Está volviendo a anochecer cuando enfilamos hacia el sur, hacia Dublín.

Como dije, no tiene Dublín una arquitectura brillante ni un planteamiento urbanístico claro. El río Liffey que la divide en dos zonas, antes contrapuestas socialmente, le da cierta prestancia y su centro es animado (hasta las nueve de la noche como mucho). Sus calles principales, Grafton Street al sur del río, la zona rica, y O'Connell Street al norte tienen muchos comercios y en sus cercanías hay estatuas de los escritores irlandeses, que son legión, de los que me fotografié con James Joyce, Bernard Shaw (ésta quedó muy oscura) y Oscar Wilde. En O´Commell Street, una calle expuesta al viento por su especial orientación, vimos hasta tres paraguas rotos en el suelo. Nos dimos cuenta que eran de turistas inadaptados porque los naturales del país, y nosotros como ellos, "en Roma compórtate como un romano", se protegen de la lluvia llevando prendas con capucha.

Nos ha gustado mucho la Biblioteca Chester Beatty, una colección privada ubicada en el castillo de Dublín, con piezas orientales e islámicas además de manuscritos y otros objetos fundamentalmente medievales. Hemos visitado también el museo de Arqueología con objetos celtas y vikingos, del periodo que los nacionalistas llaman de la 'feliz libertad' (no creo en absoluto en esa idea de que todo tiempo pasado fue mejor).

La Galería Nacional con pinturas irlandesas, alguna inglesa y pocas del resto de Europa y el museo de Ciencias Naturales con algún esqueleto de alce gigante y vitrinas repletas de fieras taxidermizadas han completado nuestro periplo cultural. Cuando veo animales disecados renace en mi el niño que todos llevamos dentro y no digamos si hay algún dinosaurio?

Hace pocos años, hacía el año 2005, Irlanda ocupaba uno de los primeros puestos del mundo, el quinto, en calidad de vida. Después se vino abajo, ahora ocupa el cuadragésimo primero, e hizo un gran ajuste con el que parece que está saliendo adelante. No se ven locales cerrados y la gente llena tiendas y restaurantes.

Si obviamos el clima, ninguno como el de nuestas islas Canarias, diría que es un buen destino para quien guste de una naturaleza verde y bravía y del ambiente de pub y música.

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