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Devoción lejos de casa

Las otras imágenes de la Virgen del Pino

El Paso o San Juan de la Rambla también veneran a la Patrona

Las otras imágenes de la Virgen del Pino

La letra de Néstor Álamo siempre ha marcado el camino a Teror, un destino conocido, habitual para los grancanarios durante todo el año, y sobre todo en los días previos a la festividad de la Virgen. Pero esta vez los caminos que llevan hasta la imagen de la patrona de Gran Canaria se van fuera, salen de la Isla y se marchan en busca de nuevos rumbos, en busca de otras devociones. Como ocurre en el municipio palmero de El Paso, donde celebran esta festividad el primer domingo de septiembre, y después cada tres años tiene lugar su esperada romería, a la que acuden peregrinos del resto de la isla.

En la localidad tinerfeña de San Juan de la Rambla guardan como oro en paño una pequeña talla del Pino de apenas 28 centímetros y que al parecer llevaron hasta esta población un grupo de grancanarios después de la Conquista.

Como preámbulo a este viaje detrás de otras celebraciones aparece como un tesoro inesperado el que mantienen a buen recaudo en el Museo del Prado. Entre sus grabados se encuentra un dibujo delicado, hermoso, de la imagen de la auténtica Virgen de Teror, así queda recogido en la base de esta obra.

Seguramente se trata del primer gran boceto que sobre la Virgen se realiza de una forma tan certera. El historiador José Miguel Alzola, en su iconografía de la virgen del Pino destaca la existencia de esta obra. El dibujante fue Rodríguez de la Oliva, al que apodaban El Moño, y el responsable del grabado fue Manuel Salvador Carmona, según los cronistas de la época el mejor grabador de Europa, como le considera la Real Orden por la que se le nombra grabador real, en pago por la excelente copia que hizo del retrato de Carlos III.

Para José Miguel Alzola, la obra que hace Rodríguez de la Oliva "retrata a la virgen con una fidelidad verdaderamente asombrosa. Para reproducir con tanta exactitud y detalle el quiebro de la imagen, el plegado de los paños, las inscripciones, la colocación del niño?, tuvo que estudiar detenidamente al modelo; lo hecho no es trabajo realizado de memoria: significan muchas horas pasadas en el camarín del templo de Teror. Si éste es, como suponemos, el primer grabado de la Virgen del Pino, le cabe el mérito a Rodríguez de la Oliva de haber sido el innovador de su iconografía. Recoge en la obra, letra por letra, la piadosa leyenda, y todos los que le suceden no harán ya sino copiar servilmente la composición por él ideada".

Y así con la sorpresa inesperada de haber encontrado este grabado entre los fondos del Museo del Prado en Madrid, se inicia este periplo detrás de los pasos de esas otras imágenes de la Virgen del Pino, lejos de Teror.

En Canarias hay otros muchos pueblos en los que también celebran esta festividad. De hecho hasta hoy domingo se festeja en el pueblo marinero de Punta Mujeres sus fiestas populares del Pino. En la zona del Cercado en La Gomera ya lo hicieron en julio, en una festividad marcada por una concurrida procesión al ritmo que imponen las chácaras y los tambores tradicionales de la isla colombina.

Pero sin duda, entre todas las imágenes del Pino hay que destacar por su importancia histórica la de El Paso, en La Palma.

El pino de El Paso

En medio del monte, en un lugar mágico, envuelto en ese verde explosivo de la isla, destaca la fortaleza de un pino gigante. Fuerte, robusto y viejo. Se cree que puede tratarse del más antiguo que existe, con unos 800 años de antigüedad. Y dentro de ese ejemplar, cuenta la leyenda que apareció la imagen de una virgen.

Al parecer fue uno de los soldados del Adelantado Alonso Fernández de Lugo, que trataba de conquistar La Palma, el que descubrió entre el ramaje del árbol la pequeña talla. Como no quería dejarla expuesta a las inclemencias del tiempo, decidió hacerle en el mismo tronco del pino un nicho para guardarla en el cual también puso un farol para alumbrarla y un cepillo para las ofrendas que quisieran depositar los caminantes.

En 1876 se construyó una pequeña capilla de mampostería gracias a la aportación de María Magdalena Rodríguez Pérez, más conocida como Magdalena del Pino, y fue durante años la ermita del lugar. Esta primera imagen es una pequeña talla de apenas 30 centímetros, incluida la peana. Se trata de una obra muy antigua probablemente de finales del siglo XV. Esta talla aparece cubierta por un manto de terciopelo de color verde. Actualmente la imagen se encuentra dentro de una urna de cristal en la sacristía de la ermita. En determinadas épocas esta Virgen fue de casa en casa, a petición de aquellas personas que querían contar con ella. La talla fue sustituida por otra imagen, de mayor porte, en 1930.

Los historiadores que han tratado de buscar explicaciones a la aparición de manera sorpresiva de pequeñas imágenes en lugares de difícil acceso, o próximos a espacios sagrados para los aborígenes, siempre apuntan a que los conquistadores, apoyados por los monjes que vinieron a las islas, solían dejar estas tallas y así lograban atraer la atención y apaciguar a los antiguos pobladores. La doctora en Arqueología, María Antonia Perera, lo recoge en varios documentos. Fue la manera más habitual que emplearon los castellanos y normandos para cautivar a los aborígenes, cambiando de forma sutil sus ritos sagrados por la adoración de otras figuras cristianas.

En el caso de La Palma, y tal como recoge Andrés Carmona, en un amplio documento sobre la conquista de la isla y la leyenda sobre la aparición de la Virgen del Pino, no hay que olvidar que estos sucesos se producen durante la llegada del Adelantado a este territorio, aún por conquistar: "En el cantón de Aceró, el enorme cráter al que hoy conocemos como la Caldera de Taburiente, protegido por un bosque de pinos, dragos, palmeras y laureles, que se elevaba dentro de aquel inmenso y apagado volcán amurallado por infranqueables riscos y en el que se erige aún el Roque Idafe, bajo cuya figura los aborígenes llevaban a cabo rituales en honor del dios Abora, (el dios del Sol). Fue allí, bajo la visión del omnipotente Idafe, donde la bella Acerina tomó a Tanausú por esposo, fundiéndose en una sus fugaces vidas ante la eternidad de la muerte".

El 29 de septiembre de 1492, Alonso Fernández de Lugo desembarcó en las costas de Tazacorte y conquistó la mayor parte de la isla, mediante pactos con los jefes de las distintas tribus. Faltaba la zona de Aceró, que sólo era accesible por dos pasos, ambos difíciles. El uno era Axerjo, que significa torrente de agua, actualmente se conoce como el barranco de las Angustias. El otro, más usado y accesible, se llamaba Adamacansis. Tanausú, el último jefe libre, resistía confiado que la Caldera de Taburiente lo protegería ante el enemigo invasor. Y así fue, los castellanos no consiguieron entrar en ella, por más que lo intentaron.

Alonso Fernández de Lugo, frustrado en su avance a esta sólida fortaleza natural, y viendo la ineficacia de sus tropas para realizar una conquista militar a este territorio, recurrió al engaño, y convocó al indómito Tanausú a una supuesta tregua para tratar la paz, a través de Juan de Palma, un isleño que servía a los conquistadores y hacía de intérprete y espía.

Tanausú acudió confiado y fiel a su palabra, dejando el refugio seguro que les brindaba los escarpados riscos, y bajó hasta el paso de Adamancasis, lugar conocido hoy como El Riachuelo, una zona próxima al lugar en el que se encuentra el Pino de la Virgen. Y es que fue en ese paraje, mágico y protector para los aborígenes y donde la tradición oral dice que algunos soldados de Alonso Fernández de Lugo encontraron entre las ramas de un árbol una pequeña figura de la Virgen. Precisamente sería en este enclave donde se produjo la gran batalla.

Las tropas castellanas, escondidas en el barranco, a una señal del conquistador atacaron a los aborígenes y masacraron a los guerreros que acompañaban a Tanausú, que fue hecho prisionero. El jefe aborigen fue trasladado en un navío que lo llevaría a Castilla como esclavo. Durante la larga travesía se negó a probar alimento hasta que murió antes de llegar ante los reyes.

También recogen las crónicas y la tradición oral que Acerina, la princesa aborigen, fue en busca de su amado Tanausú, pero sólo encontró los restos de una infame batalla. Deambuló en busca de su amado, pero Tanausú, que había caído prisionero, cruzaba el mar para morir.

Al conocer este trágico final, Acerina quiso compartir el destino de su amado, se enclaustró en una cueva que los aborígenes utilizaban como tumba. Allí, arropada con pieles de cabra, leche y miel terminó su vida, pero no la leyenda ni de su amor, ni tampoco de la aparición de una pequeña imagen entre las ramas de un pino, fornido, inmenso y protector.

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