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Un siglo del final de la Gran Guerra

Estragos de la inviable "paz sin victoria"

La aparición de las armas químicas, los lanzallamas y finalmente la denominada 'gripe española' causaron el terror y millones de víctimas en los dos bandos tras fracasar los intentos de un acuerdo para acabar el conflicto

Estragos de la inviable "paz sin victoria"

Cuando se conoció la rendición de Alemania, 11 de noviembre de 1918, Gerald Brenan nos cuenta que bailó con un policía. Era la forma de celebrar el final de una guerra absurda y sangrienta entre las naciones más civilizadas del mundo que trajo como secuela el conflicto del 39-45, además de otras muchas desgracias que convirtieron a la primera mitad del siglo XX en un periodo negro para la humanidad.

¿Cómo vivieron la Gran Guerra sus protagonistas? Tenemos muchos testimonios en libros de memorias, además de comentarios en periódicos de la época, entrevistas, ensayos y todo tipo de publicaciones y películas. Lógicamente cada uno cuenta 'la guerra' según le va en ella y es difícil encontrar puntos de vista equilibrados entre quienes vivieron el enfrentamiento en primera persona.

La contienda tuvo muchos escenarios: los Balcanes y Turquía (Gallípoli), África, Extremo Oriente, el austro-italiano,? Pero, sin duda, el paradigma de esta guerra fue el frente de trincheras que se extendió desde un poco más al norte de Dunkerke en la costa del Mar del Norte hasta Verdún y aún más allá entrando en la Lorena. Por eso lo más representativo es la vida en aquellas zanjas embarradas, frías en invierno, llenas de ratas, rodeadas de alambradas, castigadas por los obuses y los francotiradores, amenazadas por el gas, con unas condiciones pésimas de vida.

Dos testimonios elocuentes

He elegido a dos hombres que me parece que cumplen todos los requisitos para ser creíbles al contarnos esta vida en las trincheras: el ya citado Gerald Brenan (Malta,1894- Málaga,1987) y Robert Graves (Londres,1895- Mallorca,1985). Ambos vivieron la contienda en ese frente de trincheras que se consolidó entre Francia y Alemania. Los dos se incorporaron como voluntarios desde el comienzo, tenían edades parecidas y sintieron el conflicto como una contradicción con sus principios éticos. Brenan y Graves acabaron viviendo en España siendo, por lo menos a partir de su madurez, conocidos escritores y hombres de cultura. Y ambos nos cuentan su experiencia algunos años después en sendos libros de memorias: Brenan escribe Una vida propia en 1962 (he manejado la edición en español de Ediciones Destino de 1989) y Graves hace lo propio en Adiós a todo esto en 1929 (Seix Barral, Barcelona, 1971).

Empecemos por Gerald Brenan: "Yo quería participar en aquella explosión (se refiere, claro, a la guerra), porque vi que sería uno de los grandes acontecimientos de mi época, pero quería participar de un modo que me interesara. De forma que escribí al cónsul de Montenegro ofreciéndole mis servicios en su ejército". Al ser rechazado, "defienda usted a su país" le dijeron ante lo inusitado de su ofrecimiento, se alistó para ser oficial del ejército británico en agosto de 1914. Tras un periodo de instrucción va como teniente a Francia: "El día que todos estábamos esperando llegó a finales de marzo de 1915. Cruzamos el Canal de la Mancha y nos acantonamos cerca de la frontera belga, inmediatamente detrás de Armentières" (muy cerca de Lille). Pronto vive su primera experiencia de guerra: "?vi cómo uno de nuestros centinelas moría a mi lado de un tiro en la cabeza?pero yo creía íntimamente que no había bala que pudiera dañarme".

Tiene su primer contacto con el gas en la ofensiva del río Somme, verano de 1915. Hoy lo llamamos "armas químicas de destrucción masiva" y su utilización es un pecado que no perdonamos a iraquíes o sirios, pero entonces ninguna de las potencias europeas tuvo reparo en usarlo aunque corresponde a los alemanes el dudoso honor de ser los primeros en lanzarlo, concretamente en Ypres el 22 de abril. Primero era gas de cloro, después fue el fosgeno, seis veces más tóxico y, por último, "el gas mostaza" que causaba pavor entre los soldados. Otras armas de primer uso o de uso intensivo en esta guerra fueron los tanques, los morteros, los lanzallamas, los submarinos, la aviación, las minas?

Idénticos sentimientos

En una avanzadilla sobre la zona enemiga Brenan encuentra muchas cartas escritas por soldados alemanes. Al leerlas se da cuenta que no podían ser su enemigo "porque tienen los mismos sentimientos que nosotros". Sin embargo, añade "Inglaterra está saturada de la malignidad de los alemanes". Se produce así la paradoja de que se odiaba más al adversario entre las poblaciones civiles en guerra que entre los soldados que cada día se mataban unos a otros. A partir de ahí, y probablemente por el cansancio de la guerra, Brenan se posiciona en contra del conflicto.

Al batallón de Brenan le alcanza la gripe española. Escribe al terminar el verano del 18: "La terrible gripe española que está diezmando al ejército se ha abatido ya sobre nosotros y derriba a mis hombres como a bolos?". La gripe española causó una gran mortandad entre las tropas y se calcula que en todo el mundo produjo entre cincuenta y cien millones de muertos, es decir, del triple al séxtuplo de los que causó la guerra de forma directa. Su origen se desconoce pero no cabe duda de que al coincidir con la guerra, la escasez de víveres y medicinas, los grandes traslados de tropas, la falta de acuerdo entre países y otras circunstancias adversas su efecto se incrementó notablemente.

Al terminar la contienda Gerald Brenan se recluye en España y escribe varios libros sobre nuestro país. Sin embargo, para mi, su mejor obra es en la que nos relata su estancia en la Alpujarra granadina, Al sur de Granada, un libro de memorias con un gran componente antropológico.

Mortandad y sufrimiento

Por su parte, Robert Graves, fue a la guerra para hacerse perdonar ser hijo de una alemana ya que el sentimiento anti-alemán que se generó en aquellos días lo hubiera hecho sospechoso de traición. Entra también en la Special Reserva, reclutamiento exclusivo para hombres con formación o con influencias, e iría a Francia como subteniente (en España el grado de subteniente pertenece a la escala de suboficiales pero en Gran Bretaña eran oficiales).

Lo envían a Francia en el Royal Welch Fusiliers, un regimiento de prestigio, aunque cambiará de destino con frecuencia. Hasta 1916, cuando es herido y enviado de vuelta a Inglaterra, vive la guerra de trincheras que relata como "una gran mortandad y sufrimiento", con un miedo cerval a los gases asfixiantes que se habían empezado a emplear. Nos relata la estrategia alemana: "Primero lanzan el gas, después bombardean y, por último, se lanzan al ataque sobre las trincheras".

La vida durísima en el frente de trincheras (el 22 de mayo de 1915 escribe: "Los rifles de nuestros soldados están todos muy deteriorados y muchos de sus uniformes no son sino harapos"), la duración de la guerra, al comenzarla algunos auguraban su final para "las navidades" de 1914, la mala alimentación, los pésimos servicios sanitarios a los heridos, todo en conjunto minaba la moral de la tropa produciendo deserciones y suicidios (que se ocultaban con frecuencia). Todos, dice Graves, deseaban ser heridos para volver a su casa. Levantaban una mano sobre el parapeto para ver si tenían "la suerte" de que un tirador alemán les acertase y los declarasen inútil.

Se va convirtiendo en pacifista pero no llega a manifestarlo ("es un gesto ineficaz"). También él que había empezado la guerra como voluntario sin dudas se ha transformado en un hombre distinto que llega a odiar la contienda. En 1918 sufre la 'gripe española' de la que tarda meses en recuperarse. Al terminar la guerra va a Oxford donde acaba por licenciarse y al ocupar un puesto de profesor de Literatura Inglesa en la universidad de El Cairo, se establece en España y se convierte en un escritor de éxito. Quizá su obra más popular es Yo, Claudio de la que se hizo una serie de televisión de gran difusión.

Fracaso de "la paz sin victoria"

La guerra tuvo algunas oportunidades de paz. La más sólida fue el intento americano de mediar con lo que se llamó "Paz sin Victoria", pero fracasó por el ánimo bélico de los contendientes. En todo caso, los líderes mundiales entendieron que debería crearse un organismo mediador y se pusieron de acuerdo para poner en marcha la Sociedad de Naciones (25 de enero de1919). Sabemos que no pudo parar la Segunda Guerra.

Y no fue lo peor del Tratado de Versalles (y del resto de tratados que lo acompañaron). Ingleses y, sobre todo, los franceses, sin visión de futuro, querían hundir, y lo consiguieron, a los Imperios Centrales: Austria - Hungría desapareció del mapa y Alemania quedó muy tocada. Por su parte, Rusia tenía sus propios problemas.

¿Qué ganaron los europeos? Para Stefan Zweig (Viena, 1981; Petrópolis, Brasil, 1942), otro escritor pero de los Imperios Centrales, perdieron Europa, mucho más unida antes que después de la guerra, dejaron atrás "la Edad de Oro" de la seguridad" (al menos para los austriacos) y, en las fronteras, crearon una "Muralla china en lo que antes era apenas un breve trámite". E indiscutiblemente Europa se vio superada por los EEUU como líderes del mundo. En definitiva un inmenso error.

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