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Centenario del incendio del Pérez Galdós

Las incandescentes llamas de fuego que asolaron el inmueble en aquella madrugada clara del 28 de junio de 1918 alcanzaron hasta los 70 metros de altura, y el resplandor se pudo observar desde Fuerteventura

Los arquitectos intervienen en la reconstrucción del teatro completamente desfondado.

Los arquitectos intervienen en la reconstrucción del teatro completamente desfondado.

Se cumplen en este 28 de junio los cien años de la lamentable perdida del primitivo teatro Pérez Galdós, tras el incendio provocado involuntariamente por los intrépidos jóvenes arrendatarios que en aquel momento lo administraban.

Haciendo memoria de la arraigada afición teatral grancanaria, que arranca su máximo apogeo de cuando el canónigo Bartolomé Cairasco de Figueroa organizaba en su vivienda sendas representaciones, la tendencia se agudiza en el momento que se funda en 1842 el primer teatro en la que fuera casa del citado prebendado, por lo que llevaría su nombre, y fundarse dos años después en el mismo lugar El Gabinete Literario, entre cuyos cometidos de la nueva sociedad se dio mucha importancia a las enseñanzas de canto y declamación.

Ante la falta de otros locales públicos y extenderse la afinidad entre la clase burguesa de la ciudad, fueron muchas las nobles casonas de Vegueta y de Triana que abrían sus salones para ofrecer a sus amistades las más variopintas escenificaciones teatrales de obras clásicas españolas y francesas, veladas poéticas y conciertos, destacando entre ellas el palacete de la bajada de la calle de los Remedios, esquina a Peregrina, residencia de las llamadas 'niñas Falconas', en donde todos sus descendientes sobresalieron brillantemente en el dominio de las tablas.

En aquel inmueble fueron memorables las actuaciones del que fuera alcalde y buen actor aficionado, José del Castillo-Olivares Falcón, de sus cuñadas Reyes y Pino Falcón de Quintana, entusiastas actrices dramáticas, también aficionadas, y los maridos de ambas, Rafael y Nicolás Massieu de Béthencourt, que se expresaban y vocalizaban con seguridad, situándose en el cuadro de los mejores actores del género trágico de Las Palmas.

Y si destacado fue el elenco de la calle Remedios, también alcanzarían fama las representaciones que ofrecía la familia Millares en su domicilio de Vegueta, interpretando los repertorios que los hermanos Luis y Agustín Millares Cubas componían para el deleite de sus paisanos. En el entorno de los Millares también brillaban en la escena sus deudos los polifacéticos Doreste, los intelectuales de la Torre y los instruidos Navarro, destacando como primeras figuras todos los miembros de la culta saga.

El Tirso de Molina

Ante el aumento de la afición se hizo necesario la construcción de un buen coliseo público. El denominado Teatro Cairasco de un aforo de quinientos espectadores que seguía existiendo en el Gabinete Literario se había quedado insuficiente. Para que el propósito se lograra se formó una comisión en octubre de 1866, integrada por lo más granado de la sociedad intelectual de la ciudad, que proponen al alcalde, Antonio López Botas, la conveniencia de que el municipio contara con un buen edificio.

Después de aprobarse la idea y recogerse los primeros fondos a través de acciones, suscripciones y donativos, también contribuyeron los canarios residentes en la isla de Cuba. Los comerciantes de Triana de igual modo se implicaron en el proyecto, destacando las aportaciones de Tomás Bosch y Sastre, Tomás Lozano Pérez e Ignacio Cantero Molet, grandes aficionados a la ópera y enamorados los tres de las composiciones del genial Verdi, especialmente del Trovador.

Los planos se encargaron en 1867 al afamado proyectista manchego, Francisco Jareño Alarcón, entonces Director de la Escuela de Arquitectura de Madrid. Entre la serie de emplazamientos buscados para levantarlo hubo uno en el enclave ubicado en la bajada de San Pedro, frontero al Guiniguada, pero el obispado lo venía prohibiendo porque en el solar había estado emplazada la ermita de los Remedios, eligiéndose al final otro terreno más abajo y barato, en la desembocadura del barranco y en la linde con la rivera del mar, que costó 2.000 pesetas, gracias a ello, el agua que se filtraba en el foso del escenario proporcionaba una inmejorable acústica, aunque en un principio el solar definitivamente elegido fue criticado por un público ilustrado que se mofaba sarcásticamente entre poemas, dibujos y caricaturas, de lo que dejó huella el propio Benito Pérez Galdós.

Tras un largo proceso de construcción, que aquí se ocupaban de dirigirla el maestro Francisco de la Torre, el aparejador Domingo Garaizabal y el Ayudante de Obras Públicas Julián Cirilo Moreno, ya que Jareño nunca vino a Las Palmas, el nuevo teatro tuvo dos inauguraciones. Una de ellas fue en 1888 para aprovechar la visita en la ciudad del tenor Roberto Stagno, y la definitiva, a base de un alumbrado de petroleo traído de Inglaterra, tiene lugar el 6 de diciembre de 1890, bautizado con el nombre de Tirso de Molina, el seudónimo de aquel monje mercenario llamado Gabriel Tellez que destacó como el mejor dramaturgo, poeta y narrador del barroco español. Sin embargo, la denominación, que fue impuesta por el propio arquitecto albaceteño, no gustó a nadie porque el nombre no tenía nada que ver con el Archipiélago y se tuvo empeño en sustituirlo por otro que de momento no pudo lograrse.

La onomástica de Tirso de Molina duró poco, pues al estrenarse con gran éxito tanto en Madrid como en Las Palmas en 1901 la obra Electra de nuestro paisano el citado don Benito, se acordó poco después denominar aquel teatro con la identidad del insigne novelista. El planteamiento fue propiciado por el escritor canario y entonces concejal del Ayuntamiento, Francisco González Díaz, que lo expuso durante un patriótico y acalorado pleno municipal.

Por nuestro coliseo pasarán a lo largo de sus dos largas etapas las mejores compañías de teatro y ópera de Europa, muchas de ellas rumbo a Río de Janeiro y Buenos Aires, que al hacer necesarias escalas en la isla aprovechaban los días de estancia para deleitar a la afición grancanaria. En 1906 lo visitó el Rey Alfonso XIII, y cuatro años más tarde se celebraron los juegos florales que tuvieron como mantenedor a Miguel de Unamuno y en donde se eligió reina de aquella fiesta a la bellísima canaria, Cachona Millares Carló.

La guerra y el incendio

El teatro perteneció desde un principio al patrimonio consistorial y desde esta segunda denominación iba siendo reiteradamente cedido a los solicitantes, especialmente a las empresas que lo licitaban. También llegaba a adjudicarse, y entre las compañías y firmas que se interesaban por adquirirlo destacaron la Sociedad de Arte los "Doce", el empresario tinerfeño Ramón Baudet, la sociedad de Fomento y Turismo, la compañía italiana de Arturo Volpìni y el consorcio formado por los comerciantes Juan Negrín Cabrera (padre del reputado político) y Sebastián de la Fe Cruz. Y cuando estos últimos ceden su derecho de ocupación a favor nuevamente del Ayuntamiento por la cantidad de 5.000 pesetas, a partir de 1915 el nuevo adjudicatario es Fer mín Martínez Meléndez, un emprendedor empresario alicantino procedente de Elche que formara sociedad con Ignacio Díaz y Domingo Navarro y Navarro, apodado cariñosamente este último, cacharrito, entonces unos jóvenes inquietos que rondaban los 25 años de edad. La empresa constituida se encargará de la programación del coliseo con diversos actos tanto de obras de teatro clásico, como óperas y zarzuelas que tanto gustaban al auditorio, y que le permitía ingresar a duras penas el caudal para poder mantenerlo, poniéndose en escena las comedias que el propio Domingo Navarro escribía, como la Duquesa de Presles y la Ley de Herencia.

En aquella complicada década estalla la primera guerra mundial. Los acontecimientos bélicos lógicamente complicaron la actividad y los ingresos comenzaron a escasear. Y aunque no dejaban de celebrarse todo tipo de actos, como mitines, comedias, concierto, bailes, almuerzos, homenajes a los legionarios españoles y festivales militares, muchas de las representaciones que se podían organizar eran de baja calidad, a precios económicos, y el público mayoritario que por aquel tiempo acudía era, según manifestaron los arrendatarios "la clase soldadesca alborotadora y la grey femenina del servicio doméstico", una presencia que pataleaba por todas partes, y con tanto ajetreo se fue encargando de ir deteriorando el interior del coliseo, predominando el destrozo de las butacas de terciopelo rojo que habían venido de Francia y que estaban prácticamente hechas jirones.

Ya en 1917 el arrendatario Fermín Martínez tuvo sus inconvenientes con el Ayuntamiento por la situación del Teatro, con consiguientes demandas judiciales, porque la Sociedad de Arte Los Doce solicitaba que el consistorio les concediera con carácter honorifico la administración del coliseo arrendado. Y las discusiones comenzaron a ser frecuentes entre el empresario y el teniente alcalde, José Díaz Curbelo.

Y llegamos al funesto año de la quema. Durante el primer semestre de 1918 hay pocas actuaciones. La última función artística corrió a cargo del Trío Costa Terán-Casaux y el postrero acto que se celebra es el organizado el 20 de junio por la Sociedad de Fomento y Turismo para rendir un homenaje póstumo a Fernando de León y Castillo por su reciente fallecimiento en Biarriz, al que acudieron todas las autoridades. En aquella entrañable jornada actuó el consagrado barítono, Néstor de la Torre Millares con el éxito que le acompañaba siempre.

Tras aquel encuentro, el teatro cierra definitivamente sus puertas, porque diez días mas tarde el arrendatario tiene que entregar las llaves del coliseo al Ayuntamiento al haber concluido el compromiso.

El viernes 28 junio, los tres socios y el escaso personal que quedaba acuden al edificio para limpiarlo y don Fermín tiene que retirar varios objetos de gran valor de su pertenencia. La preocupación de la sociedad que iba a disolverse es que tiene que devolver el inmueble en las mismas condiciones que lo había recibido, y el problema era que no había fondos para poderlo rehabilitar.

En la despedida, reunidos los socios en el almacén del atrezo abarrotado de enseres, programas y carteles para dialogar sobre el problema que se les venia encima, se intercambian opiniones, dimes y pareceres, sin que se pudiera lograr una solución conveniente; y en un arranque de broma, tan propio de la atrevida juventud, Domingo Navarro, que era el más temerario de los tres, enciende un fósforo proponiendo un incendio fortuito. Eran exactamente las dos y media de la madrugada. No era la intención final, pero la cerilla prendió velozmente en una tonga de papeles que tenían al lado. Intentaron apagarlo, pero el fuego continuó amenazante en la montaña de bellos decorados de cartón realizados magistralmente por Carlos Luis Monzón Grondona. El autor de la broma dijo entonces que había sido la Providencia y los tres socios salieron de estampida por la pequeña puerta trasera del edificio. Al fin y al cabo, el coliseo estaba protegido por la compañía aseguradora L'Assurance, que representaba Jerónimo del Río Falcón, por 470.000 pesetas. También se llegó a manifestar en privado, que el incendio había obedecido a que el teatro se había quedado obsoleto y al arruinarlo totalmente se lograba una nueva construcción acorde con las nuevas técnicas teatrales.

En pocos minutos todo el teatro quedó envuelto en llamas. El frac que había olvidado Néstor de la Torre en el camerino fue pasto de las llamas, y lo lamentó muchísimo, por la dificultad que había entonces para sufragar otra prenda similar. Las encandecentes llamas de fuego en aquella noche clara alcanzaron, a las cuatro de la madrugada, unos 70 metros de altura, y el resplandor se pudo observar desde la isla Fuerteventura. Gran Canaria, conmocionada por el suceso, se había quedado sin el mejor teatro del Archipiélago.

Aunque la catástrofe fue públicamente atribuida a un corto circuito que se había producido en la instalación eléctrica situada en la parte posterior del escenario, días mas tarde fue detenido Felipe Gil dentro del buque Infanta Isabel que se disponía zarpar a la Isla de Cuba, porque hay indicios de que había sido el autor. Al presunto muchacho lo quiere involucrar la policía por ser conocido de los empresarios. Sin pruebas que lo incriminaran, el detenido fue luego puesto en libertad.

Una vez convertido en cenizas, salvo las cuatro fachadas maestras que quedaron en pie por su sólida construcción de piedra realizada por nuestros canteros, el alcalde, Berrnardino Valle Gracia, encarga la nueva construcción al arquitecto municipal Fernando Navarro y Navarro, a quien le presta colaboración su yerno, Rafael Masanet Faus. El proyecto, terminado en enero del año siguiente, fue presentado al publico con motivo de las fiestas patronales del 29 de Abril en un escaparate de la calle mayor de Triana, y las obras se pretendían que comenzaran enseguida.

La compañía de seguro había compensado al Ayuntamiento por aquella pérdida sólo con 250.460 pesetas, con cuyo recurso se quería empezar a levantar la fábrica. Previamente se comienza a publicar pliegos de condiciones para quienes quisieran hacerse cargo de la construcción. Inicialmente se presenta el contratista canario, Daniel Artiles Pérez, cuya contrata no prosperó, y quien se adjudica la subasta es el arquitecto catalán, Isidro Puig Boada, de Construcciones y Ferrocarriles de Barcelona, que se encarga de traer ochenta obreros de Cataluña y Valencia para que sean los encargados de ajustar los ladrillos y mosaicos. La falta de dinero y los vaivenes políticos fueron paralizando las obras. También incidió el fallecimiento del arquitecto Navarro y Navarro.

Durante un viaje que el artífice había realizado a la Península, fue a saludar al que fuera obispo de Canarias, Adolfo Pérez Muñoz en su nueva sede de Córdoba, y al permanecer durante la charla entre una fuerte corriente de aire, cogió una neumonía que lo llevó irremediablemente a la tumba a su llegada a Madrid.

Al paso de los años, al encontrarse el edificio colindante con el mar de la costa, el deterioro era palpable y la preocupación municipal latente. En eso llega de Madrid el joven estudiante, ya con el titulo de arquitecto bajo el brazo, Miguel Martín-Fernández de la Torre, de 27 años cumplidos, y como era entonces preceptivo en nuestra sociedad, presentó sus respetos y credenciales a las autoridades.

Al visitar al alcalde, José Mesa y López, y ofrecerle el visitante sus servicios, el mandatario consistorial le propuso que se encargase de apuntalar el teatro cuanto antes para evitar que siguiera deteriorándose y frenar un posible desplome. Don Miguel quedó en que le contestaría y su respuesta fue la de "que no sólo lo apuntalaría, sino que se comprometía continuar la culminación del teatro". Aquel segundo ofrecimiento dejó preocupados a los ediles municipales, pues se trataba, aunque canario, de un arquitecto desconocido en la isla, en donde no había aún ninguna de sus producciones y no se conocía si estaba suficientemente cualificado como para realizar un inmueble de aquella envergadura.

Auxilio de Eduardo Gregorio

El imprescindible aval para que la intervención prosperara lo aportaría el gran prestigio de su hermano mayor y protector, Néstor, cuyo indiscutible talento y grades ideas contribuiría a que junto con Miguel se levantara uno de los teatros más bellos de Europa, como así fue. Néstor, pintor y decorador, resolvería los problemas no técnicos de la edificación. Los dos hermanos se implican en la continuación de las obras del Teatro, junto con el inestimable auxilio de Eduardo Gregorio López, y una legión de albañiles, canteros, marmolistas, electricistas y carpinteros.

La escrupulosa labor de los hermanos Martín-Fernández mantuvo la esencia del primitivo proyecto, pero el arquitecto realizó varias reformas que beneficiaron al inmueble. Entre otras tantas mejoras prolongó el perímetro de la primera planta para dar más fondo que permitiese el cómodo tránsito de los actores. Y sustituyó la escalera central que conducía a la segunda planta por una solución más atractiva. El propio don Miguel Martín-Fernández, ya casi ciego en su despacho de la calle León y Castillo, le emborronó en una cuartilla al que esto escribe el cambio proporcionado de la referida escalera, un ingenuo documento gráfico que fue el último que el gran maestro trazó a través de su larga y brillante trayectoria. Es justo, pues, que se reconozcan la meritoria y gran labor del laureado arquitecto.

Para terminar esta historia hay que añadir que las obras iban poco a poco ejecutándose. El dinero del seguro se acabó y el Ayuntamiento de sus propias arcas aprobó una ayuda de 178.116 pesetas. El pueblo estaba ansioso por verlo terminado. Y las compañías desde Italia se ofrecían para inaugurarlo, cuyo estreno llegó al fin el domingo 20 de mayo de 1928, aunque a falta de muchos detalles, como era el telón metálico cortafuegos que exigían las actuales ordenanzas.

Con la representación de Aida de la compañía italiana de Volpini el nuevo Teatro Pérez Galdós levantaba al fin el sorprendente telón proyectado por Néstor, con el escudo de armas de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad del Real de Las Palmas.

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