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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Por la cumbre de gran canaria

Regreso al paisaje herido

Dos meses después del gran incendio que calcinó la cumbre de la Isla aún se ve y se siente la enorme pérdida. Los vecinos de San Mateo, Tejeda y Gran Canaria entera siguen con el corazón encogido

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Estado actual de las zonas afectadas por el incendio de septiembre

Las imágenes siguen siendo desalentadoras, desprenden tristeza y melancolía. Delante del objetivo se extiende una variada gama de grises y negros. Un extenso y aterrador fundido en negro insiste en envolver el paisaje sosegado de la cumbre. Los árboles parecen varas raquíticas, escuálidas, sombras petrificadas de lo que hace tan sólo dos meses eran aromáticos frutales, pinos larguiruchos, retamas amarillas. El fuego arrasó con todo, no tuvo piedad. A su paso dejó un reguero de ceniza, de rescoldos, de rabia. También dejó miedo, y lágrimas. Volver a recorrer la cumbre supone enfrentarse nuevamente a aquel mal sueño. El olor a quemado perdura, a lo lejos una casa abatida por el incendio sigue más o menos en pie. Y en medio de este erial destruido, llega la luz y el color de los primeros destellos que aparecen en forma de pequeñas, de mínimas plantas verdes. Casi como renacuajos se acurran al lado de los pinos desolados. También resulta conmovedor el sonido vibrante, alegre, casi juguetón de los pájaros que resuenan como fantasmas, escondidos en medio de esta tierra quemada. Para muchos esos días de pesadilla en los que vieron como las llamas corrían por laderas, saltaban de copa en copa y llegaban cerca de sus viviendas tardará un tiempo en pasar al olvido. El fuego voraz que calcinó una parte de Gran Canaria acabó con la vida de Carin Birgitta Ostman, esa fue la peor noticia. La mujer trató de salvar a sus animales y murió en el intento.

La naturaleza, que cada dos por tres, debe enfrentarse a estos daños agónicos también tardará algún tiempo, algunos años, en volver a rebrotar. Los primeros en dar un paso al frente serán los pinos canarios, esos árboles tan singulares que nunca mueren, sólo mudan la piel y vuelven a florecer.

Desde su casa en Camaretas, María Rodríguez, de 80 años, recuerda el humo negro, "como tizne", y su marcha apresurada al barrio de Las Suertes. También recuerda a Carin, a esa mujer que decidió venirse a vivir con su marido a Gran Canaria, "ella estuvo en mi casa", dice "tenía ocho ovejas, y antes, cuando vivía el marido, tenían cochinos. Era una buena persona, y mira por salvar a sus animales, se quedó allí".

Dunia Ventura vive en Ariñez, una población pequeña, de casas dispersas y alejadas, pero con el gran atractivo de disfrutar de todo lo que ofrece el monte. Un espectáculo de pinos, manzanos, castaños, jaras, rosalito de montaña. Desde la ventana de su casa puede ver una amplia variedad de arbustos y a lo lejos, la cumbre, con ese colorido, una gama variopinta de verdes, marrones y rojos, y el aroma envolvente de las retamas, el tomillo fresco. Hasta que en la víspera del día de San Mateo, cuando los vecinos se preparaban para la romería sucedió la tragedia: un incendio se desataba en gran parte del municipio. Una bestia desalmada que parecía no tener fin.

Dunia repite en su cabeza aquellos momentos una y otra vez. Los nervios, que no la dejaban pensar con claridad. Las voces de la Guardia Civil ordenando que desalojaran, que se fueran de sus viviendas. Las sirenas, la gente mayor, con esa angustia en la cara, derrotada, tratando de salir temblorosos, y el aire denso, el humo negro, y las llamas, cada vez más cerca.

Dunia recuerda que tuvo que volver a su casa. Ella tiene dos niños pequeños, y pidió a los guardias que la dejaran entrar para coger pañales, leche y algo de ropa: "estaba tan trastornada, que en la maleta sólo metí unos pantalones míos que no me pongo, y unos zapatos de salir, que tampoco usó. A mi hijo mayor lo dejé sin nada".

Pasado el tiempo, hasta tiene que sonreír con aquellas locuras, con las cosas que hizo en medio de aquella pesadilla atroz. Ahora cada vez que coge el coche y sale a trabajar sigue teniendo la misma sensación, al ver el entorno, las manzanas que cuelgan de los árboles quemados y ese olor a ceniza que se cuela por los cristales, "sólo te dan ganas de sentarte en una piedra y ponerte a llorar".

Las historias que esconde este paisaje herido se repiten, sólo cambia el nombre de las personas. Y así en esta lista de afectados aparece Antonio, que sigue asomándose de noche a la ventana, por si vuelve a ver el humo, Juan Perera, el del bar, que enseña a quien quiera verlo los destrozos que el fuego provocó en su finca. Las hermanas Ana y Pino de Cueva Grande, que ya no quieren recordar aquellos momentos, Juan Quintana y sus sobrinos, una familia que no puede asumir que las llamas acabaron con la casa de los abuelos.

Una vez que pasó el miedo, a unos más que a otros, queda esa sensación de pérdida, de tristeza compartida. Por las cicatrices, por el daño hecho a la naturaleza y también por todos aquellos objetos que alimentaban los recuerdos, las viejas fotografías de los abuelos que se perdieron para siempre, el viejo arcón de madera. Como dice Benita, vecina de San Mateo, "para mucha gente lo que a mí me duele, a ellos les puede resultar una cosa sin importancia. Que se hayan quemado muebles, utensilios de labranza, o un simple botijo, para mí son las cosas de mis abuelos, son parte de mi vida".

Aún conmocionada por el destrozo que el fuego provocó en la vivienda que tenía su tío, Benita trata de rescatar de la memoria aquellos días felices que pasó en aquella casa junto a su abuela. Y en esa sucesión de imágenes del pasado aparece ella, una niña que de la mano de su abuela camina por los senderos hasta una fuente cercana en busca de agua. Una vez más, detrás del incendio, de las llamas que acabaron con animales, muebles, casas, rebrotan los recuerdos, como esas flores, esos ramilletes débiles que se niegan a abandonar este campo de cenizas.

Afortunadamente esta parte de la Isla tiene un clima mucho más lluvioso, con densas neblinas que apuran las precipitaciones. Con la lluvia que se espera como agua bendita, las cenizas, el polvo negro que se mantiene sobre los árboles desaparecerá más rápido. Las brigadas de Medio Ambiente siguen trabajando para recuperar lo dañado, y muchos vecinos se han lanzado a la dura tarea de reponer lo que el fuego quebró. Sólo aquellos que han perdido totalmente sus viviendas, tal y como confirma la teniente de alcalde de San Mateo, Davinia Falcón, han preferido esperar y no mover un bloque hasta que la Administración llegue con las ayudas prometidas.

De vuelta a Ariñez, María del Carmen sigue sin poder olvidar aquellos días, "cada vez que veo algo raro, llamo a emergencias. Aquí estamos desamparados. Estaría bien que pusieran un puesto en la Cruz de Tejeda". El fuego que se desató en la víspera de San Mateo no sólo acabó con la vida de una persona y con la pérdida de animales y de miles de hectáreas también se llevó la tranquilidad, el sosiego y a cambio dejó una sensación lánguida de tristeza.

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