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La espuma de las horas

Capone: gloria corta, larga posteridad

Revelador libro de Deirdre Bair sobre la vida, el legado y la leyenda del gángster más mediático de la historia

Al Capone, en pijama, pescando en su yate, en Palm Island. LA PROVINCIA/DLP

Aunque pudiera parecer lo contrario, los días de gloria de Al Capone fueron escasos para el largo eco publicitario que inspiró su nombre a lo largo de décadas. Apenas transcurrieron seis años desde que empezó a hacerse notar como un matón de nivel medio hasta convertirse en gran jefe mafioso e ir a parar con sus huesos a la cárcel. Entonces, ¿por qué, poco más que setenta años después de su muerte por las complicaciones que le causó la sífilis, sigue siendo el gángster estadounidense icónico?

Su leyenda se debe a los cazadores de noticias y a Hollywood, pero no todo lo que se contó de él ha tenido siempre que ver con la realidad. Su última biógrafa Deirdre Bair, una autora que ha escrito sobre personajes tan dispares como Samuel Beckett y Carl Jung, intenta descubrir al hombre detrás de la imagen extravagante en Al Capone (Su vida, legado y leyenda), que acaba de publicar Anagrama. Según parece, Bair eligió a Scarface, tras haber intercambiado impresiones con un tipo que había estado relacionado con él. Siguiendo el hilo del ovillo habló con los descendientes del gángster, en su mayoría personas respetuosas con la ley, cuyos recuerdos resultan ser a veces conmovedores.

La esposa de origen irlandés de Capone, Mae, está en el epicentro de esos recuerdos: una mujer, a sus ojos, decente, leal y amorosa. La sífilis, que probablemente contrajo de una prostituta, destruyó la mente de Capone, pero Mae nunca se rindió ni dejó de apoyarle. Bair trata de separar cuidadosamente la paja del trigo. Nadie sabe cuántas personas fueron asesinadas por el enemigo público número uno y sus secuaces, pero su biógrafa, amparándose en el rigor, sostiene que el caso de evasión del impuesto federal que lo envió a prisión se habría desmoronado si no hubiera habido abogados incompetentes y un juez imparcial. Bair se esfuerza en situar a los Capone en el contexto de la cultura inmigrante italiana en que se forjaron sus espíritus delincuentes. "Cierta subcultura italiana", como decía John Sacramoni, más conocido como Johhny Sack, en la serie televisiva Los Soprano. En los setenta años que han seguido a la muerte de Capone, la fascinación en Estados Unidos por su principal figura del inframundo sigue siendo tan fuerte como siempre. Ha sido objeto de innumerables biografías y su legendario estatus arraigado en la cultura popular no ha dejado de servir de inspiración para el cine y, más recientemente la televisión, en la inolvidable Boardwalk Empire, otra teleserie de HBO.

La historia del ascenso y caída de Capone ha terminado por ser un asunto familiar para casi todos. Comenzó su carrera criminal en Brooklyn durante el apogeo de la Prohibición, involucrado en negocios que iban desde el contrabando hasta el juego y la prostitución, hasta alcanzar un reinado supremo, aunque breve, en Chicago, al frente de operaciones multimillonarias. Deirdre Bair ha querido recoger ese lado íntimo ambivalente del feroz psicópata que otros retrataron, el que se capta en aquella escena memorable de Los intocables (1987), la película de Brian De Palma, cuando Capone (Robert De Niro) llora mientras escucha un aria de Pagliacci, y es interrumpido por su mano derecha, Frank Nitti, para informarle que un policía incómodo ha sido eliminado. Su rostro se relaja momentáneamente mientras digiere las noticias, luego vuelve a hincharse de euforia. Este contrapunto de refinamiento y violencia representa a Capone, de una manera que no sirve para otros legendarios gángsters de perfil más plano.

Eso pretende resaltar Bair.

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