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Sherlock y toda su inmortalidad

Desde hace un siglo hay una comunidad de lectores que ha formado una biografía verdadera del detective más de mentira del mundo

Sherlock Holmes.

Sherlock Holmes. LP

Hay en Londres un edificio que tiene el número 221B y está en la calle Baker. No hay, sin embargo, un 221A. Ni tampoco un 219. Lo busqué: palabra. Pero no lo hallé... y no fue por mi impericia, que me apliqué de sobra, que se lo digo yo. Justo al lado del 221B de Baker Street está el 235 y en los bajos de este edificio hay una tienda de recuerdos de los Beatles que, bah, molan, pero bastante menos que Sherlock Holmes, el genuino.

Desde hace más de un siglo hay una comunidad de lectores que ha logrado construir una biografía verdadera del detective más de mentira del mundo. Y lo hizo porque Arthur Conan Doyle, su creador, tuvo siempre la manía de fechar claramente cada una de las aventuras en que su criatura se adentraba. Una delicia. Y, entre eso y el hecho de que sus ficciones pisaran terreno hollado por la verdad verdadera, logró lo inusitado: que su creación cobrara vida. El 221B de Baker Street es ahora un museo: hay muñecos, pipas, un señor mayor que se deja fotografiar con el visitante que juega a pensar que es Watson y que el siglo XXI tiene pinta de XIX. Y todo eso por el deseo de ser cuento, por el deseo de vivir dentro de un relato. Que la mejor manera de contar la verdad es inventar la mentira más certera.

Arthur y Sherlock (Alpha Decay) es un libro de un señor friki. Se llama Michael Sims, es de Tennessee. Escribe monografías deliciosas en plan Bill Bryson, que es otro señor que lo mismo te dice cuánto pesa la Tierra o si Marlowe escribió o no las tragedias de Shakespeare. Arthur y Sherlock es una biografía parcial tanto de Conan Doyle como del propio Sherlock Holmes (llega a la recopilación de Las aventuras de Sherlock Holmes). Una delicia, insisto. Uno descubre, por ejemplo, que sí, que el doctor Joseph Bell fue el espejo en el que se asomó el escritor a la hora de crear a su criatura más perspicaz. Y lo descubre porque el propio Bell, uno de los profesores de Doyle en su época escocesa, lo contó en una entrevista, una entrevista que Sims recupera ahora para poder explicar la satisfacción del propio Bell cuando admite pletórico haber contribuido a inventar al detective más genuino de todos. Y Sims descubre también que Doyle, que era de Edimburgo, era coetáneo de Robert L. Stevenson, de James M. Barrie? Y descubriendo todo esto consigue que al lector le parezca normal que la estación de trenes principal de la capital de Escocia lleve nombre de personaje literario (Waverley) o que los escoceses celebren en familia cada 25 de enero la noche de Robert Burns. Que la literatura ha hecho mucho por Escocia y que Escocia ha hecho más por la propia literatura que la verdad verdadera.

Michael Sims es el antólogo de Detectives victorianas (Siruela, 2018), que es una colección de cuentos en los que las mujeres cobran protagonismo absoluto. No sale nada de Sherlock, pero da igual, la imagen de aquella criatura perdida en el 221B de Baker Street, entre reducciones al 7 por ciento de cocaína, hace tiempo que se ha fijado en el imaginario común. Y eso mola. Sims hace de Sherlock el espejo de gran niebla de Conan Doyle y en ese reflejo los lectores salimos completos. Doyle creó el castillo a conquistar porque sabía que los lectores tratarían de su conquista. Arthur y Sherlock, insisto, es un libro escrito por un friki, pero también es una publicación destinada al público más friki de todos. La combinación de ambas circunstancias deviene en un título para guardar en la memoria. Y para guardar cola en la puerta del 221B de Baker Street. Aunque sólo sea para comprar una gorra de cazador de gamos, la de las dos viseras. Tengo una. Me sienta superbién.

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