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Un siglo del final de la Gran Guerra

El amargo final de la contienda

Canarias sufrió las consecuencias de la I Guerra Mundial que concluye en noviembre de 1918 como si hubiera formado parte de uno de los bandos beligerantes

Un grupo de hombre y mujeres cortando piñas de plátanos en un almacén en Gran Canaria.

Los británicos siempre creyeron que esta guerra contra los alemanes y el imperio austrohúngaro duraría unos meses. Si comenzó en el verano de 1914, en Navidad esperaban volver más ricos y poderosos a casa, a esa otra residencia más soleada y tranquila que fue en aquellos años las Islas Canarias para muchos súbditos del Reino Unido, sobre todo Gran Canaria y Tenerife. El final llegaba hace cien años, en noviembre de 1918.

Las islas representaron su puerto particular desde el que salían sus barcos cargados especialmente con plátanos y tomate. Después con el estallido de esta contienda larga y agónica, los gobiernos de Gran Bretaña y de Alemania, de uno y otro bando, se encargaron de cortar todas las vías comerciales que unían el Archipiélago con el resto del mundo. Lo importante para ellos fueron sus estrategias de guerra, los canarios y sus necesidades carecían de importancia. Como señala el profesor de Historia de Comunicación, Julio Antonio Yanes Mesa, "en las guerras no se mira el sufrimiento humano, eso no se tiene en cuenta. Las islas volvieron a quedar desamparadas y regresó con fuerza la hambruna. Los que pudieron, porque ni siquiera había barcos para salir, se marcharon fuera".

El eje franco británico actuó en los puertos de las islas como si le pertenecieran. No dejaban entrar barcos ni salir, temiendo que pudieran colaborar con el lado alemán. Y el otro eje se encargó de espantar a todos, rodeando las aguas canarias de submarinos que no dejaban de hundir embarcaciones, como publicaron los diarios en innumerables ocasiones. El periódico La Prensa en noviembre de 1916 publica: "? hemos pedido al Gobierno amparo y garantías para la navegación entre el Archipiélago y los puertos de Europa? El hambre se extiende".

El Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, el 6 de diciembre de 1916, envía un escrito al Gobierno central reclamando el fin del bloqueo "que nos condena a la miseria y a la ruina".

Además, para añadir dureza a esa realidad cotidiana, un año antes del fin del conflicto, como una plaga bíblica se registró una sequía de dos años. Fue tal la calamidad, que los diarios de esos años tuvieron que ocuparse de registrar el aumento considerable de suicidios, como recoge en su obra: La Primera Guerra Mundial en Canarias: vida cotidiana, opinión pública y reacción social, el profesor Yanes.

Las calles se llenaron de mendigos, el hambre regresó como una maldición conocida, y sólo la solidaridad de los isleños hizo lo necesario para tratar de ayudar al otro.

La historia que se imparte en los colegios sobre la Primera Guerra Mundial está plagada de nombres de batallas y de ese famoso incidente que provocó el inicio del conflicto, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa mientras visitaban Sarajevo, un mes después estallaba todo. Para el profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Javier Ponce Marrero, este gran conflicto dejó muchos perdedores, "sobre todo perdió Europa, y por supuesto Canarias, por su enorme dependencia, que hoy sigue vigente".

También se enseña en las aulas que España se mantuvo neutral. Después de la guerra de Cuba en 1898, el país se había quedado hundido y tenía poco que ofrecer a los aliados. Pero qué ocurrió en Canarias, en un Archipiélago alejado, en medio del paso continuo de barcos, cruceros y después de submarinos de ambos bandos.

Todos los historiadores que se han acercado a esta época, como el profesor Ponce Marrero reconocen que Canarias tuvo un papel tan relevante que en realidad "da la sensación de haber formado parte de uno de los bandos beligerantes. El final de la contienda se vivió como parte del Reino Unido, pero también se sufrieron y de una manera considerable sus consecuencias".

Una vez más, los isleños tienen que emprender la marcha, como han seguido haciendo a lo largo de su historia. Cuenta el profesor Yanes Mesa que Cuba, y su gran producción azucarera fue uno de los destinos elegidos por los canarios para tratar de huir de la miseria. Años después del final de la guerra, cuando Europa recobra la producción de remolacha, y la crisis afecta a la isla caribeña, muchos emigrantes canarios se quedan sin empleo y terminan en la indigencia. Desde las islas se trata de ayudar a sus compatriotas y se hacen colectas públicas para tratar de traerlos a casa. El final del conflicto dejó al Archipiélago en una situación de absoluto desamparo. Como muestra habrá que detenerse en las imágenes para la historia que han dejado fotógrafos como Jacinto Alonso y esos retratos tan reveladores de una sociedad empobrecida y triste. Familias enteras de miradas huidizas, que se arremolinan como asustados, temerosos de casi todo.

Se acabó la inocencia

El cine y la literatura están llenos de relatos y de imágenes potentes con las que se trata de dibujar aquellos años. El escritor austriaco Stefan Zweig en su libro El mundo de ayer, publicado en 1942, ofrece una descripción maravillosa de aquellos años fascinantes en los que Europa creía, casi instantes antes de que estallara el conflicto, que se marchaba "por el camino recto e infalible hacía el mejor de los mundos. Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada".

En aquellos años de bonanza y de inocencia, escribe Stefan Zweig, "de noche, en vez de luces mortecinas, alumbraban las calles lámparas eléctricas, las tiendas de las capitales llevaban su nuevo brillo seductor hasta los suburbios, uno podía hablar a distancia con quien quisiera gracias al teléfono, el hombre podía recorrer grandes trechos a nuevas velocidades en coches sin caballos y volaba por los aires, realizando así el sueño de Ícaro".

Después la realidad de la guerra y sus males se impuso y el escritor austriaco sentencia: "hoy, cuando ya hace tiempo que la gran tempestad lo aniquiló, sabemos a ciencia cierta que aquel mundo de seguridad fue un castillo de naipes".

En Canarias no existía tanto boato como en el resto de capitales europeas, pero a comienzos del siglo XX se empezaba a vislumbrar un futuro mejor. Sobre todo en Gran Canaria y Tenerife, las exportaciones crecían. Las cifras de entrada y salida de mercancías resultaban espectaculares. La sociedad pobre, analfabeta y miserable parecía que daba pasos hacia adelante. Después con la guerra, las islas se convirtieron en el juguete de británicos y de alemanes, y aquel sueño de prosperidad llegó a su fin.

Rebuscando en esa memoria infalible que representan las viejas fotografías, aparecen instantáneas tan lúcidas como dolorosas. Los trabajos duros de hombres y mujeres que regresan a cortar piñas de plátanos, a recoger tomates en horarios interminables. Ciudades y puertos se llenan de buscavidas. Los muelles se convierten en el mundo particular de los cambulloneros y los emigrantes envían largas cartas preguntando por los suyos. En los archivos de Lanzarote existe una de esas cartas, fechada en 1920, y en la que un emigrante escribe o pide que le escriban: "Cuénteme si los barcos siguen llegando a puerto, si la zafra viene buena?, si trajo lluvia el año?, si todavía me esperan".

Los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, mientras en el resto del mundo se comenzaba a vivir aquellos felices y engañosos años veinte, en las islas, los más desprotegidos, trataban de salir adelante. El comercio regresaba y la vida en las capitales recobraba algo de brío. Lanzarote y Fuerteventura, envueltas en su natural sequía, seguían a un ritmo mucho más lento.

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