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MEMORIAS (I)

"Mi padre atendió a los heridos del atentado a Alfonso XIII"

Vilela, expresidente del Colegio de Médicos, exconsejero insular de Sanidad, primer jefe de cirugía en El Pino, revive su centenario

"Mi padre atendió a los heridos del atentado a Alfonso XIII"

"Mi padre atendió a los heridos del atentado a Alfonso XIII" JUAN CASTRO

Valeriano García Vilela (San Sebastián de La Gomera, 9 de septiembre de 1917) tiene cien años cumplidos y es médico jubilado. Cuenta con un físico privilegiado, a pesar de su pequeña estatura. Es duro y rocoso y prueba de ello es que vive solo (aunque una de sus hijas es vecina) en una casa de tres plantas que recorre con agilidad, obviando el siglo que soporta ese cuerpo que se apoya en un bastón que es más acompañante que sostén.

Cuando quiere hacer ejercicios sin salir de casa se monta en su bicicleta estática y pedalea. Nació el año de la Revolución Rusa, en la Primera Guerra Mundial. Fue presidente del Colegio de Médicos de Las Palmas desde 1970 a 1983.

El doctor Vilela, como se le conocía profesionalmente, fue cirujano de la antigua Clínica de Lugo desde 1955 hasta 1964. Ese año se incorporó a la recién inaugurada Clínica del Pino (ya cerrada también como tal), donde fue su primer jefe de Cirugía hasta su jubilación en 1993. Además de en la sanidad pública, también ejerció la privada en un despacho particular.

Entró efímeramente en política y fue consejero de Sanidad del Cabildo de Gran Canaria por el CDS de Adolfo Suárez después de que le convenciera el ex presidente del Gobierno de Canarias y también del Cabildo de Gran Canaria, Lorenzo Olarte. Fue su única experiencia política como cargo público en la etapa en la que el socialista Carmelo Artiles, fallecido hace unos años, era presidente de la corporación insular. El doctor Vilela no solo está en plena forma física, solo acotada por el siglo que lleva a cuestas, sino que tiene una mente privilegiada y una cabeza muy bien amueblada.

Sus recuerdos son prodigiosos. Además, cuenta con otras habilidades artísticas, como la pintura y la escritura. Él fue el único presidente del Colegio de Médicos de Las Palmas que pintó su propio retrato y cada día encuentra tiempo para escribir su autobiografía. Valeriano Esteban García Vilela nació hace un siglo en San Sebastián de La Gomera porque su padre, que era de origen muy humilde y el mayor de los hermanos, fue destinado a la isla colombina como jefe de telégrafos poco después de casarse. Su nacimiento en La Gomera fue anecdótico porque solo un año después la familia se trasladó a Tenerife, primero a Arico y luego a Puerto de la Cruz, donde permaneció hasta diciembre de 1931. En esa fecha se mudaron a Cádiz para poder estudiar Medicina.

Origen humilde

"Como era hijo único, mis padres decidieron irse conmigo. Mi padre estaba muy cómodo en Tenerife pero se sacrificó por mí para que hiciera la carrera que quería. Mi padre era de origen muy humilde, del pueblo de Fuentesecas, en Zamora, y se llamaba Valeriano García Herrero. El maestro fue el mismo que enseñó a escribir a mi abuelo porque la firma de mi abuelo era igual a la de mi padre. Estoy seguro que era el mismo. Era el que facilitaba los chicos a Madrid".

"En Madrid solo había una farmacia en aquella época, la número 1, que sigue y que está cerca del Palacio Real. Desde la plaza del Palacio Real a la Puerta del Sol hay una calle, que es la Calle Mayor. A la entrada de la Calle Mayor pusieron la segunda farmacia, a donde mandaron a mi padre de pequeño, como chico de los recados sin sueldo. Solo tenía la comida, la que le sobraba al farmacéutico, y la farmacia estaba abierta las 24 horas".

"Por la mañana tenían una tertulia en la farmacia algunos intelectuales y políticos. Entre ellos estaba Benito Pérez Galdós, que hizo un personaje de los niños ideado por él mismo: el grumete de la batalla de Trafalgar. Era el encanto de todos los niños cuando leíamos los Episodios Nacionales porque nos gustaba mucho las aventuras que comentaba de él".

Sífilis y tuberculosis

En aquella época, señala, la gente se moría fundamentalmente de dos enfermedades. "De tuberculosis murió Alfonso XII y su mujer. Hay una canción que dice: ¿dónde vas, María Mercedes, dónde vas triste de mí, voy en busca de no sé qué... Y la otra enfermedad era la sífilis. Todavía no se habían descubierto los quimioterápicos. El tratamiento era el ungüento mercular. Mi padre decía que era el trabajo más horroroso que había en la farmacia porque era un mortero de piedra grande y ponían lanolina, vaselina y mercurio. Y con eso se untaba a la gente para curarla de la sífilis. La sífilis entonces era terrible". "La tuberculosis y la sífilis eran dos cosas espantosas. Con la tuberculosis yo estuve yendo al sanatorio del Sabinal gratis. Allí no había nadie. El director, Vicente Navarro Marco, tiene un hijo odontólogo aquí, magnífico. Su padre era un hombre estupendo, educado y fino. El pobre hombre estaba solo y no podía hacer nada. Las monjas no hacían análisis y yo las enseñé a hacerlos. Incluso les regalé un aparato que lo inventé y que sirve para determinar la urea en orina, en líquidos cefaloraquídeos o en sangre. Lo ideé y lo tengo aquí en mi casa. Está publicado en la revista de Jiménez Díaz, de la que tengo yo la colección completa. El único tomo que tengo roído es uno que le presté a don Juan Díaz, que le royeron el canto. Por eso los hice forrar con papel plástico. Tengo la colección completa, desde el número 1 al último, hasta que se murió".

El chico de la farmacia

"Mi padre era el chico de la farmacia. La cama era un catre viento, una madera con una tela encima, y dormía allí lo que podía porque la farmacia estaba abierta todos el día y toda la noche, 24 horas. No cobraba nada, y si alguna propinilla conseguía, que era cuando llevaba las medicinas a las casas, se la mandaba a su padre para ayudar a la familia. Mi abuelo Esteban tiene un gran mérito porque ellos procuraban tener varios varones para cultivar las tierras, pero no hubo más varón que mi padre, que tenía dos hermanas".

Antes de marcharse, su padre, con 16 años, firmó un documento dejándole a las hermanas todos los derechos. "Mérito de mi abuelo, que se lo permitió, porque si no era perderlo todo. La Farmacia número 1 estaba en la calle de la iglesia. El pueblo de mi padre, Fuenteseca, es un pueblo que está a orillas de un río que generalmente tiene poca agua. Los conquistadores lo que hacían era primero lo plano y después la iglesia en todo lo alto que le servía de castillo de defensa contra los árabes. Hoy ya le han robado las campanas".

"Yo conocí el pueblo de mi padre en un viaje con mi mujer hace muchos años. La casa había desaparecido porque no la heredaron las hermanas de mi padre ya que se casaron y ya sabe usted que en aquella época la mujer no pintaba nada y se perdía todo. Por eso ese fue el mérito de mi abuelo al permitir que mi padre cediera los derechos".

Bomba en las flores

"Precisamente en la puerta de la farmacia donde trabajaba mi padre en Madrid fue donde atentaron contra el rey Alfonso XIII el día que iba con la reina, la inglesa, la que nos pegó la hemofilia. Fue un regalo inglés. Le pusieron una bomba escondida en un ramo de flores frente a la farmacia y todos los heridos los atendió mi padre solo, junto con algunos que le ayudaron. Un día, mucho tiempo después, iba mi padre por la Calle Mayor, la que une la Plaza del Palacio Real con la Puerta del Sol. Allí, al principio, estaba la Farmacia número 1 y luego la número 2. Un día el farmacéutico número 1 vio a mi padre, que ya empezaba a tener fama, que se la daba la gente que iba a las tertulias, que lo escuchaba y se empezaba a dar cuenta de la inteligencia extraordinaria que tenía. Ellos fueron los que le aconsejaron que estudiara. Mi padre quería ser médico, pero no podía porque tenía que asistir a las clases prácticas".

El Ferrol

"Entonces mi padre se hizo de Letras y estudió Geografía e Historia con la idea de pasar a Santiago de Compostela, pero no lo destinaron ahí sino a Ferrol. Él esperaba un cambio de compañero del mismo rango y estudiar Medicina a pesar de ser de Letras. Cuando vieron el talento extraordinario de mi padre le aconsejaron que hiciera la carrera. No solo eso, sino que el título lo pagaron entre todos los tertulianos". "Lo de mi padre era una cosa fuera de serie. Una inteligencia y una honradez tremendas. El otro farmacéutico le dijo que cuánto le pagaban y él le contestó que solo las propinas. Entonces le dijo que le ofrecía un dinero si se iba a su farmacia, pero le respondió que no porque él se quedaba con el que le abrió las puertas. Se lo contó a su farmacéutico y entonces éste le subió el sueldo. Y esa farmacia existe todavía allí, donde le pusieron la bomba al rey Alfonso XIII".

"Vio que había médicos que antes habían sido maestros o profesores y él entonces se hizo de Telégrafos y se ofreció a hacer las guardias nocturnas que nadie quería. Durante la noche estudiaba y al día siguiente por las mañanas iba a las clases prácticas, y por la tarde a dormir. Lo de mi padre es algo increíble".

"Del otro abuelo no quiero ni acordarme. El de la familia honorable. Tengo aquí el árbol genealógico. Usted habrá oído hablar del marqués de Foronda. Pues el marquesado de Foronda le vino el día que se casaba mi padre con mi madre. Ese día vino el nombramiento de Alfonso XIII. Mi padre me decía que aquel día, más que la boda, se celebraba el título de marquesado. Tras la boda, mis padres vinieron directamente a La Gomera en un barco, donde marearon por el camino, por lo que el himeneo no se pudo realizar hasta que llegaron a la isla, donde se encontraron con una casa que era un desastre, toda hecha polvo. Entonces se encerraron en la casa y no recibían a nadie. Por entonces había militares en una guarnición, pero no recibieron a nadie hasta que no pintaron la casa entre los dos y arreglaron todas las cosas, se vistieron como es debido y fueron a hacer las visitas correspondientes. Ese fue el primer destino de mi padre".

"Él tuvo una novia antes de conocer a mi madre, una galleguiña de Ferrol, pero murió de tuberculosis. El hombre estaba desesperado y ante esa desesperación renunció a estudiar Medicina y pidió el traslado a Santa Cruz de Tenerife. Allí el jefe de Telégrafos, al ver qué categoría de persona era, lo mandaba a los sitios donde había más problemas, y lo mandó al Puerto de la Cruz. Mi infancia la pasé allí".

Traslado a Tenerife

"Primero estuvimos en Arico y luego en Puerto de la Cruz, donde pasamos a vivir en un antiguo convento de la época de Isabel II. Aquel edificio que llamaban el Convento era muy grande y allí estaba Telégrafos, Correos, la vivienda del jefe de Telégrafos y la del jefe de Correos, el portero y dos oficiales, dos sobrinos de Agustín Espinosa, uno licenciado en Matemáticas y el otro en Historia. Ellos dependían de mi padre".

"Mi padre era una persona muy inteligente, hizo una radio a galena y fue la primera que se oyó. Después, en vista de que mi padre era jefe de Telégrafos, una compañía francesa le dio la representación y enseguida saltaron para meterse con mi padre, pero él dijo que el representante era su hijo Valeriano García Vilela, y él era Valeriano García Herrero. Yo firmaba lo que mi padre me decía".

Marquesado de Foronda

El doctor Vilela es hijo único. "Yo estropeé la fábrica. Mi padre era de familia humilde pero mi madre tenía un origen nobiliario. El título del marquesado de Foronda era porque la rama de la familia había nacido en Foronda. Al cabo de los años hacen marqués a mi abuelo y el actual marqués de Foronda se llama de Casa Foronda, que yo tengo ganas de mandarle una carta".

Su madre se llamaba Consuelo Vilela Marín de Foronda del Corral. "El abuelo de mi madre fue el que fundó la Escuela Náutica de Marinos Mercantes en Santa Cruz de Tenerife. Le pusieron como condición que hiciera la Casa del Barco, en la calle del Castillo, junto a la Plaza Weyler. En esa casa nació mi madre. El nombramiento de marqués de Foronda llegó el día de la boda de mis padres en Santa Cruz de Tenerife. Embarcaron a La Gomera porque a mi padre lo mandaban a los sitios donde había problemas. Yo contraje una enfermedad mortal entonces, que era la gastroenteritis. El médico de allí se llamaba don Ciro Fragoso".

Diarrea y purgantes

"La Gomera es una isla redonda, como una tarta dividida en cuatro partes. Cada parte tiene una población importante: la capital San Sebastián, una segunda parte y las dos últimas estaban unidas y eran propiedad del médico, que no tenía ni puñetera idea de medicina. Teniendo un síndrome diarreico, me mandaba purgantes, que era un derivado de mercurio. Pero tuve la suerte que sacó el número uno de las oposiciones un señor que se llamaba don Víctoriano Renzano Meirás. Ese nombre no lo olvidaré. Mi padre fue a recibirlo con el cuerpo antiguo de Sanidad Nacional, fue al barco a esperarlo y le dijo que tenía a su hijo muriéndose. Le contestó que lo sentía mucho pero no podía ir a verlo porque no estaba autorizado a ejercer la medicina y que tenía que atenderlo el médico del pueblo. Mi padre le dijo que el médico del pueblo no se sabía dónde estaba y había que llamarlo a silbidos. Entonces accedió y le dijo a mi padre que lo que tenía el niño era una deshidratación. Entonces ordenó que me pusieran suero, pero no había en el pueblo, la farmacia no tenía porque nunca lo había recetado el médico".

Inyección de agua de mar

"Me pusieron dos inyecciones de agua del mar que me dejaron un tatuaje en el cuerpo. Me las pusieron con un aparato que funcionaba con un infiernillo, esterilizaron unas bombonas de cristal y fueron a alta mar con el bote de Sanidad a coger agua del fondo. Me la inyectaron y me salvó la vida. Yo tenía solo meses. Don Victoriano Renzano coincidió con nosotros en Puerto de la Cruz y cuando fui a estudiar Medicina a Cádiz él estaba llevando una cátedra y fue el que le diagnosticó a mi padre la hipertensión. Entonces le mandó inyecciones de yodo y le dijo que tendría que pagar a un practicante para que fuera a ponérselas a casa. Finalmente él fue el que me enseñó a poner inyecciones intravenosas. Todo el trabajo de él lo hacía yo. La punción de sacar líquido del vientre también . La habitación estaba llena de tuberculosos viejos que yo no sé cómo escapé. Tenía catorce años y fue cuando me puse gafas para parecer mayor, aunque no las necesitaba".

El botijo y el clavo

"La medicina no me gustaba porque hacía las recetas que el profesor me dictaba. Yo veía que recetaba a los enfermos medicamentos parecidos pero no iguales. Venía el frasco de la farmacia con el nombre, número y cama. Un día falló el enfermero que tenía que ir a buscarlo a la farmacia y me dijo que tenía que ir yo. Voy muy contento y veo una garrafa grande; de allí se llenaban todos los frascos, cada uno con su nombre distinto. Llegué horrorizado a mi casa. Le pregunté a don Victoriano qué estaba haciendo y me dijo: esto no lo hagas por dinero nunca, sino por caridad, porque si el enfermo que está al lado del otro en la cama ve que el medicamento es el mismo no le hace el efecto".

La jeringuilla

"El enfermo se quedaba muy satisfecho porque se le daba un medicamento distinto al del otro de al lado. Fue cuando le dije que ya no creía en la medicina. Entonces empecé a brujulear por el hospital y vi a don Rafael Giraldón, era un magnífico cirujano, extraordinario, formado en Francia, en Montpellier, pero muy mal profesor porque él no daba clases. Las clases las daba uno, que el hijo vive, un cirujano que se llama Ortiz. El padre era Juanillo Ortiz. Ese es el que estaba de médico ayudante. Yo veía cómo anestesiaban con inyección o con éter, con una mascarilla y un aparato. Entonces me dije que a aquel pobre hombre le iba a ahorrar el dolor y se me ocurrió llegar con la jeringuilla, pincharle la piel, que apenas se enteraba, y le metí el clavo. Me dijo: ay, don Valeriano, bendito sea usted. A ese pobre hombre lo vi luego en la sala de disección de cadáveres. Aquello era horroroso, tétrico".

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